800 007 970 (Gratuito para españa)
658 598 996
·WhatsApp·

6 may 2010

Pautas nutricionales en niños y jóvenes deportistas

/
Enviado por
/
Comentarios0
Las necesidades energéticas y nutricionales de los niños y jóvenes deportistas varían a lo largo de cada etapa, de acuerdo con su ritmo de crecimiento, su estado de salud y en menor medida, por el tipo de deporte que practican

 
Autor(es): José Luis García Soidán
Entidades(es): Grupo Hi10 – Universidade de Vigo
Congreso: III Congreso Internacional de Ciencias del Deporte y Educación Física
Pontevedra: 6-8 de Mayo de 2010
ISBN: 978-84-613-8448-8
Palabras claves: Bicarbonato, Ayuda ergogénica, Percepción Subjetiva Esfuerzo, Rendimiento

NECESIDADES ENERGÉTICAS EN JOVENES DEPORTISTAS

Las necesidades energéticas y nutricionales de los niños y jóvenes deportistas varían a lo largo de cada etapa, de acuerdo con su ritmo de crecimiento, su estado de salud y en menor medida, por el tipo de deporte que practican. La nutrición debe ser equilibrada en cada edad, con algunas pequeñas variaciones que permitan adaptarlas a las situaciones concretas de los jóvenes, teniendo en cuenta que el deportista adulto ha de desarrollar adecuadamente todas sus cualidades físicas, para que su rendimiento deportivo y su estado de salud sean óptimos y que los mecanismos corporales de prevención funcionen correctamente. La energía necesaria para cada adolescente dependerá por tanto de: su metabolismo basal, actividad física y deporte que realice, termorregulación, acción dinámica específica de los alimentos, deporte extraescolar, edad, género y estado fisiológico.

La importancia de una alimentación equilibrada y las necesidades energéticas de fluidos y nutrientes en jóvenes deportistas ha sido descrita por (Petrie, Stover & Horswill, 2004; OMS, 2006; Meyer, O’Connor & Shirreffs, 2007). En los atletas jóvenes la ingesta de energía debe cubrir las necesidades, provocadas por: la actividad física, el crecimiento y el desarrollo físico en cada momento de su vida. Durante la adolescencia se aumenta un 15-25 % de la talla final, un 45% del crecimiento óseo y un 26% de la mineralización final del adulto (Rees & Christine, 1989; Bailey, McKay, Mirwald, Crocker y Faulkner, 1999), por lo que las necesidades nutricionales deben incluir estos desarrollos (Meyer et al., 2007).

Durante el período de niñez y adolescencia, los jóvenes eligen los alimentos según su aspecto o su sabor: forma, tamaño, color, textura etc. En general, los alimentos que se eligen mediante este criterio no se corresponden con los más adecuados para el desarrollo infantil y sí con los más deficitarios en nutrientes y con los más perjudiciales para la salud. Este tipo de alimentación presenta el problema de no aportar todos los nutrientes importantes, desarrollando así estados carenciales o semi-carenciales, sobre todo en lo que se refiere a los micronutrientes. Esto es debido a que las fuentes alimenticias de estos nutrientes pertenecen a los grupos menos consumidos por la población escolar: verduras, frutas frescas y pescados. Los déficits más frecuentes suelen ser las carencias de vitaminas D y E, B12, ácido fólico y zinc, carencias que son aún más comunes entre los jóvenes deportistas de las zonas industrializadas del medio urbano (Samuelson, Bratteby, Enghardt & Hedgren, 1996; Decarli et al., 2000; Paulus, Saint-Remy & Jeanjean, 2001; Matthys, De Henauw, Devos & De Backer, 2003; Pynaert et al., 2005; Mullie et al., 2006).

Alimentar bien a los jóvenes deportistas, a veces, constituye un problema y puede llenar de dudas a los que tienen que diseñar las dietas y los menús diarios. Para apoyar en esta tarea, intentaremos repasar los puntos fuertes que es necesario conocer para elaborar una dieta adecuada, y que conocimientos previos pueden facilitar mucho su diseño. En primer lugar, debemos tener en cuenta que alimentar adecuadamente, es algo más que proveer de alimentos suficientes para el crecimiento corporal. Dentro de una alimentación adecuada intervienen además de la buena selección de alimentos, la situación socio-familiar, hábitos y costumbres (alimenticias, culturales, etc.), educación, nivel cultural etc. Las necesidades de la población infantil están condicionadas por el crecimiento del cuerpo, el desarrollo de los huesos, dientes, músculos, etc. y también por la necesidad de crear reservas para la pubertad. En general, en atletas jóvenes se aconseja consumir una dieta rica en hidratos de carbono, más del 55% del total diario de energía (Burke, Cox, Cummings & Desbrow, 2001; ACSM, 2006; FDA, 2007). Los atletas jóvenes que realizan deportes de fuerza, tienen necesidades de proteínas entre un 12% al 15% de las necesidades diarias de energía (Maughan & Burke, 2002). La anemia y la deficiencia de hierro son uno de los principales problemas nutricionales, sobre todo en mujeres adolescentes (OMS, 2006).

Durante el período escolar, las necesidades energéticas proteicas son elevadas, en general más elevadas que las de los adultos. Los jóvenes deportistas constituyen un grupo de población con alto riesgo de sufrir malnutrición cuando se mantienen dietas carenciales debido a sus escasas reservas, también tienen tendencia a sufrir deshidratación y alteraciones digestivas, sobre todo por la falta de hábitos higiénicos y por sus escasas reservas. Tristemente, es muy conocida la severidad con que la población infantil sufre los efectos de la falta de alimentos causados por las guerras, las situaciones de desastre social, socioeconómico, etc. y cómo se arrastran las secuelas durante toda la vida como un deficiente desarrollo óseo y muscular, e incluso deficiencias neurológicas.

La adolescencia es un período fundamental para introducir hábitos nutricionales correctos, que pueden permanecer a lo largo de toda su vida (Matthys, De Henauaw, Bellemans, De Maeyer, 2007). Las recomendaciones energéticas que debemos proponer, se cuantifican a partir de las necesidades del metabolismo basal, la tasa de crecimiento y la actividad física. La OMS (2006) recomienda que la energía total diaria, proceda como se describe a continuación:

  • 50%-60% de hidratos de carbono

  • 20%-30% de grasa

  • 10%-15% de proteínas.

