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7 may 2009

Alice milliat y la mujer en los juegos olímpicos

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La historia de la participación femenina dentro de los Juegos Olímpicos ha estado llena de vicisitudes. Muchos han sido los factores que influyeron en la inclusión femenina en estos eventos deportivos.

 
Autor(es): GONZALO RAMÍREZ MACÍAS. CARMEN RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ
Entidades(es): UNIVERSIDAD DE SEVILLA. DEPARTAMENTO EDUCACIÓN FÍSICA Y DEPORTE.
Congreso: V Congreso nacional de las ciencias del deporte y la educación física
Pontevedra: 7-9 de Mayo de 2009
ISBN: 978-84-613-1660-1
Palabras claves: Historia del deporte. Mujer. Juegos Olímpicos.

RESUMEN COMUNICACIÓN/PÓSTER

La historia de la participación femenina dentro de los Juegos Olímpicos ha estado llena de vicisitudes. Muchos han sido los factores que influyeron en la inclusión femenina en estos eventos deportivos. Sin embargo, es justo destacar que el personaje que con más ahínco luchó por el deporte femenino y su inclusión en el programa olímpico fue la francesa Alice Milliat. Esta mujer creo diferentes organizaciones que buscaban la promoción del deporte femenino y que organizaron varios certámenes deportivos exclusivos para mujeres. Tras no pocos desencuentros, consiguió que tanto el COI como la IAAF reconocieran la importancia de la mujer en el deporte y permitieran la participación de éstas en los Juegos Olímpicos. Esta comunicación tiene como finalidad dar a conocer la vida y obra de esta mujer, que con su arrojo y tesón impulsó sobremanera el deporte femenino.

INTRODUCCIÓN.

A finales del siglo XIX el deporte era una actividad tan cerrada para las mujeres como lo era la enseñanza superior o el acceso a profesiones cualificadas. El deporte se consideraba inapropiado para las féminas. Por ejemplo, se decía “que el hockey era un inhibidor de la lactancia” (Salvador, 2004, 389). Probablemente no existe un único punto de inflexión en la emancipación femenina dentro del deporte, muchos fueron los factores que influyeron y los logros que se consiguieron, los cuales tuvieron que ser constantemente defendidos, ya que siempre hubo hombres dispuestos a cuestionarlos e incluso prohibirlos. Esta situación ha sido especialmente sangrante en el ámbito de los Juegos Olímpicos que, desde su restauración en 1896, tuvieron en sus primeros dirigentes, con especial relevancia del Barón Pierre de Coubertain, a enemigos acérrimos de la participación olímpica femenina. Sin embargo los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) toparon con una mujer que, con su tesón y arrojo, logró que claudicaran y admitieran la participación femenina en los Juegos Olímpicos. Esta heroína se llamaba Alice Milliat y, aún a sabiendas de que no fue la única responsable de este gran logro, puesto que muchos fueron los factores que intervinieron, esta comunicación trata de acercarse a la vida y obra de esta mujer que, en una época especialmente difícil para las féminas en el campo deportivo, consiguió grandes hitos.

La mujer en los primeros Juegos Olímpicos.

