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6 may 2010

La práctica de la actividad física regular como medio de protección de la demencia

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El presente trabajo ha tenido como objetivo principal revisar la literatura pertinente a la relación entre la actividad física, el estado cognitivo y el riesgo de padecer

 
Autor(es): Jorge Herrera Pino,Antonio Maceira Gago
Entidades(es): Florida International University, Universidade de Vigo
Congreso: III Congreso Internacional de Ciencias del Deporte y Educación Física
Pontevedra: 6-8 de Mayo de 2010
ISBN: 978-84-613-8448-8
Palabras claves: demencia, enfermedad de Alzheimer, deterioro cognitivo leve, reserva cognitiva, reserva cerebral, actividad física, ejercicio, estado cognitivo.

RESUMEN

El presente trabajo ha tenido como objetivo principal revisar la literatura pertinente a la relación entre la actividad física, el estado cognitivo y el riesgo de padecer una demencia, especialmente del tipo degenerativa primaria, dentro de las cuales se encuentra la enfermedad de Alzheimer La primera sección de este trabajo está dedicada a repasar conceptos básicos sobre la demencia y sus tipos. Se diferencian los cuadros de demencia de origen degenerativo primario de aquellos en los cuales la demencia es un producto de otros factores, como lo son la demencia multi-infarto, la demencia asociada con los accidentes vasculares cerebrales y los ataques isquémicos transitorios.

Otro concepto importante que se usa en la primera sección de este trabajo es el de deterioro cognitivo leve. Este se describe en términos de ser una etapa intermedia entre los cambios relacionados con el pasar normal de los años y el comienzo de síntomas y cuadros de demencia. Es claro, a partir de los estudios revisados, que padecer deterioro cognitivo leve aumenta de manera definitiva el riesgo de presentar un cuadro de demencia posteriormente.

En la segunda sección del trabajo se revisan varios artículos que, a su vez resumen resultados obtenidos en múltiples investigaciones, las cuales señalan la relación entre la actividad física y los procesos cognitivos, así como el riesgo de presentar un cuadro de demencia. En la tercera sección de este trabajo se describen investigaciones empíricas, las cuales demuestran la relación entre las variables mencionadas con anterioridad. El trabajo concluye con la recomendación de un programa de ejercicios y actividad física moderado, o inclusive modesto, puede tener un efecto notable sobre el funcionamiento cognitivo y disminuir el riesgo de padecer los deterioros característicos de la enfermedad de Alzheimer.

Este trabajo está dividido en tres secciones. En la primera revisamos conceptos básicos relacionados con la demencia y diferentes cuadros y síntomas que se sitúan dentro de esta entidad clínica. Se revisan también en la primera sección los beneficios de la actividad cognitiva y de la rehabilitación cognitiva como factores de protección en contra de la demencia y su valor como estrategias para aplazar el comienzo de los síntomas de deterioro cognitivo que caracterizan esta condición. En la segunda sección se revisan artículos publicados en la literatura científica en los cuales se hacen repasos de estudios e investigaciones sobre la relación entre la actividad física y la demencia. Se incluyen también en esta sección la revisión de artículos basados en meta-análisis de la relación entre la actividad física y la demencia, así como el funcionamiento cognitivo. La tercera sección del presente trabajo está dedicada a la revisión de estudios en los cuales se confirma o no la relación entre la actividad física y el retardo en la presentación de síntomas de deterioro cognitivo asociados con la demencia, así como entre la actividad física y el estado cognitivo.

El concepto de demencia y su relación con la estimulación cognitiva

En esta sección revisamos el concepto de la demencia, así como sus diferentes tipos y variantes. Se describe también la fisiopatología de la demencia asociada con la enfermedad de Alzheimer, al igual que su curso. Por último, se hace referencia a la abundante literatura que apoya a la estimulación cognitiva en varias modalidades como factor de protección en contra de la demencia. La literatura científica describe múltiples tipos de demencia. En general, la demencia se caracteriza por un proceso de deterioro de las funciones cognitivas, acompañada habitualmente también por deterioro en la capacidad para llevar a cabo tareas de la vida cotidiana. Un tipo de demencia se caracteriza por el deterioro del tejido cerebral de suyo, dándoseles el nombre de demencias degenerativas primarias. Dentro de éstas, las de mayor relevancia en la actualidad son la enfermedad de Alzheimer, la demencia relacionada con el VIH positivo y el SIDA y la denominada demencia fronto-temporal (Knopman & Selnes, 2003).

Una forma de demencia degenerativa primaria que fue ampliamente difundida y tema de noticias y cobertura de prensa hace años fue el síndrome de Creutzfeldt-Jakob  o enfermedad de las vacas locas. Hay otros tipos de demencias degenerativas primarias como son la enfermedad de Pick y la demencia con inclusión de cuerpos de Lewy, aunque, al igual que el síndrome de Creutzfeldt-Jakob, son de relativa baja incidencia (Cairns, 2004; Rabins et al., 2006). Otros tipos de demencia incluyen las de origen cerebral vascular. Estas ocurren cuando el tejido cerebral está sujeto a múltiples infartos de los vasos sanguíneos que lo alimentan, cuando éstos se obstruyen por la presencia de ateromas o formaciones de sustancia lípida y proteínica, las cuales se adhieren a las paredes internas de las arterias y cuando se liberan entran en el torrente sanguíneo, llegando a obstruir el suministro de sangre y de oxígeno a diversas regiones cerebrales. Esto puede ocurrir también cuando un coágulo se desprende del corazón y viaja al cerebro (Cairns, 2004; Rabins et al., 2006).

