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20 feb 2012

El deporte como medio de inserción social: orientaciones para iniciativas con jóvenes de barrios desfavorecidos

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El deporte ocupa un lugar destacado en las sociedades modernas como fenómeno social. Desde mediados del siglo XX ha experimentado una evolución notable acompañada de importantes transformaciones.

Autor(es): Kety Balibrea Melero; Antonio Santos Ortega
Entidades(es): Universidad Politécnica Valencia
Congreso: II Congreso del Deporte en Edad Escolar
Valencia 26 – 28 de Octubre de 2011
ISBN: 978-84-939424-0-3

El deporte como medio de inserción social: orientaciones para iniciativas con jóvenes de barrios desfavorecidos

Introducción

El deporte ocupa un lugar destacado en las sociedades modernas como fenómeno social. Desde mediados del siglo XX ha experimentado una evolución notable acompañada de importantes transformaciones. En nuestras actuales sociedades postindustriales, la popularización creciente del deporte y su contribución al desarrollo económico en todos los ámbitos en que se manifiesta resulta destacable. Su divulgación lo ha convertido en práctica cotidiana o espectáculo predilecto de millones de personas en todo el mundo.

En concreto, en España, desde la década de los ochenta el deporte ha experimentado una evolución considerable como muestra la completa información que proporcionan las encuestas quinquenales sobre los hábitos deportivos de la población española realizadas por García Ferrando entre 1980 y 2005 (García Ferrando, 2001 y 2006). Según estas investigaciones, el interés por el deporte ha ido creciendo desde la década de los ochenta con un 50% de la población interesada en el deporte, hasta el 2005 con un 65% de interesados. La práctica deportiva también ha aumentado. Los datos revelan una evolución desde el 25% de población practicante en los ochenta hasta el 40% en el último estudio a mediados de la primera década del siglo XXI.

Sin embargo, este crecimiento no debe limitar las acciones de promoción de la práctica deportiva. Más bien, al contrario, pese a estos avances todavía queda mucho por hacer. Según la clasificación europea COMPASS, a principios del actual siglo la distribución de la práctica deportiva situaba a España entre los países europeos con niveles más bajos de práctica deportiva (COMPASS, 2000). En concreto, y en relación con lo que resulta de especial interés para la presente tesis, las encuestas de hábitos deportivos de la población española señalan que los menores niveles de práctica deportiva se sitúan entre los segmentos sociales con menor nivel socioeconómico. Los datos de dichas encuestas también subrayan una ligera suspensión de la evolución de la práctica de los jóvenes entre 15 y 24 años (García Ferrando, 2006).

En efecto, respecto al nivel socioeconómico, según García Ferrando la práctica deportiva se incrementa cuando las condiciones sociales son más favorables e, incluso, subraya que esta variable determina los hábitos deportivos más que la propia edad. Desde la década de los ochenta los estudios sobre los hábitos deportivos de la población española han confirmado la condición socioeconómica como factor determinante de la práctica deportiva. El autor ya subrayó como campo de investigación de gran interés la relación existente entre estatus social y estilo de vida, y su influencia en la conducta deportiva. Para el autor se hacía necesario indagar sobre la relación entre estas variables como determinantes en la práctica deportiva (García Ferrando, 1982).

Hoy se confirma que hace deporte el que puede, no el que quiere, como muestran las diferencias entre los porcentajes de población interesada en el deporte (65%) y los que realmente lo practican (40%). De hecho la falta de práctica deportiva se concentra entre la población de posición social baja, mientras que la práctica deportiva regular es patrimonio casi exclusivo de los que tienen posición social media y alta. En el análisis realizado por García Ferrando en el 2005, según edad, sexo, nivel de estudio y condición socioeconómica, los resultados indican que los grupos con condiciones más modestas –un 54% de la población- son también aquellos que presentan un nivel de práctica deportiva inferior a la media española. En particular, el nivel de práctica de la población con estudios superiores es el 54%, en tanto que sólo alcanza el 11% entre la población sin estudios formales. Igualmente ocurre cuando comparamos a la población con una posición social alta, el 51% de práctica deportiva, con la que se encuentra en las posiciones bajas de la pirámide social, el 27% (García Ferrando, 2006).