La historia de los Juegos Olímpicos recoge que la primera participación femenina en este evento data de 1900 (Paris, Francia), y se limitó al golf y el tenis (estos deportes no formaban parte del programa oficial, teniendo un carácter de exhibición). Esta situación se mantuvo durante el periodo 1900-1924, participando únicamente en deportes como patinaje artístico, vela y tiro con arco, además de los citados con anterioridad. Ello a pesar de la oposición del impulsor del movimiento olímpico, el Barón Pierre de Coubertain que hasta su muerte se opuso a la participación femenina. Al respecto destacar varias frases lapidarias dicha por este gran personaje (recogidas en el Catálogo de la Exposición Mujer y Deporte, organizada por el Instituto de la Mujer. Madrid, 1990): “En cuanto a la participación femenina en los Juegos Olímpicos soy contrario a ella. Es contrario a mi voluntad que hayan sido admitidas en un número de pruebas cada vez mayor” (Ideario Olímpico, 1928); “Sigo pensando que el atletismo femenino debería ser excluido del programa Olímpico” (Cuarenta años de Olimpismo, 1934); “El auténtico héroe Olímpico es, a mi parecer, el adulto masculino individual” (Ideario Olímpico, 1935). Llama la atención la actitud del restaurador de los Juegos Olímpicos, máxime cuando en la Carta Olímpica, que emana de los ideales olímpicos que el propugnó, se dice (2007, 11): “Cualquier forma de discriminación contra un país o una persona basada en consideraciones de raza, religión, política, sexo o de otro tipo es incompatible con la pertenencia al Movimiento Olímpico”. Como dice Boulonne (citada por Contecha, 2000, 1) al referirse al pensamiento de Coubertain en relación al deporte femenino “esa fue la imagen dominante de la madre que recibió durante su educación escolar, y ésa fue también la imagen de la mujer que le presentó la ciencia francesa de la época”. Sin querer justificar la actitud de dicho personaje, recalcar que no fue el único defensor de la exclusión femenina del mundo olímpico; de hecho tras los Juegos Olímpicos de 1928 en Ámsterdam, los primeros en los que las mujeres fueron incluidas en el programa oficial de Atletismo, varios doctores de reconocido prestigio presentaron un informe que aseguraba que correr carreras de más de 200 metros provocaba envejecimiento prematuro irreversible en las féminas.

Alice Milliat.