Se describen tres mecanismos por los cuales se puede producir una demencia de tipo vascular cerebral. En primer lugar, la demencia por multi-infartos, mencionada con anterioridad, resulta de repetidas oclusiones de arterias y arteriolas, las cuales, con el pasar del tiempo, van produciendo pequeñas lesiones en el tejido cerebral por necrosis o muerte celular. Este proceso es acumulativo y puede llegar a incluir amplias regiones cerebrales a medida que van siendo sujetas por los infartos (Cairns, 2004; Rabins et al., 2006).

El segundo mecanismo resulta de la oclusión de una arteria principal, ya sea por un ateroma que se desprenda de la pared de otra arteria o por un coágulo que puede resultar de una fibrilación en el atrio, es decir, en el corazón. Este tipo de evento se describe como un accidente vascular cerebral, el cual puede llevar a la muerte o a la presentación de serios impedimentos cognitivos y motrices. Otro mecanismo conducente a un accidente vascular cerebral es el derrame cerebral. Este ocurre cuando hay una subida de presión arterial, la cual resulta en una ruptura de la pared de una arteria y sangramiento en el tejido cerebral. El tercer mecanismo de las demencias vasculares es el ataque isquémico transitorio, el cual, en términos sencillos, es un evento de magnitud intermedia entre los pequeños multi-infartos y los accidentes cerebrales vasculares (Cairns, 2004; Rabins et al., 2006).

Aunque existen, como hemos visto hasta ahora, múltiples tipos de demencia, para fines del presente trabajo, el término será utilizado como sinónimo de la demencia asociada con la enfermedad de Alzheimer, a menos que se explicite lo contrario. Como demencia del tipo degenerativo primario, la enfermedad de Alzheimer se caracteriza por un deterioro del tejido cerebral. Se destacan dos tipos de lesiones asociadas con esta condición. El cerebro del paciente con la enfermedad de Alzheimer desarrolla placas compuestas por sustancias proteínicas llamadas beta amiloides (Cairns, 2004; Rabins et al., 2006).

Otro proceso relacionado con el deterioro del tejido cerebral es el desarrollo de los llamados enredos (bolillos) fibrilares Estos ocurren en las terminaciones de los axones e interfieren con la transmisión de mensajes entre las neuronas, por medio del intercambio de neurotransmisores. La ciencia médica se encuentra avocada en estos momentos a identificar los “biomarcadores” de la enfermedad de Alzheimer, con la esperanza de identificar esta condición muy temprano en su curso, en la espera a que se desarrolle algún tipo de vacuna o tratamiento preventivo de la misma (Cairns, 2004; Rabin et al., 2006; Muñoz & Feldman, 2000).

El curso de la demencia asociada con la enfermedad de Alzheimer es descrito como paulatino o insidioso. Esto es contrario, por ejemplo, a las diferentes formas de la demencia vascular, caracterizadas por el advenimiento súbito de síntomas. Aunque ciertamente no todos los pacientes que reportan quejas de memoria desarrollan deterioro cognitivo y posteriormente la enfermedad de Alzheimer, es frecuente notar que muchos de los pacientes con esta condición iniciaron con quejas de memoria (Cairns, 2004).

La noción de que la demencia asociada con la enfermedad de Alzheimer es degenerativa primaria fue popularizada en 1980 en la tercera edición del Manual de diagnóstico y estadística de trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, 1980). Pocos años después, Reisberg et al. (1984) describieron el curso de la enfermedad en términos de siete etapas. La primera de estas se describe como la vejez normal, sin alteraciones de la memoria o de los demás procesos cognitivos. La segunda etapa ha sido denominada deterioro cognitivo muy leve y está caracterizada por quejas de olvido y dificultades subjetivas en la memoria.

De acuerdo a Reisberg et al. (1984), la tercera etapa o deterioro cognitivo leve, está caracterizada por confusión incipiente y pérdida de eficiencia notable a los demás. El concepto de deterioro cognitivo leve será tratado de manera independiente posteriormente en esta sección. Posteriormente, en la etapa cuatro, se presenta un deterioro cognitivo moderado, el cual está caracterizado por dificultad en la ejecución de ciertas tareas complejas y por dificultades en la planificación.

En la quinta etapa, denominada deterioro cognitivo moderadamente severo, se empiezan a notar síntomas tempranos de demencia. En esta etapa se requiere ayuda para la realización de las tareas del quehacer diario y guía (prompting) para la realización de las mismas. En la sexta etapa, caracterizada por deterioro cognitivo severo, los síntomas de demencia son claros y se requiere ayuda en llevar a cabo tareas como: (a) ponerse la ropa adecuadamente (b) bañarse sin ayuda (c) uso de la “mecánica” del aseo personal (d) incontinencia urinaria (e) incontinencia fecal.

