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18 may 2015

JÚRAME QUE NO FUE UN SUEÑO

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ISBN: 978-84-9734-873-7
Editorial: LA ESFERA DE LOS LIBROS XXI
Sinopsis: Si hace escasamente un año, tan sólo eso, alguien nos hubiese asegurado que por estas fechas los españoles, quiero decir los españoles como concepto, soñaríamos con ganar un Campeonato Mundial de fútbol en lo concerniente a selecciones nacionales, sin duda creeríamos que: o estaba loco, o había ingerido demasiado alcohol u otras sustancias alucinógenas, o que sencillamente se burlaba de nosotros. Pero, a día de hoy, esa fantasía se ha hecho realidad.

¿Cómo ha sido posible ello? En apariencia resulta fácil echar la vista atrás y, con dicha percepción retrospectiva de los acontecimientos, relatar éstos, sin más. Pero son otras causas las que han conformado la actual situación, que a todas luces es de privilegio y satisfacción. Más aún: de absoluta confianza en el futuro, pase lo que pase. Y eso constituye ya un pequeño gran milagro.

Por expresarlo en términos algo rudos, podría afirmarse que en un brevísimo y extasiante plazo de tiempo pasamos de sentirnos en el culo del mundo a hacerlo en la cresta de la ola.

¿En qué ola exactamente? En la que sugieren pronósticos que llegan doquiera se mire, vaticinios respecto a la fiabilidad y el talento de nuestra selección, que ocupa, ni más ni menos, el número uno en la clasificación de selecciones elaborada por la FIFA. Pero también nos sentimos en la cresta de la ola de nuestros propios sueños.

Conocida es la leyenda según la cual todos los practicantes de surf, ese deporte insólito que convierte a sus hijos en entidades suspendidas entre aire y agua, tal que peces voladores, suspiran por lo que ellos denominan la Gran Ola. Del mismo modo pienso sinceramente que a los españoles, en una u otra medida aficionados al fútbol, ya nos llegó esa Gran Ola.

Ocurrió por sorpresa, y ni los más optimistas se atreverían a negar esto. Ocurrió gradual y dulcemente. Poco a poco pero sin pausa. Como el más perfecto, por intenso y demorado, de los orgasmos sensoriales imaginables. Tres semanas.

Apenas media docena de partidos ganados, como no podía ser de otro modo, sin padecer verdadero sufrimiento. Y la locura.

Locura que, no obstante, a las pocas semanas ya estaba parcialmente olvidada. O eso pareció.

Pero desde que aquello sucedió ya nada es igual, por fortuna. Independientemente de que los resultados nos sean adversos o favorables en un futuro próximo, la semilla de la esperanza y la fe ya habían germinado en nosotros. Y esta vez para siempre. Porque lo que ha sucedido una vez, siempre puede repetirse.

Como quedará claro, así lo espero, mi innato y secular pesimismo respecto a la selección española de fútbol hasta la Eurocopa de Austria, que no fue sino la luminosa antesala del Mundial de fútbol, el próximo o cualquier otro. He de confesar que incluso después de lo visto en la Eurocopa temí que, aunado a la marcha de Luis Aragonés, algo incomprensible y vergonzante, a los jugadores les afectase el efecto descompresión.

En fin, que, un tanto ahítos de gloria, pues nunca se vio tanta unanimidad y énfasis en los elogios vertidos sobre futbolistas algunos, se les cruzasen los cables y no diesen pie con bola, como comúnmente se dice. Dijéramos que, tratándose de hombres jóvenes y por lo tanto inexpertos en el control de sus emociones o sentimientos, a los que además se sometía a una brutal presión mediática, era bastante probable que ocurriese el desastre, o al menos que nos lleváramos una sorprendente aunque plausible decepción.

Pero no fue así y por eso se me antoja, casi tan importante como la victoria obtenida en la Eurocopa, el hecho de no haber perdido la cabeza, y por lo tanto las formas, en la época inmediatamente posterior, fuese ante rivales cómodos o importantes. La selección española ha seguido a lo suyo, diríase no preocupándose en exceso de ninguno de esos rivales, no por no tenerles el respeto debido, sino más bien por conocer las propias posibilidades de éxito.
Ésa ha sido la bisagra, el punto preciso de inflexión en el que los hechos se han transformado. Nuestro pasado es ya como una realidad ajena, y ante nosotros sólo hay futuro. Ese futuro se llama Campeonato Mundial de fútbol, y se celebrará en Sudáfrica.

Allí estará España para reclamar lo que le pertenece.

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