Alice Milliat nació en Nantes en 1884. Para las mujeres de su tiempo ella estaba muy bien educada, ya que perteneció a una familia acomodada; de hecho dominaba varios idiomas, lo cual le permitió trabajar como traductora. Desde muy joven practicó varios deportes, especialmente el remo y valoraba especialmente la valía del deporte en relación al desarrollo de la personalidad, el arrojo y la seguridad en uno mismo (Contecha, 2000). Según Bonin (1977) tras enviudar prematuramente no volvió a casarse y dedicó todos sus esfuerzos al avance del deporte femenino. Esta autora defiende que el punto de partida fundamental, que motivó a Milliat en su lucha por el reconocimiento del deporte femenino, hay que buscarlo en la I Guerra Mundial. Durante este infausto periodo se desmoronaron muchos de los cánones sociales rancios y trasnochados que habían dominado occidente, abriéndose un nuevo periodo que hizo muy difícil la vuelta de las viejas tradiciones. Si las mujeres eran capaces de hacer el trabajo de los hombres en las fábricas, ya que éstos estaban combatiendo en el frente; cómo no iban a poder practicar deportes como ellos hacían en su tiempo libre. Milliat fue la principal promotora y fundadora, en el año 1915 del “ClubFemenino de París”, con la finalidad de promover el deporte entre las mujeres de la ciudad, lo que dio paso posteriormente, en 1917, a la fundación de la “Federaciónde Sociedades Femeninas de Francia (FFSF). Desde 1914 hasta 1918 los Juegos Olímpicos fueron interrumpidos debido a la Primera Guerra Mundial, pero ya entonces Milliat era conciente del gran escaparate deportivo que eran estos eventos y trató de negociar la inclusión de la mujer en los mismos. Sin embargo, obtuvo una respuesta contundente al llegar el año 1920, en los Juegos de Amberes se reunieron dos mil seiscientos deportistas que representaban a veintinueve países, todos ellos eran hombres; el COI excluyó expresamente la participación femenina. En 1921 en el Principado de Mónaco Milliat, en respuesta a la actitud del COI, organizó la I Olimpiada Femenina con la participación de cinco países: Francia, Noruega, Italia, Suiza y Gran Bretaña. Ese mismo año, el 31 de octubre, se creó la Federación Internacional Deportiva Femenina (FSFI), con el apoyo de Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, Checoslovaquia y Francia. Afortunadamente Milliat no estaba sola, al apoyo de los países anteriormente citados hay que sumar el hecho de que siempre tuvo un gran soporte por parte de muchas atletas. Entre ellas destacaron la japonesa Kinue Hitomi, una de las más entusiastas y la primera mujer de la oposición femenina contra las tradiciones nativas del país asiático, y la americana Mildred Didriksen, otra destacada atleta, gran luchadora y con una fuerte influencia mediática; esta influencia la utilizó en su ideal de encontrar la igualdad entre hombres y mujeres en todos los aspectos, tanto sociales como deportivos. La aparición de la FSFI se convirtió en una pesadilla para Coubertin, el COI y para la Federación Internacional de Atletismo Amateur (IAAF), opuestos a la inclusión femenina en el deporte y dotados de un inmovilismo propio de otra época y que, finalmente, tendrían que abandonar para admitir los nuevos ideales sociales que empezaban a imponerse en occidente. Milliatorganizó los “I Juegos Mundiales Femeninos”, en el estadio de Pershing de París el 20 de abril de 1922,  con un gran éxito que se repitió cuatro años más tarde en Göteborg, donde aún fue mayor el número de participantes. Estos juegos empezaron a ganar popularidad, convirtiéndose en un competidor, en cuanto a relevancia social, para los Juegos Olímpicos y la IAAF. Ello llevo a los dirigentes de estos organismos a firmar un acuerdo con la FSFI. El entonces Presidente de la IAAF, Edstrom, no tuvo más remedio que comenzar a dar forma a la posibilidad de dar entrada al atletismo femenino, por primera vez en la historia, en los Juegos Olímpicos de Amsterdam, de 1928, programando tan sólo cinco pruebas: 100 metros lisos, 800 metros lisos, relevos 4×100, salto de altura y lanzamiento de disco. Un hecho que llamó poderosamente la atención, fue la ausencia de Coubertín en la ceremonia inaugural de estos Juegos, parece ser que por enfermedad. La primera campeona olímpica fue la norteamericana Elizabeth Robinson, que ganó los 100 metros lisos con un tiempo de 12.2 segundos. Si comparamos su tiempo con el del ganador de los 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos deAtenas de 1896,Tom Burke con 12.0 segundos, se observa que el tiempo de la campeona olímpica no desmerecía del logrado por un atleta masculino, a la vez que dejaba patente, de lo que podían alcanzar las mujeres en pruebas atléticas. Sin embargo, la carrera de 800 metros lisos acabó con varias participantes extenuadas, incluso algunas abandonaron. Ello fue la excusa perfecta para Coubertain y sus colaboradores que, como se comentó con anterioridad, presentaron un informe avalado por varios médicos en el que se consideraba inhumano que las mujeres participaran en una distancia superior a los 200 metros, esgrimiendo su falta de preparación y su fragilidad para una disciplina tan exigente. Fue tan grande el revuelo que provocaron estas manifestaciones, bien secundadas por los medios de comunicación de la época, que el Presidente del COI, el conde Baillet-Lafour, pidió la eliminación de esta prueba, lo cual tuvo su efecto, dado que tuvieron que pasar 32 años para que esta disciplina volviera al programa olímpico en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960. Milliat, no contenta con el papel que le asignaron al deporte femenino no sólo en los Juegos Olímpicos de 1928, sino también en los de 1932, decide organizar en 1930 los “III Juegos MundialesFemeninos” en Praga con la participación de dieciséis países, repitiendo cuatro años más tarde con los IV Juegos Mundiales Femeninos” en Londres. Finalmente tanto el COI como la IAAF tuvieron que claudicar y abrir definitivamente las puertas de los Juegos a las mujeres que, afortunadamente, con el paso del tiempo fueron ganando su personalidad propia. La FSFI se disolvió en 1938, una vez que el atletismo femenino irrumpió en el programa de la IAAF y del COI. Alice Milliat falleció en París en 1957 y sus restos descansan en el cementerio de Nantes. Se dice que cada atleta olímpica actual es un homenaje a su memoria.