A esta fuerte influencia del carácter socioeconómico sobre la práctica física cabe añadir el preocupante estancamiento de la actividad física en los jóvenes entre 15 y 24 años, señalado también –como apuntábamos en los párrafos anteriores- en la última encuesta sobre los hábitos deportivos de la población española (García Ferrando, 2006). Así, la práctica deportiva de los jóvenes de 15 a 24 años se encuentra estabilizada desde la década de los noventa en torno al 58%. Si bien este porcentaje de practicantes es notable, hay que subrayar una ralentización en los hábitos deportivos de la población joven ya que apenas ha variado desde la década de 1990. Además, esto se acompaña de un descenso en la frecuencia de práctica de dicho colectivo: en el 2000 un 67% practicaba tres o más veces a la semana mientras que este porcentaje se ha reducido al 55% en el 2005.

Por tanto, las acciones de promoción del deporte deben afinar en su objetivo. Los comentarios anteriores evidencian cuáles son los segmentos de población más rezagados que quedan excluidos de la popularización de las prácticas deportivas. Se trata de la verificación de graves carencias en la práctica física por parte de los jóvenes socialmente desfavorecidos. Las encuestas periódicas sobre hábitos deportivos de la población española realizadas por el profesor García Ferrando muestran este déficit ligado al origen social. Esta realidad reclama una intervención que pueda apoyarse en el deporte como medio para mejorar las condiciones de vida de estos jóvenes. Se hace necesario dirigir nuestra mirada hacia estas poblaciones más desfavorecidas, también en el ámbito del deporte. Se trata de extender las oportunidades de acceso al deporte de todos los colectivos hasta convertirlo en impulsor de la lucha contra la exclusión y las desigualdades.

Con este fin, los gobiernos deben intensificar su labor de protección de los derechos de los ciudadanos para que no sean vulnerados gracias a la relativa autonomía de que goza la organización del deporte. Será necesario un desarrollo equilibrado del deporte que estimule la participación local y el empuje de todas las fuerzas creativas que convergen en el sistema abierto del deporte para proteger y potenciar las funciones sociales del deporte (García Ferrando, Lagardera Otero, 2002). En esta intervención han de tener un protagonismo los poderes públicos y dinamizar a otros actores. Estar por un deporte para todos, por la popularización del deporte, implicará centrar la atención en estos colectivos para acercar las funciones sociales del deporte a las zonas más vulnerables.

Como hemos examinado de manera pormenorizada en la tesis que sustenta este texto, los teóricos sociales que han dedicado sus reflexiones al deporte han subrayado dichas funciones sociales. Además de los autores que han profundizado en esta temática, también las instituciones que marcan la actual política deportiva en Europa han subrayado recientemente los atributos socialmente positivos de la actividad física. Así, en diversos documentos producidos por la Unión Europea, se analizan las funciones del deporte subrayando su dimensión educativa, lúdica, cultural y social, al mismo tiempo que indican el peligro que supone el excesivo desarrollo de la dimensión económica para la dimensión social del deporte. Esta preocupación, unida al destacado papel del deporte en la sociedad actual, ha acentuado las actividades de reflexión en diversas Comisiones y Foros de la Unión.

El Manifiesto Europeo sobre los jóvenes y el deporte (Comisión Europea, 1995) comenzó difundiendo la idea de que el deporte debe promover en especial el desarrollo mental, físico y social, la comprensión de los valores morales, del espíritu deportivo, de la disciplina y de las reglas, el respeto a sí mismo y al otro, el aprendizaje de la tolerancia y de la responsabilidad, la adquisición de la dignidad y del amor propio, y, el desarrollo de un modo de vida sano. Posteriormente, la Resolución del Parlamento Europeo de 1997 subrayó que para el desarrollo de estas funciones se deberá tener en cuenta el deporte en el conjunto de sus acciones, en especial en los ámbitos regional, de la educación, de la formación, de la salud y de los problemas sociales de la juventud.

En 1998, el documento Evolución y perspectivas de la acción comunitaria en el deporte (Comisión Europea, 1998) desarrolló los preceptos marcados en las declaraciones anteriores distinguiendo cinco funciones específicas que las políticas europeas debían potenciar: una función educativa, una función de salud pública, una función cultural, una función lúdica y una función social. Respecto a esta última, apuntaba que el deporte constituye un instrumento adecuado para promover una sociedad más inclusiva, para luchar contra la intolerancia y el racismo, la violencia, el abuso del alcohol o el uso de estupefacientes; el deporte puede contribuir a la integración de las personas excluidas del mercado laboral.