Finalmente se presenta, según Reisberg et al. (1984), la séptima etapa, deterioro cognitivo muy severo, la cual está caracterizada por la presencia de síntomas tales como: (a) capacidad para hablar limitada a medía docena de palabras (b) capacidad para hablar limitada a palabras aisladas (c) pérdida del vocabulario inteligible (d) pérdida de la capacidad para ambular (e) pérdida de la capacidad de sonreír (f) pérdida de la capacidad para sostener la cabeza

Una condición relacionada con la demencia tipo enfermedad de Alzheimer es el deterioro cognitivo leve. Este esta caracterizado por déficits en la memoria (tipo amnésico) o en otras funciones corticales superiores puntuales, en ausencia de impedimentos en la realización de las tareas cotidianas (Petersen, 2003). La literatura valida que, aunque no necesariamente en todos los casos, una relativamente alta proporción de personas que desarrollan deterioro cognitivo leve se convierten en pacientes con demencia tipo Alzheimer (Petersen et al., 2009).

Sin embargo, otros pacientes con deterioro cognitivo leve permanecen estables e inclusive, algunos revierten y mejoran su estado cognitivo Esto puede depender de la presencia de anomalías o atrofia de ciertas estructuras cerebrales, tales como el hipocampo, una región ampliamente implicada en los procesos de memoria (Apostolova et al., 2006) o de las regiones subcorticales, específicamente la materia blanca (Delano-Wood et al., (2009) o de la materia gris (Whitwell et al., 2007) o de la presencia de biomarcadores en el líquido céfalo-raquídeo (Monge-Argilés et al., 2010). De hecho, algunos autores se refieren al deterioro cognitivo leve como “…el estado de transición entre la vejez normal y la enfermedad de Alzheimer (EA) o la demencia” (Manly et al., 2008, p. 494). Lo que sí parece ser cierto es que el padecer de deterioro cognitivo leve aumenta de manera importante la probabilidad de presentar una demencia degenerativa primaria (Buntinx et al., 2009).

Es sumamente importante aclarar el concepto de deterioro cognitivo leve y como ha llegado a describirse en el idioma español. El término descrito originalmente en inglés es mild cogntive impairment (Petersen et al., 1999). En este sentido, la palabra impairment como se utilizó originalmente puede ser traducida mucho mejor como impedimento. La palabra deterioro, utilizada en la actualidad para describir esta condición, tiene implicaciones de etiología, es decir, denota que de alguna manera ha habido algún tipo de daño o lesión del tejido subyacente. No es esa la implicación original del término impairment en inglés (Petersen et al. 2009).

A medida que la expectativa de vida ha aumentado, especialmente en Europa y en los Estados Unidos, la población ha ido envejeciendo y con esto la incidencia y prevalencia de la enfermedad de Alzheimer. Se estima que la demencia es uno de los principales problemas de salud en la actualidad, con enormes consecuencias sociales y económicas (Bastos Leite et al., 2004).

Otra forma de clasificar la demencia asociada con la enfermedad de Alzheimer fue propuesta por el Instituto Nacional de Enfermedades Neurológicas y de la Comunicación y Derrames de los Estados Unidos (NINDCS), conjuntamente con la Asociación para la Enfermedad de Alzheimer y Trastornos Relacionados (ADRDA). En primer lugar, este grupo de trabajo describió la enfermedad de Alzheimer como un trastorno cerebral caracterizado por una demencia progresiva que ocurre en la vida mediana o tardía. Las características patológicas son la degeneración de células nerviosas específicas, la presencia de placas neuríticas y enredos neurofibrilares (McKhan et al., 1984, p. 939).

Además de describir un nivel de certeza en el diagnóstico de esta condición por medio de la autopsia o de los estudios neuro-radiológicos, el grupo de trabajo del NINCDS y la ADRDA describe dos niveles de diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer. Estos son el posible y el probable. El nivel posible del diagnóstico exige que haya evidencia por historial y en el examen clínico, como puede ser, por ejemplo, la administración del Mini-Examen de Estado Mental (MMSE; Folstein, Folstein & McHugh, 1975; Folstein et al. 2001, 2002). El diagnóstico a nivel probable de la enfermedad de Alzheimer requiere confirmación por medio de la administración de tests neuropsicológicos, con evidencia de déficits en por lo menos dos dominios de funcionamiento cognitivo (Herrera & Vargas, 2007). Existe, sin embargo, una gran diferencia entre el comienzo del deterioro del tejido cerebral característico de la enfermedad de Alzheimer y el comienzo de síntomas de deterioro cognitivo y conductual. Parece ser que existen factores que medían entre el comienzo de la fisiopatología subyacente y el advenimiento de la sintomatología de demencia. La literatura es clara en la actualidad sobre la relación entre la estimulación cognitiva reflejada en el nivel cultural o educativo del paciente, o el uso de técnicas de rehabilitación cognitiva o, inclusive la participación en actividades recreativas estimulantes cognitivamente y la llamada reserva cerebral. (Fratiglioni & Wang, 2007).

Se describe la reserva cerebral como uno de los factores de protección en contra del advenimiento de los síntomas de deterioro cognitivo asociados con la demencia tipo Alzheimer. Esta relación es tal que una persona con un alto nivel de reserva cognitiva presenta mucho mas deterioro del tejido cerebral que una persona con bajo nivel, dado el mismo nivel de síntomas de demencia (Fratiglioni & Wang, 2007). Análogo al concepto de reserva cerebral está el de reserva cognitiva, el cual se refiere a la adquisición durante el ciclo de la vida de destrezas o repertorios conductuales que permiten una mejor adaptación a los efectos de la fisiopatología subyacente al cuadro de demencia (Scarmeas & Stern, 2003; Roe, 2010).

