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19 may 2015

ANTES DE QUE SE ME OLVIDE

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ISBN: 978-84-95157-31-7
Editorial: TURPIAL
Sinopsis: Según confiesa en el prólogo, Juanma Iturriaga lleva unos años “fantaseando con escribir un libro. Uno con gran éxito de crítica y público, por supuesto”. Ahora, por fin, se ha puesto manos a la obra “con la única idea preconcebida de dejar a salvo del deterioro de mi memoria unos cuantos pasajes de mi vida”. Como personaje público desde los diecisiete años y con los cincuenta recién cumplidos, el autor hace una crónica de su vida que incluye episodios conocidos y otros que no lo son tanto. Así, el lector podrá confirmar que algunas de las cosas que sobre él se han dicho son verdad, “como mi elevado coeficiente intelectual” y otras mentira, “como que estuve liado con Fernando Martín, mito por excelencia del baloncesto español”. Después de darle muchas vueltas, Juanma ha decidido que la mejor forma de ahuyentar sus “neuras, miedos y agobios, que son muchos, es mirar hacia atrás para impulsarse hacia delante. Y de paso sacar a la luz algunos de mis fantasmas favoritos”.

Juan Manuel López Iturriaga nació en Bilbao el 4 de febrero de 1959. Durante más de una década fue una de las referencias del Real Madrid y de la selección española, con la que jugó 90 partidos y se colgó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en 1984. Cursó estudios de Ingeniería Industrial, y desde su retirada de las canchas ha mantenido una prolífica y estrecha vinculación con los medios de comunicación. Su actividad profesional actual la reparte entre artículos periodísticos, su blog del Palomero, conferencias para empresas sobre trabajo en equipo, comunicación o hablar en público, comentarista deportivo y colaborador en diversos programas de televisión.

Extractos.
Días después de la mala noticia recibí otra llamada algo más agradable. Era de Luis Gómez, primero
periodista y luego amigo. Quería comer conmigo para hacerme una propuesta. Nos juntamos en un
restaurante cercano a El País Alfredo Relaño, entonces jefe de deportes y lejos aún de entrar en los villaratos y otros tinglados, Luis y yo. El motivo no era otro que proponerme que escribiese durante
el mundial del que había sido apartado. Les había gustado mucho mi primer (y único) artículo y querían
saber si estaba dispuesto a hacer uno diario durante todo el campeonato. ¿Uno diario? ¿Durante
diecisiete días? Uf, me pareció algo muy complicado (y no os cuento a mi alien) sobre todo porque a veces tendría que resolverlo casi a la carrera, con poco tiempo para pensar y menos para transcribirlo.
Pero Alfredo y Luis son gente muy persuasiva y lo que a los entremeses me pareció casi imposible, con
el primer plato ya era factible, con la carne un reto y con el postre y el café, y una vez ahuyentado el
miedo, una excitante aventura. (Pág. 148)
Inocente, inocente ocupa un lugar destacado en la historia de la televisión española. No, no es amor
de presentador, sino constatación de una realidad. Su impacto fue tan enorme como inmediato y sus
emisiones se convirtieron en auténticos acontecimientos, sobre todo en las primeras temporadas. Para mí supuso un paso más en una evolución algo sorprendente, por lo inesperada, de mi carrera televisiva.
Por primera vez abandoné el hábitat del deporte, pero después de haber bailado con El Fary, ¿qué podía darme miedo? Hice bien, pues a partir del primer programa y durante unos cuantos años mi nombre fue asociado al universo inocente. Siendo un programa con un enorme sentido del humor, ingenioso al máximo, creativo hasta el delirio y con una magnífica imagen pública, fue mucho lo que recibí, tanto que mucha gente creía que era yo el que pensaba, planeaba y realizaba las inocentadas. Por supuesto, nunca intenté desmentirlo. (Pág. 189)
En las veinticuatro horas siguientes descubrí el llamémosle mundo tanatorio. Ese constante goteo de
llegadas, abrazos, pésames, comentarios sobre el difunto, lamentos por la mala suerte, un millón de
«sesenta y nueve años, era joven todavía» y alguna que otra situación surrealista, que hay tiempo para
todo. Un compañero de trabajo en Telemadrid se sentó a mi lado en uno de los pocos momentos en
que pude echarme en un sofá y me empezó a hablar de los espíritus, de la reencarnación y de que en ese momento mi padre me estaba viendo. Lo haría con toda su buena intención, pero a un descreído
como yo en cuestiones relacionadas con el después, era lo que menos le apetecía oír; consiguió que
estuviese muy cerca de mandarle a paseo. Fue una excepción, porque en general me sentí muy
acompañado, pude compartir mi pena con gente a la que quiero y constaté también que mi padre
contaba con el cariño y la admiración de un montón de personas. (Pág. 195)
Disfruto un montón hablando en público ante auditorios cuanto más grandes más estimulantes (yo
quería ser guitarrista de rock y, aunque no lo he conseguido, al menos también me subo a un escenario) y lo único que lamento es que cuando tenía veinticinco años no llegara alguien que me dijera las cosas que yo ahora intento transmitir. Alguien que me hablase de la autorresponsabilidad, de que nadie va
a cuidar mejor de ti mismo de lo que puedes hacerlo tú, de que cuando tu entorno no responde como
a ti te gustaría, la solución no es el abandono sino redoblar el esfuerzo, porque lo que está en juego
es tu carrera, tu desarrollo, tu persona. (Pág. 216)
De pequeño, por ejemplo, fantaseaba mucho con cómo me gustaría que fuese mi entierro. Me imaginaba
metido en un ataúd y un montón de gente a mi alrededor diciendo cosas del tipo: «¡Que tío más majo
era Juanma!». Todo el mundo estaba muy triste menos yo, el muerto, feliz pensando en lo bien que les caía y lo mucho que les apenaba que me hubiese ido al otro barrio, ambigua ubicación donde las haya pero
concepto muy conveniente cuando no sabes adónde vas y ni siquiera si hay algún sitio adonde ir. Aunque
hace mucho tiempo que no imagino mi propio entierro, reconozco que cuando he tenido que ir a alguno
me asalta una duda: «Si fuese el mío, ¿me gustaría que pasase lo que está pasando aquí?» (Pág. 225)

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