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10 ene 2012

El deporte:La ciencia imperfecta

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Uno de los grandes desaciertos de la Revolución Científica fue abordar la actividad física como si fuera una ciencia exacta. Desde entones se ha considerado al cuerpo humano como una máquina capaz de realizar un trabajo mediante el consumo de cierta energía. Cuanto mejor sea la máquina y más disponible la energía, mejor el resultado.

Esta visión mecanicista todavía ganó más terreno con el apogeo de la genética , el desciframiento del genoma humano y el auge de la dietética moderna. Parecía que ya teníamos las variables más importantes: Genética y nutrición condicionan el desarrollo físico y el éxito deportivo. Tan sólo faltaba añadir el esfuerzo personal, el entrenamiento duro, las horas de dedicación… Por fin se logró algo parecido a una la fórmula matemática: Genética+Nutrición+Entrenamiento = Éxito deportivo.

Hasta aquí todo bien, pero alguien advirtió que el entorno puede tener una influencia notable, que la calidad del sueño también afecta, que el estrés merma los resultados…La fórmula se fue desbaratando.

Dejando al margen que siempre resulta ridículo tratar de reducir un comportamiento humano (y el deporte lo es por derecho propio) a una  mera ecuación, tengamos en cuenta que, hoy por hoy nadie ha podido elegir a sus abuelos, la calidad de los alimentos es cuestionable, el entorno no es un laboratorio aislado , y por si fuera poco nos cuesta horrores conciliar el sueño.

De todo lo anterior algo destaca con meridiana claridad: O ponemos toda la pasión de la que seamos capaces en los entrenos o no habrá manera de tumbar la ecuación a nuestro favor. Pues, todo parece indicar que el entrenamiento es la única variable sobre la que tenemos  cierto control.

Pasión y dedicación. Al fin y al cabo el deporte nos conecta más con el comportamiento animal de jugar y perseguir de nuestros lejanos ancestros, que con cualquier otra ciencia.

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