Existe ya una buena base de literatura sobre el efecto de la estimulación o la rehabilitación cognitiva sobre la demencia tipo Alzheimer. Dentro de ésta se destacan las contribuciones de Bond-Chapman et al. (2004), Bottino et al. (2005), Evans (2004), Farina et al. (2002), Craik et al. (2007), Grandmaison & Simar (2003), Levine et al. (2007), Stuss et al. (2007), Underzagt et al. (2007), Wilson (2004) y Winocur et al. (2007, entre otros. En las siguientes secciones de este trabajo exploraremos la relación entre la actividad física y el nivel cognitivo, así como la reducción del riesgo de padecer un cuadro de demencia.

Estudios de revisión de literatura y meta-análisis sobre la relación entre la actividad física y el nivel cognitivo y la demencia

En un editorial del Journal of the American Medical Association (Revista de la Asociación Médica Americana), Larson (2008) describió un aumento de la valoración que se le está dando al ejercicio consistente y habitual y su impacto sobre el estado físico, incluyendo enfermedades crónicas relacionadas con la edad. Este autor fue más allá y recogió los hallazgos obtenidos por otros autores, los cuales indican claramente que el ejercicio físico puede ser, sin lugar a dudas, un factor importante en postergar el comienzo de la enfermedad de Alzheimer y propuso que postergar el comienzo de la misma por varios años, aún en una fracción de la población en riesgo, puede producir un descenso importante en la prevalencia de esta enfermedad.

Este autor continuó diciendo que las investigaciones llevadas a cabo hasta el momento comprueban que un programa de ejercicios, aún siendo este modesto, acompañado por asesoramiento psicológico, puede reducir el deterioro físico y los trastornos conductuales en pacientes con demencia leve. Las investigaciones analizadas por este autor establecen también que una dosis pequeña, pero habitual, de ejercicio mejora, aunque sea modestamente, el nivel cognitivo y tiene, por lo tanto, el potencial de favorecer la prevención de la enfermedad de Alzheimer.

En uno de los estudios a los cuales alude Larson (2008), Lautenschlager y Almeida (2006) exploraron la relación entre la actividad física y los procesos cognitivos en la tercera edad. Estos autores partieron de la premisa de que la demencia es un trastorno comúnmente relacionado con la edad, el cual afecta hasta una de cada dos personas mayores de 80 años. Dentro de los factores de protección que se han venido investigando recientemente en relación a la demencia está el nivel de actividad física.

En este repaso de la literatura pertinente, estos autores revisaron estudios tales como el llevado a cabo por Yaffe et al. (2001) quienes siguieron 5.925 mujeres cognitivamente saludables por un periodo de entre seis y ocho años. Las mujeres quienes estaban en el 25% más alto de consumo de calorías o en calles recorridas presentaron 34% menos deterioro cognitivo que las mujeres en el 25% inferior. Se describe en este repaso también el estudio llevado a cabo por Lytle et al. (2004) quienes indicaron que en una muestra de 1.681 individuos mayores de 65 años, aquellos que participaron en tres o más horas de actividad física por semana presentaron un riesgo menor al 61% de perder 3 o más puntos en el MMSE en un periodo de dos años. Otro estudio recogido) en esta revisión de la literatura fue el llevado a cabo por van Gelder (2004). En éste se encontró que en una muestra de 295 hombres, aquellos que estaban en el 25% inferior de actividad física tenían entre 1,8 y 3,5 veces mayor incidencia de declive en las puntuaciones del MMSE después de 10 años. Los que mantenían o aumentaban su nivel de actividad tenían 3,6 veces menos probabilidad de presentar deterioro cognitivo que aquellos que reducían la duración o la intensidad de los ejercicios.

De acuerdo a Lautenschlager y Almeida (2006), el estudio más amplio llevado a cabo sobre la relación entre la actividad física y el deterioro cognitivo fue el de Weuve et al. (2004), en el cual siguieron casi 19.000 mujeres norteamericanas entre las edades de 70 a 81 años por un periodo de 8 a 15 años. Las participantes en el cuartil superior de actividad tenían un 20% menor de riesgo de presentar deterioro cognitivo que aquellas que estaban en el cuartil inferior. Específicamente en relación al caminar, aquellas participantes que andaban por lo menos 1,5 horas por semana a una velocidad de 21 a 30 minutos por milla (1,6 kilómetros) mostraron un nivel significativamente menor de deterioro cognoscitivo que las que caminaban menos de 38 minutos por semana. De acuerdo a los autores de este repaso En general, los resultados de este estudio demostraron que la actividad física regular, incluyendo el caminar, se asocia con una mejor función cognitiva y menos deterioro cognitivo a lo largo de la vida (p. 191).

Otros estudios revisados por la Lautenschlager y Almeida (2006) relacionaron el nivel de actividad física y el riesgo de demencia. Dentro de estos se encontraba el de Verghese et al. (2003) quienes encontraron que solamente el baile estuvo asociado con una reducción del riesgo en presentar demencia, no siendo así con las actividades domésticas, caminar, subir y bajar escaleras, montar bicicleta, nadar, participar en juegos de equipo o hacer ejercicio en grupos.

Según Lautenschlager y Almeida (2006), esto es diametralmente opuesto a los hallazgos de Abbott et al. (2004), quienes encontraron que los hombres que caminaban menos de un cuarto de milla (kilómetro) por día tenían 77% mayor riesgo de llenar los criterios de demencia, en comparación con aquellos que caminaban más de dos millas (3,2 kilómetros) por día. Este estudio se describe en mucho mayor detalle en la siguiente sección de este trabajo.