La elección de alimentos debe tener presente el objetivo de conseguir lo mejor para la salud y bienestar del joven, por lo que la escuela y los equipos deportivos, son buenos lugares para inculcar conocimientos sobre las tablas de alimentos que aseguran una dieta equilibrada tanto de forma cualitativa como cuantitativa, según las recomendaciones actuales. Elegir cualitativamente supone escoger los alimentos en las porciones adecuadas para cada comida, en la cantidad suficiente para conseguir un aporte completo y de forma que estén representados todos los grupos de alimentos. Las raciones dietéticas aseguran la adecuada representación de todos los alimentos básicos, evitando los prescindibles (azúcares simples, grasas saturadas, etc.). Entendemos por ración “la cantidad o porción adecuada a un plato normal de comida, para cada edad”. En ocasiones, varias unidades de un alimento pueden formar una ración (ej. fresas). Para que una dieta sea equilibrada cualitativamente, deben formar parte de ella todos los grupos de alimentos: energéticos, plásticos, reguladores, estructurales y protectores.

Una propuesta adecuada para nuestros jóvenes deportistas, sería conocer la alimentación correcta, mediante el análisis de la comida que se sirve, prestando atención a los siguientes apartados:

  • El desayuno es una comida imprescindible. No puede ingerirse con prisas. Debe ser lo más equilibrada posible en composición y en cantidad, no deben faltar los alimentos lácteos, frutas del tiempo y cereales. Debe aportar entre un 20-30 % de la energía diaria, rica en hidratos de carbono complejos y suficiente para cubrir las necesidades matutinas del escolar.

  • Las meriendas deben aprovecharse para incluir fruta y lácteos.

  • La cena es una comida de esquema similar al almuerzo pero con cantidades reducidas, sin olvidar el aporte lácteo.

  • Identificar los alimentos que componen el menú escolar, lo que permitirá a los padres diseñar un menú compensador para la cena.

  • Respecto a la Fibra, se debe aumentar su consumo, a través de un aporte suficiente de verduras, cereales y pan, ambos integrales.

  • La alimentación debe ser variada, aportando alimentos de los distintos grupos alimentarios.

  • Se deben realizar campañas informativas, dirigidas a toda la comunidad escolar, para dar a conocer las recomendaciones nutricionales más adecuadas para el desarrollo de los jóvenes deportistas.

  • Se debe evitar el consumo tanto de dulces como de bollería industrial. Los menús jóvenes deportistas deben mantener un buen equilibrio entre postres, lácteos y/o fruta fresca del tiempo.

  • Se debe disminuir el consumo de comida basura, salsas y fritos.

ESTUDIOS SOBRE HÁBITOS NUTRICIONALES

Se podría pensar que los atletas son más conscientes de la importancia de la alimentación, lo que podría hacer que su alimentación fuese distinta y mejor, que la del resto de adolescentes (Cavadini, Decarli, Grin, Narring y Michaud, 2000). Debido al aumento del trabajo muscular y de la masa de eritrocitos, los jóvenes tienen necesidades de hierro más altas. Las niñas, presentan unas necesidades de hierro, un 15% superiores cuando aparece la menstruación, por lo que la deficiencia de hierro es más común entre los atletas adolescentes que realizan habitualmente ejercicio vigoros, lo que podría reducir la capacidad de rendimiento y recuperación (Raunikar & Sabio, 1992). Debido al desarrollo esquelético y al aumento de su masa ósea durante la adolescencia, los requisitos de calcio alcanzan niveles máximos en este período de edad (Bailey et al., 1999). Por otra parte, la actividad física y la ingesta adecuada de frutas y hortalizas puede tener un efecto beneficioso sobre la acumulación de calcio mineral durante la infancia y la adolescencia (Whiting et al., 2004; Vatanparast, Baxter-Jones, Faulkner, Bailey & Whiting, 2005). Por ello a los atletas adolescentes les debemos recomendar una dieta equilibrada para mantener y optimizar el rendimiento y la salud (Economos, Bortz & Nelson, 1993; Meyer et al., 2007), done el número de ingestas fuese de 4 a 5 al día. Existen numerosos estudios sobre adolescentes, donde se destaca el hecho de la eliminación del desayuno, debido a las prisas por marchar al colegio. Williams y cols. (1995) en un estudio realizado en jóvenes deportistas de Nueva York, encontraron que el 16% de jóvenes deportistas no desayunaban. Frost y cols. (1995), en otro estudio realizado a 1.623 estudiantes noruegos de 12 a 18 años, encontraron que el 13,4% desayunaba solamente de 2 a 3 veces a la semana (preferentemente el fin de semana) y Monneuse y cols. (1997), en un estudio realizado a 656 estudiantes franceses entre 18 y 30 años encontraron que el 16% no desayunaba todos los días. Roos (2001) en un estudio aplicado a 468 jóvenes deportistas de 6 a 12 años y a 312 jóvenes deportistas de 12 a 14 años encontró que el 18,2% de los jóvenes deportistas de este estudio no desayunan en casa y que el 56,3% lo hacían en la escuela.

En un estudio realizado a 3.534 joven deportistas y jóvenes entre 2 y 24 años, representativos de la población española, Serra y cols. (2002) encontraron que el 8,2% de la población infantil y juvenil omite habitualmente el desayuno. Esta situación afecta al 9,8% de varones y al 7,8% del colectivo femenino. Dentro de los hombres el pico máximo se encuentra a partir de los 18 años (16%) y por lo que respecta a las mujeres, la mayor frecuencia de omisión del desayuno es la de 14 a 18 años (11%). El 44% de los joven deportistas y el 49% de las niñas consumen algún alimento a media mañana, esta costumbre es menor a partir de los 18 años. En este mismo estudio, los autores encontraron que casi un 5% de los jóvenes deportistas no consume ningún tipo de alimento en el desayuno. A pesar de la gran cantidad de estudios actuales existentes sobre jóvenes deportistas, no podemos obtener una evidencia científica válida acerca de los beneficios a corto o largo plazo del desayuno en la función cognitiva o en los mecanismos que median esta relación (Pollit, 2002); los resultados son dudosos en lo que se refiere a la omisión del desayuno y su relación con la alteración de los procesos cognitivos y de aprendizaje (Serra y cols., 2003).