CONCLUSIONES

Una frase muy común en historia es que ésta es escrita por los vencedores, lo cual ha desembocado, irremisiblemente, en la pérdida de culturas, sociedades e incluso personajes que, a pesar de su inestimable valía e influencia en muchos de los órdenes de nuestro tiempo, han sido olvidados porque no estaban en el bando ganador. Este es el caso de Alice Milliat, mujer de gran importancia y relevancia para el devenir del deporte femenino actual y que, sin embargo, es escasamente conocida. La exclusión de las mujeres de la práctica deportiva tuvo su soporte ideológico en tres mitos: la actividad deportivo-atlética masculiniza a las mujeres; la práctica deportiva es peligrosa para la salud de las mujeres; las mujeres no están interesadas en el deporte: cuando lo hacen no lo ejecutan bien (Eitzen y Sage, 1997). Junto a estos mitos, se aplicó también la prohibición explícita de que las mujeres participaran en eventos como los Juegos Olímpicos. A esta tradición ideológica, propia de la ideología socio-cultural del primer tercio del siglo XX, se opuso Milliat con arrojo y valentía; tratando de abrir paso a la mujer en el mundo del deporte, exclusivamente pensado para los hombres. A esta idea fue a la que consagró su vida, de hecho a pesar de su pronta viudedad no volvió casarse, ni tuvo descendencia alguna. Por todo ello, en un momento en el que la paridad entre sexos se busca en todos los ámbitos de la vida y, concretamente, en el campo deportivo se invierte continuamente en políticas de igualdad que fomenten la práctica deportiva de las féminas, es de justicia reconocer el valor histórico de esta mujer y de los hitos que alcanzó, a pesar de las limitaciones sociales de su tiempo. Para concluir citar algunos datos que hablan del gran avance que produjo Milliat en relación a la participación femenina en los Juegos Olímpicos. En los primeros Juegos de la Era Moderna no participó ninguna mujer, en 1900 sólo cuatro, más adelante en 1920 se excluyó nuevamente la participación femenina. Sin embargo en 1936, tras el periodo en el que Milliat influyó de una forma más notable en la evolución del deporte femenino, fueron 328 mujeres de un total de 4069 participantes. En los Juegos Olímpicos de Londres en 1948 de un total de 4468 participantes que representaron a 59 países, 436 eran mujeres. A partir de entonces, y casi sin excepción, el número de participantes femeninas ha ido creciendo paulatinamente en cada uno de los Juegos Olímpicos celebrados hasta la actualidad, sirvan como ejemplos los datos citados a continuación respecto a los Juegos Olímpicos celebrados en los últimos 12 años:

  • Atlanta 1996: 3779 deportistas representado un 34% del total de participantes.
  • Sydney 2000: 4069 deportistas representado un 38% del total de participantes.
  • Atenas 2004: 4306 deportistas representado un 40% del total de participantes.
  • Beijing 2008: 4746 deportistas representado un 42% del total de participantes.

BIBLIOGRAFÍA

  • BONIN, T. (1977). The Pioneering Role of Madame Alice Milliat and the FSFI. Journal of Sport History, vol 4, 1, 72-83.
  • COMITÉ OLÍMPICO INTERNACIONAL (2007). Carta Olímpica. Laussane: COI.
  • CONTECHA, L.F. (2000). Mujer y Olimpismo. Lecturas Educación Física y Deportes. Revista Digital, año 5, nº 24.
  • EITZEN, D. S., SAGE. G. (1997). Sociology of North American Sport. Dubuque I.A.: Brown.
  • Hernández, M. (2003). Antropología del deporte en España: desde sus primeros testimonios gráficos hasta la Edad Moderna. Madrid: Esteban Sanz Martínez S.L.
  • INSTITUTO DE LA MUJER. (1990). Catálogo de la Exposición Mujer y Deporte. Madrid: Instituto de la Mujer.
  • Rodríguez, J. (2000). Historia del deporte. Barcelona: INDE.
  • SALVADOR, J.L. (2004). El deporte en occidente. Madrid: Cátedra.

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