Lautenschlager y Almeida (2006) describieron también el estudio llevado a cabo por Podewils et al. (2005), en el cual se encontró que aquellos participantes con un mayor consumo de energía física tenían una reducción de un 15% en presentar un cuadro demencial. Por otro lado, los participantes involucrados en por lo menos cuatro actividades diarias tenían un riesgo menor de ser diagnosticados con demencia, correspondiente al 49%.

Otra línea de estudios revisada por Lautenschlager y Almeida (2006) tiene que ver con la actividad física, el funcionamiento cognitivo y la demencia. Dentro de estos se encuentra el de Emery et al. (2001) en el cual se demostró que pacientes con enfermedad pulmonar obstructiva, quienes hacían actividad física por 20 minutos, tenían mejor fluidez verbal que los que se mantenían sedentarios.

Según Yevchak et al. (2008), la salud cognitiva se define como…el desarrollo y preservación de la estructura cognitiva multidimensional que permite que el adulto mayor mantenga las conexiones sociales, un sentido de propósito y las habilidades para funcionar independientemente, para permitir la recuperación funcional de la enfermedad o la lesión y adaptarse a los déficits funcionales residuales (Critical Evaluation Study Committee, p. 13; citado en Yevchak et al., 2008, p. 302).

Siguiendo estos planteamientos, Yevchak et al. (2008) llevaron a cabo una revisión extensa de la literatura sobre estrategias para mantener la salud cognitiva en la cual incluyeron los 12 estudios publicados entre el 1995 y el 2007, considerados como más importantes en relación a este tema. Estos autores encontraron que la literatura, reflejada en los 12 estudios revisados respaldaba diferentes tipos de estrategias tendientes a la promoción y mantenimiento de la salud cognitiva. Dentro de estos se encontraba una dieta sana y rica en antioxidantes, la actividad y participación social, la reducción de la depresión, la estimulación cognitiva y, por supuesto, la actividad y el ejercicio físico.

Hamer y Chida (2008) realizaron un estudio de meta-análisis sobre la actividad física y el riesgo de padecer una demencia. Estos autores incluyeron en su revisión solamente estudios prospectivos. Según estos autores:…la actividad física reduce el riesgo de demencia y enfermedad de Alzheimer en un 28% y un 45%, respectivamente (p. 7). Fueron incluidos en este meta-análisis 16 estudios en todos los cuales se había hecho un diagnóstico de trastorno neurodegenerativo.

Hamer y Chida (2009) revisaron también otros 10 estudios en los cuales había evidencia de deterioro cognitivo, pero los cuales fueron excluidos del meta-análisis por no incluir diagnósticos de enfermedad neurodegenerativa. En relación a estos estudios, Hamer y Chida (2008) demostraron que la evidencia apoya sólidamente…el papel de la actividad física en la prevención del declive cognitivo (p. 8).

Estudios empíricos sobre la relación entre la actividad física y el nivel cognitivo y la demencia

En esta sección revisamos en más detalle una serie representativa de estudios, los cuales vinculan la actividad física con los procesos cognitivos y la actividad física con la disminución del riesgo de padecer una demencia primaria degenerativa, dentro del marco general de la actividad física en la edad adulta (Maceira Gago, 2001).

Antes de establecer si la actividad física retrasa el comienzo de los síntomas de demencia, es necesario explorar la vinculación entre la actividad física y los procesos cognitivos. A tal efecto, Buchman et al. (2008) estudiaron la relación entre el nivel total de actividad diaria y los procesos cognitivos en personas de la tercera edad. Participaron en esta investigación 521 personas, de las cuales el 77,2% eran mujeres. La edad promedio del grupo fue 82,3 años (d = 6,9) y el nivel educativo promedio era 14,5 años (dt = 2,8). El valor promedio de la puntuación obtenida por esta muestra en el MMSE fue 27,8 (dt = 2,1).

Se utilizó un instrumento del tamaño de un reloj de pulsera el cual los participantes llevaron en la muñeca durante 10 días. Los registros obtenidos, aunque no correspondían directamente a los movimientos observados, reflejaban, no obstante, de manera proporcional, el grado e intensidad de los movimientos, registrándose éstos en una curva de actividad.

Los autores de esta investigación utilizaron un total de 19 instrumentos para valorar los procesos cognitivos de los participantes de esta investigación. Se llevó a cabo un análisis factorial de las diferentes puntuaciones obtenidas con los instrumentos cognitivos utilizados, a partir del cual surgieron 6 factores: cognición global, memoria semántica, memoria episódica, memoria de trabajo, velocidad perceptiva y habilidades viso-espaciales. De acuerdo a Buchman et al. (2008), el nivel de actividad diaria estuvo altamente correlacionado con cada uno de estos factores.

Como se mencionó con anterioridad, el deterioro cognitivo leve es una condición que se puede presentar como entidad separada e independiente de la demencia, específicamente, la relacionada con la enfermedad de Alzheimer, o como un paso previo a la misma. Etgen et al. (2010) llevaron a cabo una investigación en la cual exploraron la relación entre la actividad física y la incidencia de deterioro cognitivo leve en personas de la tercera edad. Participaron en esta investigación 3.903 sujetos. De estos, 584 reportaron ausencia de actividad física, mientras que 1.523 manifestaron un nivel moderado de actividad física y 1.796 un nivel alto.