Amorim (2000), describe que en los países del sur de Europa, existe un gran consumo de aperitivos y de comidas rápidas, pero en general respecto a Estados Unidos y varios países del norte de Europa. Bellisle y cols. (2004) halló que los estudiantes que realizan dieta, suelen evitar el desayuno. Según este estudio sólo el 68% de las mujeres y el 65% de los hombres que realizaban dieta desayunaban cada día; mientras que para aquellos que no realizaban dieta la cifra ascendía a un 79% en el caso de las mujeres y el 75,5% en el caso de los hombres. Por ello, además de cubrir sus necesidades energéticas, los principales objetivos de la alimentación durante este período escolar serán:

  1. Equilibrar las necesidades nutricionales que permitan el crecimiento y desarrollo óptimo, en cada etapa del desarrollo del joven deportista.

  2. Evitar desajustes, carencias y excesos entre nutrientes.

  3. Fomentar a través de la dieta, el conocimiento y la prevención de las patologías crónicas del adulto relacionadas con la obesidad y la malnutrición.

Favorecer la adquisición de hábitos alimenticios correctos.

ALIMENTOS Y REECUENCIA DE CONSUMO

Chastonay y cols. (1996) observaron que el perfil nutricional de un grupo de jóvenes deportistas y adolescentes franceses, era rico en lípidos y azúcares simples y pobres en folatos en ambos sexos, y muy escaso en hierro, magnesio y calcio en el caso de las mujeres. El 18% de la ingesta calórica era aportada por las proteínas, índice superior al recomendable (15%), siendo más elevado el aporte proteico de origen animal (11%) que el de origen vegetal (7%), como viene siendo habitual en los países occidentales. Un 40% de la ingesta calórica era aportado por lípidos, superior a las cantidades aconsejables, siendo necesario disminuir el consumo. La ingesta de colesterol aumentaba en 130 mg/100 ml respecto a las recomendaciones, debido al elevado consumo de grasas animales. Los hidratos de carbono complejos alcanzaban valores inferiores a los recomendados, por lo que propusieron que para alcanzar las recomendaciones internacionales, los jóvenes deportistas deberían de aumentar el consumo de cereales, frutas y derivados y de tubérculos.

Respecto a los estudios donde se analiza el consumo de lácteos en la población joven de los países europeos, sus resultados indican que los valores de consumo se consideran correctos, según las necesidades de los jóvenes deportistas (Frost y cols., 1995). Sin embargo, Fujimori y cols. (1994), en un estudio realizado en mujeres, estudiantes de 12 – 17 años, encontraron que el 80% realizaban una ingesta de calcio inferior al 90% de la cantidad diaria recomendada (Recommended Dietary Allowances, RDA). Otro estudio realizado en estudiantes noruegos (Frost, 1995), halló que los jóvenes realizaban una ingesta diaria de hierro de 16 mg/día en el caso de los hombres y de 11 mg/día en las mujeres, siendo la ingesta recomendada de 12 mg/día para los hombres y entre 12 – 18 mg/día para las mujeres. En Brasil, Fujimori y cols. (1994), señalaron que en el 64% de las jóvenes deportistas y adolescentes la ingesta de hierro era también inferior al 90% del índice.

Ortega y cols. (2005), encontraron un consumo de 14 veces/semana en hombres y de 11 veces/semana en mujeres, mientras que los estudios de Frost (1995), describieron un consumo de 185 g/d en hombres y de 170 g/d en mujeres noruegos. Analizando el consumo de hortalizas, verduras y frutas, varios autores coinciden en afirmar que el comportamiento es muy distinto entre sexos. Las mujeres suelen consumir más vegetales que los hombres. Ortega y cols. (2005), encontraron un consumo de fruta superior en las mujeres de alrededor de 14 veces/semana, mientras que en los hombres fue de 12 veces/semana (p<0.05). Respecto al consumo de vegetales las diferencias no fueron tan significativas (p<0.1) 4,3 veces/semana los hombres y 5,1 veces/semana las mujeres.

Los estudios de Frost (1995) encontraron diferencias significativas (p < 0.001) en cuanto al consumo de frutas – 164 g/d en los hombres y 258 g/d en las mujeres y en lo que se refiere a los vegetales, los consumos fueron de 48 g/d en hombres, mientras que en mujeres fue de 85 g/d; no encontraron por otro lado diferencias significativas en el consumo de vitamina C en ningún sexo. Datos similares fueron obtenidos por Monneuse y cols. (1997), en jóvenes deportistas franceses. En estos estudios un 18% de los hombres encuestados reconoce consumir fruta menos de una vez a la semana mientras que las mujeres con este consumo sólo supusieron un 7% del total (p<0.01). Paulus y cols. (2001) encontraron que el 60% de los adolescentes belgas no comen ni fruta ni verduras diariamente.

El crecimiento es una de las características fisiológicas más importantes de los adolescentes durante este período y en esencia, consiste en un aumento de la masa corporal, que se acompaña de un proceso de remodelación morfológica y maduración funcional (Hernández, 1999; Alonso, 2003). La edad escolar corresponde a la llamada “fase de crecimiento estable” (Hernández, 1999), caracterizada por una desaceleración gradual del ritmo de crecimiento lineal y una aceleración de la curva de crecimiento en peso (Bueno, 1996; Lucas, 2001). Durante este período se produce la madurez completa de los sistemas que intervienen en la alimentación. Se corresponde con una etapa de gran variabilidad individual tanto en su metabolismo basal, que es mayor que en el adulto, como por la actividad física que puede realizar.

El crecimiento es un proceso complejo y altamente integrado, cuyo resultado es la expansión y diferenciación celular, presente en los distintos tejidos que constituyen los órganos y sistemas. Los tejidos pueden crecer por hiperplasia (aumento del tamaño celular) o hipertrofia (aumento del número de células), y a su vez sufren un proceso de diferenciación que determina su grado de maduración (Muñoz, 1999; Hernández y cols., 2000; Martinez-González y cols., 2001; Pombo y cols. 2001). No obstante hay que tener en cuenta que el ritmo de crecimiento de los diferentes tejidos es desigual a lo largo de la vida del individuo.

La expectativa de ganancia de peso y altura en los joven deportistas de edad escolar es de 12 Kg. y 30 cm. respectivamente, desde los 5 a los 10 años. Este crecimiento se produce lenta y gradualmente. Respecto al peso, lo normal es que aumenten de 2 a 3 Kg. por año hasta los 10 años, y en esta edad aumentan estos valores hasta 4-5 Kg./año sobre todo en las mujeres, lo que indica que está cercana la pubertad. En lo que se refiere a la talla, es a partir de los 4 años cuando esta aumenta de 5 a 6 cm por año (Alonso, 2003).