Se les administró a todos los participantes en esta investigación un instrumento de valoración de procesos cognitivos con 7 reactivos. El 13,9% de los participantes que afirmaron no llevar a cabo actividades físicas presentó deterioro cognitivo leve. Por otro lado, el 6,7% de los participantes que reportaron (manifestaron) un nivel moderado de actividad presentó deterioro cognitivo leve y solamente el 0,5% de los que realizaban un alto nivel de actividades presentó esta condición. De acuerdo a estos autores:…este estudio prospectivo basado en una población de una cohorte grande de sujetos ancianos encontró que la falta de actividad física mostró una asociación significativa con la incidencia de deterioro cognitivo después de dos años (p.190).

Las investigaciones reseñadas hasta el momento en esta sección, vinculan la actividad física y los procesos cognitivos, incluyendo la presencia de deterioro cognitivo leve. Los estudios que se reseñan a continuación exploran la relación entre la actividad física y el ejercicio con el comienzo de la demencia asociada a la enfermedad de Alzheimer.

En otra de las investigaciones referidas por Lautenschlager y Almeida (2006) en su repaso de literatura, Abbott et al (2004) llevaron a cabo un estudio en el cual exploraron la relación entre el caminar y la demencia en hombres de la tercera edad con capacidades físicas normales. Participaron en este estudio 600 individuos quienes caminaban un promedio diario de menos de 0,25 millas (0,37 kilómetros), con una edad promedio de 77,4 años (dt = 4,4). El nivel educativo promedio de este grupo fue 10,6 años, con una desviación típica de 3,1 y una puntuación promedio de 86,8, con una desviación típica de 7,8, en un instrumento de valoración de habilidades cognitivas. Fueron incluidos también en este estudio 769 ancianos quines caminaban entre 0,25 y 1 millas (0,37 a 1,6 kilómetros) por día, con una edad promedio de 77,3 años, con una desviación típica de 4,2. El nivel educativo promedio de este grupo fue 10,9 años, con una desviación típica de 3,2 y una puntuación promedio de 87,3 (dt = 7,5) en un instrumento de valoración de habilidades cognitivas.

Fueron incluidos, además, 433 participantes quienes caminaban entre 1 y 2 millas (1.6 a 3.2 kilómetros) por día, con una edad promedio de 76,7 años y una desviación típica de 3,8. El nivel educativo promedio de este grupo fue 10,6, con una desviación típica de 3,0 y una puntuación promedio de 87,1 (dt= 7,0), en un instrumento de valoración de habilidades cognitivas Finalmente, participaron en esta investigación 455 hombres de la tercera edad, quienes andaban más de 2 millas (3.2 kilómetros) por día, con una edad promedio de 76,0 años y una desviación típica de 3,6. El nivel educativo promedio de este grupo fue 11,1, con una desviación típica de 3,1 y una puntuación promedio de 87,6 (dt = 7,2), en un instrumento de valoración de habilidades cognitivas.

Los resultados de este estudio indicaron que el 18% de los participantes del grupo que caminaba menos de 0,25 millas por día desarrollaron un cuadro demencial. En el grupo que recorría entre 0,25 y 1 millas (0,35 y 1,6 kilómetros) por día, desarrollaron cuadros demenciales el 18,6%. Sin embargo, solamente el 13,5% de los participantes que caminaban entre 1 y 2 millas (1,6 y 3,2 kilómetros) por día desarrollaron un cuadro demencial, mientras que solo el 9,0% de los participantes que caminaban un promedio de más de 2 millas (3,2 kilómetros) por día presentaron cuadros de demencia.

De acuerdo a estos autores: Nuestros hallazgos sugieren que los hombre con físicamente capaces que caminan más regularmente tienen menor probabilidad de desarrollar demencia (p. 1451). Como comentario adicional, Abbott et al. (2004) indicaron que: La capacidad de caminar rápidamente durante una caminata cronometrada también parece estar asociada con un riesgo reducido de demencia, aunque estos resultados deben ser confirmados (p. 1451).

Karp et al (2006) estudiaron la relación entre los componentes mentales, físicos y sociales de las actividades recreativas y su contribución a la disminución del riesgo de padecer un cuadro demencial. Participaron en esta investigación un total de 732 personas de la tercera edad, los cuales fueron divididos en tres grupos según su edad. De estos, 364 pertenecían al grupo entre 75 y 79 años, 232 al grupo entre 80 y 84 años y 136 al grupo mayor de 85 años.

La incidencia de demencia en la muestra total fue 123 participantes y se notó una relación entre la edad y la incidencia de demencia. Por otro lado, la incidencia de demencia en las 543 participantes femeninas fue de 17,3% mientras que en los 189 participantes masculinos, el valor correspondiente fue de 15,9%. Se valoró el estado cognitivo de los participantes a través del MMSE. Los 178 participantes que obtuvieron una puntuación entre 24 y 26 en este instrumento presentaron un promedio de 21,3% de demencia, mientras que los 554 que obtuvieron puntuaciones entre 27 y 30 presentaron un 15,3% de cuadros demenciales.

En relación a la educación, los 386 participantes cuya educación estaba por debajo del séptimo grado presentaron un 18,1% de demencia, y los 343 participantes cuyo nivel educativo estaba por encima del octavo grado presentaron un 15,3% de cuadros demenciales. La presencia de depresión fue también clara en diferenciar la incidencia de demencia. De los 201 participantes con síntomas depresivos, el 26,4% desarrolló un cuadro de demencia, mientras que de los 528 sin síntomas de depresión, solamente el 13,3% presentó un cuadro de esta condición.

Es claro, a partir de estos resultados que hay variables que predicen el que se presente un cuadro demencial. Entre estas están la edad, el estado mental, y la presencia de depresión. Otras variables tales como el género y el nivel educativo no diferencian claramente entre aquellos que desarrollan un cuadro demencial y los que no.

Dos variables vinculadas con la actividad física y recreativa mostraron capacidad predictiva en relación a la incidencia de demencia. De los 132 participantes que eran dependientes físicamente, el 22,7% desarrolló un cuadro demencial, mientas que esto ocurrió solamente en el 15,7% de los 592 participantes que eran físicamente independientes. El número de actividades recreativas mostró también una capacidad predictiva a la incidencia de demencia. En los 153 participantes que no participaban en actividades recreativas, el 24,2% desarrolló un cuadro demencial. En los 400 participantes que participaban entre una y dos actividades recreativas, el 16,8% desarrolló un cuadro demencial. Por el contrario, solamente el 10,6% de los participantes involucrados en entre tres y siete actividades recreativas desarrollaron un cuadro demencial.

En una investigación más reciente, Auyeung et al (2008) estudiaron la relación entre las funciones física y cognitiva a través de medidas de deterioro cognitivo funcional. Participaron en esta investigación, llevada a cabo en la China, 4.000 ancianos quienes vivían en sus respetivas comunidades. La edad promedio de los 2.000 participantes masculinos fue 72,3 años (dt = 5,0) y la puntuación promedio obtenida en el MMSE fue 26,9 (dt = 2,7). La edad promedio de las 2.000 participantes femeninas MMSE fue 24,2 (dt = 3,1).

De acuerdo ha (con) estos autores, el 4,9% de los hombres obtuvo una puntuación indicativa de deterioro cognitivo, mientas que el valor correspondiente para el grupo femenino fue 25,3%. Se les aplicó a todos los participantes una batería de instrumentos diseñada para valorar las capacidades físicas. En ambos grupos de participantes se pudo demostrar la coexistencia de una función física empobrecida y el deterioro cognitivo. Lo mismo se puede decir para la fuerza muscular y el deterioro cognitivo, variables que están relacionadas independientemente de la masa muscular.

En otra investigación sobre el efecto de la intervención por medio del ejercicio físico sobre la demencia y el deterioro cognitivo, publicada en el mismo año que la anterior, Terry et al. (2008) partieron de la premisa de que la evidencia científica sugiere de manera determinante que el aumento en el ejercicio físico puede, no solamente mejorar la función física en los adulto mayores, sino que también puede mejorar el estado de ánimo y relentizar  el progreso del deterioro cognitivo. La metodología de intervención utilizada en este estudio incluyó la aplicación los denominados Protocolos de Seattle de actividades físicas. Dentro de los componentes claves incluidos en este sistema se encuentran el ejercicio físico basado en eventos placenteros y la resolución de problemas. De acuerdo a estos investigadores, la aplicación de este sistema redundó en la reducción de la discapacidad funcional en pacientes con la enfermedad de Alzheimer, en la reducción del insomnio en estos pacientes, así como en un aumento de la independencia funcional a lo largo de la vida.

En una investigación llevada a cabo en diferentes lugares del Asia, Taaffe et al. (2008) estudiaron la relación entre la actividad física, la función física, y la incidencia de demencia en hombres de la tercera edad. Este estudio se basó en el cúmulo de evidencia que sugiere que el llevar un estilo de vida activo en la tercera edad puede proteger contra el deterioro cognitivo y el riesgo de demencia. Dentro de las razones propuestas por estos autores están el aumento del flujo sanguíneo cerebral y la llegada de mayor oxígeno, el crecimiento neuronal en el hipocampo, la preservación de la plasticidad de las neuronas y el mantenimiento del volumen cerebral.

Participaron en este estudio 2.090 hombres sin demencia, con una edad promedio de 76,4 años (dt = 3.8) y un nivel educativo promedio de 10,0 años (dt = 3,1). Fueron incluidos también 173 participantes con diagnóstico de demencia, quienes presentaron una edad promedio de 78,9 años (dt = 4,6) y un nivel educativo promedio de 10,4 años (dt = 3,1).

En su análisis, estos autores diferenciaron entre función física y actividad física. La actividad física fue evaluada a través de un cuestionario sobre el promedio de horas por día utilizadas en actividades físicas, mientras que la función física fue evaluada por medio de una serie de tareas que requerían esfuerzo. Los resultados de esta investigación indicaron que aquellos individuos con baja función física y quienes tenían un bajo nivel de actividad, tenían mucho mayor riesgo de presentar un cuadro de demencia, en comparación con aquellos que, aún teniendo un bajo nivel de función física, mantenían un alto nivel de actividad.

Taaffe et al. (2008) concluyeron que: .altos niveles de actividad física estaban asociados con una reducción del riesgo de la incidencia de demencia, pero solo en hombres con pobre función física tal y como fue determinada por medio de una batería de tests basados en ejecución (p.532).

No todas las investigaciones sobre la relación entre la demencia y la actividad física producen los resultados esperados. Por ejemplo, Christofoletti et al. (2008) llevaron a cabo un estudio clínico controlado sobre los efectos de la intervención física en el balance y los procesos cognitivos de ancianos institucionalizados con demencia. Participaron en esta investigación un total de 54 pacientes con diagnóstico de demencia. Esta muestra fue dividida en tres grupos de manera aleatoria.