El equilibrio energético es básico, ya que para mantener el balance es necesario gastar lo que se va acumulando y estar bien oxigenado. Para ello es necesario jugar al aire libre, hacer deporte con asiduidad y comer bien, equilibrando las pérdidas originadas por todas las actividades, incluida la de crecer y desarrollarse. Hay que evitar acumular nutrientes en exceso. Una situación emocional adecuada ayuda a disfrutar más de la comida, para ello se debe intentar comer en familia, al mismo tiempo que se enseñan no sólo las pautas de comportamiento adecuadas, sino también el placer por la comida.

Dentro de los objetivos principales de conocer y estudiar los hábitos alimenticios, se encuentra la identificación de grupos poblacionales de riesgo, aquellos que pueden padecer enfermedades crónicas, cuya etiología es, en parte, dietética (OMS, 2003). Los hábitos alimenticios se definen como las ”Manifestaciones recurrentes del comportamiento relacionado con el alimento por las cuales un individuo o grupo de ellos prepara y consume alimentos directa o indirectamente como parte de prácticas culturales, sociales y religiosas” (Moreiras y cols., 2001).

Es, por tanto, en estas edades tempranas en las que el joven deportista va adquiriendo y asimilando conceptos de una manera muy rápida, dónde debe realizarse el máximo esfuerzo educativo para crear hábitos alimenticios adecuados, con el fin de que perduren a lo largo de toda la vida, ya que los hábitos dietéticos adquiridos en estas edades determinan el comportamiento alimenticio de las sociedades futuras. Se han descrito diversos factores que influyen en la alimentación del escolar y ayudan a modelar los hábitos alimenticios del joven deportista (Capdevila y cols. 2000; Lucas, 2001; Serra y cols., 2002). Varios autores afirman que existen ciertos factores socioeconómicos y demográficos que influyen en la ingesta de alimentos de los joven deportistas durante la etapa escolar (Leis y cols., 2001). De hecho, existen estudios que relacionan la malnutrición y baja estatura de los jóvenes deportistas con un nivel socioeconómico bajo, lo que pueden ser factores de riesgo de padecer enfermedades crónicas (Risco, 1986; Aboderin y cols. 2002; OMS, 2003; Austin y cols., 2006; Haerens y cols. 2006).

De una parte, existen factores que influyen en la cantidad, variedad, calidad y tipo de alimentos disponibles y accesibles para su consumo, entre los que destacan los factores geográficos, climáticos, políticos y económicos. Por otro lado, se encuentran aquellos factores que influyen en la toma de decisiones y en la elección individual de alimentos según la oferta disponible, entre los que destacan los aspectos estructurales, sociales, antropológicos, culturales, tradiciones, el nivel educativo de los padres, el nivel de información y la concienciación (Birch, 1998; Story y cols., 2002; Aranceta y Pérez, 2006).

El nivel socioeconómico y educacional familiar, así como el hábitat, influyen de forma significativa en los hábitos alimenticios del joven deportista. Algunos estudios ponen de manifiesto que cuanto mayor es el nivel socioeconómico y de instrucción de los padres, mayor variedad de alimentos se observa en la dieta de los jóvenes deportistas (Gliksman y cols. 1999; Ballew y cols., 2000). Actualmente las sociedades industrializadas tienden a homogeneizar los hábitos dietéticos de sus grupos de población urbana y rural; sin embargo, todavía siguen existiendo algunas diferencias relacionadas tanto con la accesibilidad a los alimentos como con la capacidad económica. Cuando la ingesta de energía y nutrientes es adecuada, se asegura un buen crecimiento y desarrollo en el joven deportista. Por esta razón, las necesidades de nutrientes durante la infancia están condicionadas por el crecimiento físico, el desarrollo psicosocial y el ejercicio físico (Butte, 2000).

Dentro de los organismos sanitarios del Parlamento Europeo, se han estudiado las necesidades energéticas y de nutrientes de los países comunitarios, así como su ingesta. Realizando recomendaciones específicas tanto para el gasto de energía como para el consumo de nutrientes, diseñando dietas y suministros de alimentos, además de crear comités de evaluación de los alimentos y de sus propiedades nutritivas, su etiquetado, así como programas de intervención sobre la actividad física realizada (Comisión de las Comunidades Europeas).

Un nutriente fundamental es el agua, que ha sido incluida recientemente en la relación de macronutrientes, aunque no aporte energía. Como elemento imprescindible y vital para el organismo, debe hablarse de la recomendación dietética de esta sustancia (Muñoz y Fuente, 1999). Los jóvenes deportistas son especialmente susceptibles a las pérdidas de líquido, por lo que sus necesidades de agua en relación con el peso corporal son muy elevadas (Kleiner, 1999). Para reparar las pérdidas se estima que el joven deportista debe ingerir 1,5 ml por kilocaloría. De esta forma, se calcula que para una niña de 7 años que pese 25 Kg, la cantidad de líquido a ingerir sería de 2.625 ml. Los joven deportistas deben tomar conciencia de beber líquido para poder rehidratarse (Saltmarsh, 2001).

Los requerimientos de energía de un individuo han sido definidos por la OMS (2003) como “nivel de ingesta equivalente al gasto energético diario, para una talla y composición corporal determinadas, y un nivel de actividad física, que garantiza un estado de salud óptimo”. La energía proporcionada por la dieta debe ser suficiente para que no sea necesario utilizar las proteínas como fuente de energía y, asimismo, no conviene que sea excesiva y pueda llevar a la obesidad (Lucas, 2001).

Las necesidades de energía de un joven deportista se estiman en base a su metabolismo basal, tasa de crecimiento y actividad física (Muñoz y cols., 1997; Roos y cols., 2001; Lucas, 2001; Mataix y Alonso, 2002). Las necesidades energéticas están condicionadas en los jóvenes deportistas, en función a:

  • La tasa metabólica basal, que se define como la energía consumida en estado de descanso físico y mental, neutralidad térmica y en ayunas. Esta tasa es proporcional a la masa corporal magra (libre de grasa), ya que representa el tejido metabólicamente activo, por lo que se irá modificando durante la infancia en base a los cambios producidos en la composición corporal.

  • El nivel de actividad física del joven deportista: durante este período de la vida la actividad física aumenta, por lo que los aportes energéticos deben ser mayores para cubrir sus necesidades. No hay que olvidar la idiosincrasia individual, que puede implicar una amplia diversidad en las necesidades de aporte energético (Lucas, 2001).

  • Respecto a la energía utilizada para el crecimiento, a pesar de que depende del tejido sintetizado, se acepta una media de 5 Kcal por gramo de peso ganado, incluyendo el valor energético del tejido depositado y el coste de su síntesis. De esta forma, aunque las necesidades energéticas aumentan con la edad en términos absolutos, el porcentaje de los requerimientos para el crecimiento disminuye al mismo ritmo que lo hace la velocidad de crecimiento (Hernández y Sastre, 2004).

Hoy en día, diversos autores mantienen la teoría de que en los últimos años se ha producido una tendencia secular positiva de talla y de peso a lo largo del tiempo, lo que se manifiesta en datos de diversos estudios (Tojo y Leis, 2000). Por ejemplo en Galicia la talla de los joven deportistas ha aumentado 7-12 cm, según la edad, desde 1950 a 1994 (Fredicks y cols. 2000). Pero este hecho no sólo se da en España. En otros países también se ha observado un aumento de talla; en Japón un estudio realizado por Austin (2006)establece que desde 1945 hasta 1999 la talla de los jóvenes deportistas japoneses ha llegado al máximo de las curvas de percentiles para el país.

Loesch y cols. (2008) observaron que la talla de jóvenes deportistas australianos de 5-17 años aumentó en la última década alrededor de 1,5 cm, mientras que en Europa, Danker y cols. (2000) observaron que el aumento de talla de los jóvenes deportistas alemanes fue de 0,67 cm. en joven deportistas y 0,49 cm. en niñas a lo largo de una década. También Cole (2000) observó un aumento de 1-3 cm. por década en los jóvenes deportistas británicos durante los últimos 30 años. Friedman y cols. (1999) analizó el aumento de talla observado en los últimos años en jóvenes deportistas de 5-17 años, que fue de 0,7 cm. por década, independientemente del sexo, edad o raza, siendo esta tendencia de aumento de talla mucho más pronunciada en los preadolescentes, coincidiendo con los hallazgos de otros autores (Livingstone y Black, 2003).

Diversos investigadores han demostrado que paralelamente al aumento de talla se ha producido un aumento de peso, y por tanto del IMC en joven deportistas, no sólo en España, sinotambién en el este y en el sur de Europa (Livingstone y Black, 2003), lo que se considera un factor de riesgo cardiovascular. También en otros países europeos se ha observado este incremento del IMC: en Irán el IMC de hombres y mujeres entre 12-18 años ha ido aumentando de tal forma que la media ha alcanzado los percentiles 85 y 95 de las curvas de referencia del país (Kelishadi y cols., 2007). Estos datos coinciden con los resultados obtenidos en los estudios realizados por Tremblay y Willms (2000) en Canadá, donde estableció un aumento de 0,1 Kg/m2 por año, en joven deportistas de 7-13 años desde 1981 hasta 1996.

Goran (2001) describió en su estudio que desde 1974 hasta 1994 los jóvenes deportistas americanos, de 6-14 años, han aumentado 0,2 Kg/año, como promedio, aunque encontró diferencias significativas según la etnia de procedencia. No obstante, hay que establecer, dentro de la normalidad, amplias variaciones de peso y talla, puesto que se describen casos de joven deportistas que se mantienen en un estado “latente” durante algunos años, presentando posteriormente un crecimiento rápido en talla y peso.

SUPLEMENTOS NUTRICIONALES EN JOVENES DEPORTISTAS

Cerca de un 37,5% de los jóvenes deportistas norteamericanos consumen regularmente suplementos de vitaminas y minerales según Loosli and Benson (2008); mientras que en deportistas europeos según Meyer y cols. (2007), el porcentaje es más bajo 32%. Son los hombres los que con mayor frecuencia consumen micronutrientes (hierro, magnesio, fósforo, vitamina C, etc.). Las altas cantidades de fósforo consumido influyen negativamente en la salud del hueso (Whiting et al., 2004).

Se ha demostrado, que algunos productos que se consumen diariamente como suplementos aportan cantidades adecuadas de calcio, según los trabajos realizados por diversos autores (Karp et al., 2006; Hartman et al., 2007; Shirreffs, Watson, & Maughan, 2007; Wilkinson et al., 2007). La leche semidesnatada, según estos trabajos puede ser una buena bebida para recuperar al organismo después de realizar trabajos de resistencia, según Hunt y Johnson (2007). Algunas bebidas light consumidas frecuentemente por los jóvenes deportistas, tienen bajas cantidades de hidratos de carbono pero son ricos en ácidos grasos. Las mujeres que consumen grandes cantidades de estas bebidas, presentan un porcentaje elevado de grasa corporal

Las bebidas deportivas han sido utilizadas positivamente para mejorar la recuperación en algunos jóvenes deportistas, por lo que deben ser tenidas en cuenta, teniendo en cuenta que su abuso puede producir efectos erosivos en los dientes, como ha demostrado Venables y cols. (2005). Algunos alimentos energéticos, como barritas de frutas y cereales, si son utilizados correctamente pueden contribuir a alcanzar los niveles recomendados para algunos nutrientes. De todas formas, son necesarios estudios posteriores y con muestras mayores, para poder afirmar los beneficios de estos suplementos energéticos.

A veces se utilizan suplementos para perder peso en jóvenes. En un estudio realizado en 2006, por el Health Council en 20.257 jóvenes estudiantes, se encontraron con que un 59% de las mujeres y un 36% de los hombres trataban de perder peso, por lo que muchos de ellos y que hacían deporte, dejaron de consumir las cantidades necesarias de alimentos, para su adecuado funcionamiento corporal.

El uso de suplementos nutricionales por atletas jóvenes es cada vez más frecuente, y los estudios demuestran como son consumidos en mayor cantidad por adolescentes y jóvenes que compiten en la élite de su deporte. Un estudio realizado por el Comité Olímpico Canadiense (2008), revela como un 52% de sus jóvenes deportistas, consumen al menos un suplemento nutricional y que un 18 % consume entre 2 y 5 suplementos nutricionales. Estos resultados hacen pensar que existe un aumento de la aceptación social, del consumo de suplementos nutricionales, que pueden también explicar el aumento de su consumo en deportistas profesionales. También en este estudio se observa como los compañeros, la familia y los entrenadores, son la principal fuente de información de los suplementos nutricionales, y son muy pocos los que acuden a su médico, para solicitar su consejo, por lo que en ocasiones se encuentra en riesgo la salud del joven deportista.