Los pacientes asignados al Grupo 1 participaron en un programa de 6 meses en el cual recibían terapia física, terapia ocupacional y educación física cinco veces por semana, por un periodo de 2 horas por día. Los pacientes asignados al Grupo 2 recibieron una hora de terapia física por día, mientras que los asignados al Grupo 3 no recibieron intervención motora.

Se obtuvieron medidas de funciones cognitivas antes y después de implementar el tratamiento descrito con anterioridad. Los resultados de esta investigación no mostraron que el nivel de intervención motora podía retardar el deterioro cognitivo de estos pacientes.

Scarmeas et al. (2009) estudiaron la relación entre la actividad física, la dieta y el riesgo de presentar la enfermedad de Alzheimer. Participaron en esta investigación 1598 sujetos sin diagnóstico de demencia, mientras que 282 presentaban dicho diagnóstico. El 26% de los participantes sin diagnóstico de demencia presentaron ausencia de actividad física, mientras que en el grupo diagnosticado, el 36 % presentó ausencia de actividad. En ambos grupos, el 35% de los participantes manifestó llevar a cabo algún tipo de actividad física. El 39% de los participantes sin diagnóstico de demencia expresó llevar a cabo un alto nivel de actividades física. Sin embargo, solamente el 29% de los pacientes diagnosticados con demencia presentaron un alto nivel de actividad física.

Los resultados de esta investigación indican que un bajo nivel de actividad física puede ser nocivo, mientras que un alto nivel de la misma puede servir como factor de protección en contra de la demencia.

El depósito de tejido adiposo en la porción central del cuerpo ha sido asociado con altos niveles de riesgo, tanto físico como cognitivo. Dore et al. (2008) estudiaron el papel de la actividad física para atenuar el impacto de la acumulación central de adiposidad sobre las funciones cognitivas. Participaron en esta investigación un total de 917 sujetos con edad promedio de 62,0 años (dt = 12,8) y un nivel educativo promedio de 14,6 años (dt = 2,7). El 59% de los participantes fueron mujeres. Se les administró a todos los participantes una batería de instrumentos neuropsicológicos, los cuales cubrieron una amplia gama de funciones corticales superiores. La acumulación de tejido adiposo a nivel central fue medida a través de la circunferencia de la cintura y la relación entre esta medida y la circunferencia de las caderas. El nivel de actividad física fue medido a través de un cuestionario sobre el número de horas utilizadas en actividades físicas de tipo recreativo.

Los resultados indicaron que todas las medidas de funcionamiento cognitivo estuvieron significativamente correlacionadas con las dos variables de acumulación central de adiposidad, al igual que con el nivel de actividad física. Las funciones cognitivas valoradas en este estudio fueron: memoria verbal, organización visual-espacial, rastreo y memoria de trabajo. También estuvieron correlacionadas con ambas medidas de acumulación de adiposidad y la medida de actividad física, las puntuaciones obtenidas en el MMSE.

Lautenschlager et al. (2008) exploraron la relación entre la actividad física y las funciones cognitiva en adultos de la tercera edad en riesgo de padecer la enfermedad de Alzheimer. Según estos autores, muchas investigaciones han mostrado una relación entre la actividad física y el estado cognitivo, pero no por medio de un estudio con ensayos aleatorios. Llegaron a participar en este estudio 170 personas mayores de 50 años, quienes presentaban quejas de memoria, sin llenar los requisitos para el diagnóstico de demencia.

Se utilizaron dos condiciones, a las cuales los participantes fueron asignados de manera aleatoria. Un grupo de 85 participantes fue incluido en un programa habitual de educación sobre la demencia y temas afines. Otros 85 participantes fueron sometidos a un programa de 24 semanas en el cual se incluía el ejercicio físico Las variables de edad, educación y género fueron controladas por los investigadores.

Se utilizó el componente cognitivo de la Escala de Evaluación de la Enfermedad de Alzheimer (ADAScog; Rosen, et al., 1984), así como otros instrumentos neuropsicológicos para valorar el estado cognitivo, antes y después de los tratamientos. Como afirman Lautenschlager et al. (2008, En resumen, los resultados de este ensayo aleatorio indican que un programa de actividad física de 142 minutos de ejercicio adicionales por semana mejora modestamente la cognición, en comparación con controles en adultos con quejas subjetivas de memoria (p. 1036).

Conclusiones y recomendaciones

Los resultados de la presente revisión de bibliografía pertinente a la actividad física y el riesgo de demencia señalan, sin lugar a dudas, que un régimen moderado de actividad y ejercicio físico, no solamente redunda en beneficio para la salud física, si no que tiene beneficios importantes para el mantenimiento del estado funcional cognitivo y en retrasar las manifestaciones de deterioro cognitivo que acompañan a la demencia degenerativa primaria, especialmente la de tipo Alzheimer. El nivel de actividad y la variedad de actividades, aún dentro del marco de la recreación, parecen contribuir a aumentar la reserva cognitiva y hacernos más resistentes a los deterioros de la demencia. Aquí cabe replantear el dictamen del filósofo griego quien nos aconsejó tener una mente sana en un cuerpo sano a la luz de estos hallazgos, afirmando que hay que tener una mente activa en un cuerpo activo.

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