Hasta la fecha, no existen evidencias científicas suficientes, que indiquen que los suplementos nutricionales genéricos (vitaminas, minerales, etc.), posean esos efectos beneficiosos que se le suponen, respecto al rendimiento, a la recuperación y al mantenimiento de la salud del deportista, por lo que su composición debe ser revisada continuamente por las autoridades deportivas correspondientes, para evitar que puedan contener sustancias dopantes (Boisseau y cols., 2007)

En un estudio realizado en Australia (Loesch, 2008)se muestra como la industria relacionada con los suplementos nutricionales comerciales ha evolucionado a lo largo del tiempo, realizando cada vez mayores campañas de marketing, para captar a los jóvenes deportistas, donde los nadadores y piragüistas de élite, presentan un mayor consumo de suplementos, respecto a otros deportes, siendo los suplementos más utilizados: vitaminas -multivitaminas- (43.1%); minerales (45.8%); hierro (30.6%) y otros suplementos -creatina, aminoácidos- (31.9%). Los hombres con mayor frecuencia consumen suplementos proteicos (30.6%); mixtos proteínas–carbohidratos (19.4%); creatina (22.2%) y cafeína (30.6%), mientras que las mujeres consumen con mayor frecuencia suplementos de: hierro (44.7%) y minerales (52.8%).

Las razones principales que se atribuyen actualmente, para el aumento del consumo de suplementos nutricionales, en jóvenes deportistas, tienen que ver con la creencia extendida entre este colectivo de que mejoran el rendimiento, la inmunidad, la recuperación, la resistencia de corta y larga duración, lo que indica un conocimiento mediocre de los fundamentos científicos relacionados con los suplementos, por parte de este colectivo, que prefieren asesorarse de este tema entre sus familiares, amigos y entrenadores, en vez de los profesionales.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Aboderin, I. (2002). Life course perspectives on coronary heart disease, stroke and diabetes: the evidence and implications for policy and research. Ginebra, WHO.

  • ACSM. (2006). ACSM’s advanced exercise physiology. Baltimore, Lippincot & Williams.

  • Alonso, M. (2003). Crecimiento y desarrollo: una visión general. En: Serra LL, Aranceta J, Rodríguez Santos F, editores. Crecimiento y Desarrollo. Barcelona: Masson.

  • Amorim, J. (2000) Dietary habits and nutritional status in adolescents over Europe – Southern Europe. European Journal of Clinical Nutrition, 54; Supl. 1, 29-35.

  • Aranceta, J. y Perez-Rodrigo, C. (2006). Resources for a healthy diet: School meals. The British journal of nutrition, 96; Suppl 1, S78-81.

  • Austin, S.; Fung, T.; Cohen-Bearak, A.; Wardle, K. y Cheung, L. W. (2006). Facilitating change in school health: A qualitative study of schools’ experiences using the school health index. Preventing chronic disease, 3(2), A35.

  • Bailey, D.A., McKay, H.A., Mirwald, R.L., Crocker, P.R., & Faulkner, R.A. (1999). A six-year longitudinal study of the relationship of physical activity to bone mineral accrual in growing children: The University of Saskatchewan bone mineral accrual study. Journal of Bone and Mineral Research, 14, 1672–1679.

  • Ballew, C.; Kuester, S.; Serdula, M.; Bowman, B. y Dietz, W. (2000). Nutrients intakes and dietary patterns of young children by dietary intakes. Journal of Pediatrics 136: 181-187.

  • Bellisle, F. ; Rolland, M. ; Deheeger, M. y Guilloud, M. (2004). Obesity and food intake in children: evidence for the role of metabolic and behavioural daily rhytms. Appetite; 11: 111-118.

  • Birch, l. (1998). Development of food acceptance patterns in the first years of life. Proceedings of the Nutrition Society; 57: 617-624.

  • Boisseau, N., Vermorel, M., Rance, M., Duché, P., & Patureau-Mirand, P. (2007). Protein requirements in male adolescent. European Journal of Applied Physiology, 100(1), 27–33.
  • Bueno M. (1996). Crecimiento y desarrollo humanos. En: Bueno M., editor. Crecimiento y desarrollo humano y sus trastornos. 2ª ed. Madrid: Ediciones Ergon, 3-28.
  • Burke, L.M., Cox, G.R., Cummings, N.K., & Desbrow, B. (2001). Guidelines for daily carbohydrate intake—Do athletes achieve them? Sports Medicine (Auckland, N.Z.), 31(4), 267–299.
  • Burke, V.; Gracey, M.; Milligan, R.; Thompson, C.; Taggart, A. y Beilin, L. (1998). Parental smoking ans risk factors for cardiovascular disease in 10 to 12 year old children. Journal of Pediatrics 133(2): 206-213.
  • Butte, N. (2000). Fat intake of children in relation to energy requirements. American Journal of Clinical Nutrition. 72 (S): 1246S-1252S.
  • Canadian Olimpic Comittee (2008). Nutrition and athletic olympic performance. Joint position statement. Medicine and Science in Sports and Exercise, 32(12), 2130–2145.
  • Capdevila, F.; Llop, D.; Guillén, N.; Luque, V.; Pérez, S. y Sellés, V. (2000). Consumo, hábitos alimenticios y estado nutricional de la población de Reus (X): evolución de la ingestión alimentaria y de la contribución de los macronutrientes al aporte energético (1983-1993) según edad y sexo. Medicina Clínica; 1(115): 7- 14.
  • Carazo, E.; Miguez, E. y Martínez, J. (1991). La nutrición de los escolares y adolescentes españoles. Barcelona, Doyma.
  • Cavadini, C., Decarli, B., Grin, J., Narring, F., & Michaud, P-A. (2000). Food habits and sport activity during adolescence: differences between athletic and non-athletic teenagers in Switzerland. European Journal of Clinical Nutrition, 54(Suppl. 1), S16–S20.
  • Chastonay, J.; Praplan, B.; De Riedmatten, F.; Jordan, B.; Dettwiler, W.; Walker, F. y Rougemont, A. (1996) Eating behavior of 12-16 year olds of French-speaking Valais. cross-sectional survey among 962 primary students. Sozial-und Praventivmedizin, 41(5): 280-287.
  • Cole, T. (2000). Secular trends in growth. Proceedings of Nutrition Society; 59(2): 317-24.
  • Danker-Hopfe H, Roczen K. (2000). Secular trend in height, weight and body mass index of 6 year old children in Bremerhaven. Annual Human Biology; 27(3): 263-70.
  • Decarli, B., Cavadini, C., Grin, J., Blondel-Lubrano, A., Narring, F., & Michaud, P-A. (2000). Food and nutrient intakes in a group of 11 to 16 year old Swiss teenagers. International Journal for Vitamin and Nutrition Research, 70(3), 139–147.
  • Economos, C.D., Bortz, S.S., & Nelson, M.E. (1993). Nutritional practices of elite athletes. Practical recommendations. Sports Medicine, 16(6), 381–399.
  • FDA. (2007). Energy intake recommendations, age 8-16. Minnesotta: Food and drugs alimentation agency USA.
  • Fredicks, A.; Van Buuren, S.; Wit, J. y Verloove-Vanhorik, S. (2000). Body mass index in 1996-7 compared with 1980. Archive of Disease Children. 82: 107- 112.
  • Friedman, B. y Hurt-Crixell, S. (1999). Nutrient intake of children eating school breakfast. Journal of the American Dietetic Association 99(2): 219-221.
  • Frost, L.; Nes, M.; Sandstad, B.; Bjorneboi, G. y DREVON, C. (1995) Dietary intake among Norwegian adolescents. European of Journal Clinical Nutrition, 49: 555 – 564.
  • Fujimori, E.; De Oliveira, I.; Soares, M. y Osso, A. (1994). Avaliação nutricional de estudantes universitários do sexo femenino. Revista da Escola Enfermagem da USP, 28(1): 72-82.
  • Gliksman, M.; Lazarus, R. y Wilson, A. (1999). Differences in serum lipid in Australian children: is diet responsible? International Journal of Epidemiology 22: 247-254.
  • Goran, M. (2001). Metabolic precursors and effects of obesity in children: a decade progress, 1990-1999. American Journal of Clinical Nutrition 73: 158-71.
  • Haerens, L.; Deforche, B.; Maes, L.; Stevens, V.; Cardon, G. y De Bourdeaudhuij, I. (2006). Body mass effects of a physical activity and healthy food intervention in middle schools. Obesity, 14(5), 847-854.
  • Hartman, J.W., Tang, J.E., Wilkinson, S.B., Tarnopolsky, M.A., Lawrence, R.L., Fullerton, A.V., et al. (2007). Consumption of fat-free fluid milk after resistance exercise promotes greater lean mass accretion than does consumption of soy or carbohydrate in young, novice, male weightlifters. The American Journal of Clinical Nutrition, 86, 373–381.
  • Health Council. (2006). Hoge gezondheidsraad—Voedingsaanbevelingen voor België Herziening November 2006
  • Hernández, M. (1999). Particularidades de la nutrición en la infancia: crecimiento y nutrición. En: Hernández Rodríguez M, Sastre Gallego A. Madrid, Panamericana.
  • Hernández, M. y Sastre, A. (2004). Tratado de Nutrición. Madrid: Díaz de Santos.
  • Hunt, C.D., & Johnson, L.K. (2007). Calcium requirements: New estimations for men and women by cross-sectional statistical analyses of calcium balance data from metabolic studies. The American Journal of Clinical Nutrition, 86, 1054–1063.
  • Karp, J.R., Johnston, J.D., Tecklenburg, S., Mickleborough, T.D., Fly, A.D., & Stager, J.M. (2006). Chocolate milk as a post-exercise recovery aid. International Journal of Sport Nutrition and Exercise Metabolism, 16, 78–91.
  • Kelishadi, R., Ardalan, G., Gheiratmand, R., Gouya, M. M., Razaghi, E. M., y Delavari, A. y cols. (2007). Association of physical activity and dietary behaviours in relation to the body mass index in a national sample of Iranian children and adolescents: CASPIAN study. Bulletin of the World Health Organization, 85(1), 19-26.
  • Kleiner, S. (1999). Water: An essential but overlooked nutrient. Journal of the American Dietetic Association 99: 200-206.
  • Leis, R.; Tojo, R. y Castro-Gago, M. (2001). Nutrición del niño preescolar y escolar. En: Tojo R. editor. Tratado de Nutrición Pediátrica. Barcelona: Doyma: 411- 436.
  • Livingstone, M. y Black A. (2003). Markers of the validity of reported energy intake. Journal of Nutrition 133: 895S-920S.
  • Loesch, D.; Stokes, K. y Huggings R. (2008). Supplements in sports. American Journal of Sports Medicine 111(4): 545-56.
  • Loosli, A.R., & Benson, J. (2008). Nutritional intake in adolescent athletes. Pediatric Clinics of North America, 77(5): 1143–1152.
  • Lucas, B. (2001). Nutrición en la infancia. En: Mahan K, Escott-Stump S, editores. Nutrición y Dietoterapia de Krause. México: McGraw-Hill Interamericana Editores, S.A. 260-279.
  • Martinez-Gonzalez, M.; Varo, J.; Santos, J.; De Irala, J.; Gibney, M.; Kearney J. y Martinez, J. (2001). Prevalence of physical activity during leisure time in the European Union. Med Sci Sports Exerc, 33:1142-1146.
  • Mataix, J. y Alonso, M. (2002). Niño preescolar y escolar. En: Mataix JM, editor. Nutrición y alimentación humana. Madrid: Ergon, Tomo 2 859-868.
  • Matthys, C., De Henauw, S., Bellemans, M., De Maeyer, M., & De Backer, G. (2007). Breakfast habits affect overall nutrient profiles in adolescents. Public Health Nutrition, 10(4), 413–421.
  • Maughan, R.J., & Burke, L.M. (2002). Sports nutrition. Malden, MA: Blackwell Science.
  • Meyer, F., O’Connor, H., & Shirreffs, S.M. (2007). Nutrition for the young athlete. Journal of Sports Sciences, 25(S1), S73–S82.
  • Monneuse, M.; Bellisle, F. y Koppert, G. (1997) Eating habits, food and health related attitudes and beliefs reported by French students. European Journal of Clinical Nutrition, 51: 46 – 53.
  • Moreiras O. y Cuadrado C. (2001). Hábitos alimenticios. En: R. Tojo, editor. Tratado de Nutrición Pediátrica. 1ª ed. Barcelona: Doyma, 15-32.
  • Mullie, P., Clarys, P., De Ridder, D., Deriemaeker, P., Duvigneaud, N., & Hebbelinck, M. (2006). Breakfast frequency and fruit and vegetable consumption in Belgian adolescents: A cross-sectional study. Nutrition & Food Science, 36(5), 315–326.
  • Muñoz, K.; Krebs-Smith, S.; Ballard-Barbash, R. y Cloeveland, L. (1997). Food intakes of US children and adolescent compared with recomentations. Pediatrics 100(3): 323-329.
  • Muñoz, M. y Fuente, M. (1999). Pauta dietética del niño sano. En: Muñoz M, Aranceta J, García Jalon I, editores. Nutrición aplicada y dietoterapia. Pamplona. Eunsa.
  • OMS/WHO. (2003). Diet, nutrition and the prevention of chronic disease. WHO Technical report series 916. Ginebra: WHO.
  • OMS/WHO. (2006). Energy and protein requeriments. Report of a joint FAO/WHO/ONU experte consultation. Technical report series 724. World Health Organization. Geneva.
  • Ortega, F.; Ruiz, J.; Castillo, M.; Moreno, L.; Gonzalez-Gross, M.; Warnberg, J. y Gutierrez A. (2005). Low level of physical fitness in Spanish adolescents. Relevance for future cardiovascular health (AVENA study). Rev Esp Cardiol, 58:898-909.
  • Paulus, D., Saint-Remy, A., & Jeanjean, M. (2001). Dietary habits during adolescence—Results of the Belgian Adolux study. European Journal of Clinical Nutrition, 55(2), 130–136.
  • Petrie, H.J., Stover, E.A., & Horswill, C.A. (2004). Nutritional concerns for the child and adolescent competitor. Nutrition, 20: 620–631.
  • Pollit, E. (2002). Consecuencias de la desnutrición en el escolar. Lima: UC
  • Pombo, M.; Castro, J. y Castro, L. (2001). Crecimiento y nutrición. En: Tojo R, editor. Tratado de Nutrición Pediátrica. Barcelona: Doyma: 467-474.
  • Prouteau, S., Pelle, A., Collomp, K., Benhamou, L., & Courteix, D. (2006). Bone density in elite judoists and effects of weight cycling on bone metabolic balance. Medicine and Science in Sports and Exercise, 38(4), 694–700.
  • Pynaert, I., Matthys, C., Bellemans, M., De Mayer, M., De Henauw, S., & De Backer, G. (2005). Iron intake and dietary sources of iron in Flemish adolescents. European Journal of Clinical Nutrition, 59(7), 826–834.
  • Raunikar, R.A., & Sabio, H. (1992). Anemia in the adolescent athlete. American Journal of Diseases of Children (1960), 146, 1201–1205.
  • Rees, J.M., & Christine, M.T. (1989). Nutritional influences on physical growth and behavior in adolescence. Thousand Oaks, CA: Sage.
  • Risco, D. (1986), Indicadores antropométricos en los estudios de prevalencia de desnutrición. Diagnóstico. Revista editada por la Fundación Hipólito Unanue, Lima, 1986, Vol. 18 No. 5 p 14 – 22.
  • Roos, E.; Lahelma, E.; Virtanen, M.; Prattala, R. y Pietinen, P. (1998). Gender, socioeconomic status and family status as determinants of food behaviour. Society of Sciences Medicals. 1998; 46(12):1519-1529.
  • Saltmarsh, M. (2001). Thirst: or, why do people drink? Nutrition Bulletin; 26: 53-58.
  • Samuelson, G., Bratteby, L-E., Enghardt, H., & Hedgren, M. (1996). Food habits and energy and nutrient intake in Swedish adolescents approaching the year 2000. Acta Paediatrica, 85(415), 1–19.
  • Serra, L.; Ribas, L.; García, R.; Pérez, C.; Peña, L. y Aranceta, J. (2002). Hábitos alimenticios y consumo de alimentos en la población infantil y juvenil española (1998-2000): variables socioeconómicas y geográficas. En: Serra L, Aranceta J, editores. Nutrición infantil y juvenil. Barcelona: Masson S.A.
  • Shirreffs, S.M., Watson, P., & Maughan, R.J. (2007). Milk as an effective post-exercise rehydration drink. The British Journal of Nutrition, 98(1), 173–180.
  • Story, M.; Lytle, L.; Birnbaum, A. y Perry, C. (2002). Peer-led, school-based nutrition education for young adolescents: Feasibility and process evaluation of the TEENS Study. Journal of Schoological Health 72: 121-127.
  • Tojo, R. y Leis, R. (2000). Nutrition among children and adolescents in Galicia. The Galinut study. En: Varela G, editor. Decalogue on diet in the 21st century. Fundación Española de Nutrición: 123-134.
  • Tremblay, M. y Willms, J. (2000). Secular trends in the BMI of Canadian children. CMAJ 163: 1429-1433.
  • Vatanparast, H., Baxter-Jones, A., Faulkner, R.A., Bailey, D.A., & Whiting, S.J. (2005). Positive effects of vegetable and fruit consumption and calcium intake on bone mineral accrual in boys during growth from childhood to adolescence: The University of Saskatchewan pediatric bone mineral accrual study. The American Journal of Clinical Nutrition, 82, 700–706.
  • Venables, M.C., Shaw, L., Jeukendrup, A.E., Roedig-Penman, A., Finke, M., Newcombe, R.G., et al. (2005). Erosive effect of a new sports drink on dental enamel during exercise. Medicine and Science in Sports and Exercise, 37(1), 39–44.
  • Whiting, S.J., Vatanparast, H., Baxter-Jones, A., Faulkner, R.A., Mirwald, R., & Bailey, D.A. (2004). Factors that affect bone mineral accrual in the adolescent growth spurt. The Journal of Nutrition, 134, 696S–700S.
  • Wilkinson, S.B., Tarnopolsky, M.A., MacDonald, M.J., MacDonald, J.R., Armstrong, D., & Philips, S.M. (2007). Consumption of fluid skim milk promotes greater muscle protein accretion after resistance exercise than does consumption of an isonitrogenous and isoenergetic soy-protein beverage. The American Journal of Clinical Nutrition, 85, 1031–1040.
  • Williams, C.L., Bollella, M., & Wynder, E.L. (1995). A new recommendation for dietary fiber in childhood. Pediatrics, 96, 985–988.
  • World Health Organization. (2005). Nutrition in adolescence—Issues and challenges for the health sector. Geneva: Author.

Responder

Otras colaboraciones