Preocupados por el excesivo desarrollo de la vertiente económica del deporte, el Informe de Helsinki (Comisión Europea, 1999), uno de los textos-marco en el que se asienta la actual política deportiva de la Comisión, tenía como objetivo indicar las vías que harían posible conciliar la dimensión económica del deporte con su dimensión popular, educativa, social y cultural. Entre sus conclusiones, se indica la importancia de aprovechar mejor el potencial educativo del deporte en los programas comunitarios existentes con el fin de afrontar con éxito las intervenciones en la lucha contra la exclusión, las desigualdades, el racismo y la xenofobia. Un año después, en el IX Foro Europeo del Deporte celebrado en Lille se ratificaron las funciones de la Comisión, antes citadas, y se recomendó potenciar a través de programas específicos esta utilidad social del deporte.

Posteriormente, la declaración por parte de la Unión europea del año 2004 como año de la educación por el deporte y la realización en 2007 del Libro Blanco sobre el deporte, en el que se invita a todos los países europeos a “desarrollar acciones que promuevan la inclusión social a través del deporte han sido momentos clave. Este deseo de convergencia hacia un deporte social puede servir de revulsivo para iniciativas, aunque habrá que ser precavidos para no caer en una sobrevalorización del deporte y colocarlo en su justo lugar. La idea de una “ciudadanía deportiva” es interesante y deseable, pero ha de ir acompañada por intervenciones en otros terrenos –de ciudadanía económica y social- para que tenga sentido. El deporte por sí solo tiene un alcance limitado para el cambio social.

Como vemos, la idea de las virtudes del deporte para tratar problemas sociales se ha extendido mucho en estos últimos años. Se ha repetido en la televisión por boca de políticos y deportistas. Sin embargo, esta extensión no ha ido acompañada por el surgimiento de un número demasiado relevante de experiencias e intervenciones. No se ha visto a educadores sociales o deportivos difundir experiencias concretas. Estas han sido pocas, sin continuidad y con medios materiales y humanos muy escasos. Esta rápida descripción debe llevarnos a plantearnos y contestar la contradictoria pregunta de por qué siendo tales las ventajas del deporte en el campo de los social, se usa tan poco.

Para responder a esta pregunta, hay que referirse a las dificultades de gestión que se dan en este campo. Para tener éxito, un programa de deporte e integración social reclama un esfuerzo importante de planificación. Los públicos a los que se dirige, los objetivos, la implicación de diferentes profesionales en su ejecución, y otros aspectos que se tratarán a continuación, confieren a estos programas una complejidad considerable. Para llevarlos a cabo se requiere, además de los medios citados anteriormente, una gran confianza en la idea y un apoyo político decidido.

Todos estos aspectos explican la escasez de iniciativas prácticas en el terreno que estamos analizando. Aunque se ha avanzado relativamente en los aspectos teóricos y en los diagnósticos que garantizan un valor a la aplicación del deporte al campo de los problemas sociales, sus expresiones prácticas se han desarrollado poco. Esto hace que las experiencias de gestión sean muy limitadas y no se transmitan las buenas pautas para poner en marcha proyectos de este tipo. Las pistas para la gestión que se proponen a continuación pretenden contribuir a consolidar este conocimiento necesario.      

Partiendo de la base de que cada caso requiere un análisis pormenorizado y un proyecto propio, que incluya un diagnóstico del problema y de los medios con que se cuenta; una definición de objetivos; la constitución de redes de socios y colaboradores y los sistemas de evaluación, se recogen en los siguientes párrafos una serie de pautas y de observaciones extraídas de las experiencias llevadas a cabo en Europa –fundamentalmente en Francia y sobre todo en el terreno del deporte aplicado en los barrios desfavorecidos con jóvenes- y, en menor medida, de las pocas intervenciones conocidas en España. 

El diagnóstico y los objetivos

Comenzaremos señalando algunos aspectos relativos al necesario diagnóstico sobre el colectivo o problema al que se dirigen el programa de deporte- integración. Un buen diagnóstico de la situación y del grupo objeto de atención debe huir de las generalizaciones con poca base, que en este texto se han criticado, sobre las bondades naturales del deporte. Dado que estamos abordando un problema social práctico, un problema concreto, no nos podemos fiar de las promesas abstractas sin base concreta. Es por ello que las experiencias conocidas de mayor éxito han ido siempre acompañadas de un diagnóstico previo, que ha evaluado el colectivo objeto de atención, el hábitat, el juego de los actores y los contextos institucionales. Un diagnóstico que tiene que ser operativo y huir de la mirada tecnocrática a través de la cual lo que ha sido hecho en la región vecina se puede hacer también en la nuestra. Un diagnóstico, por tanto, concreto. En buena parte de los ayuntamientos y de otros niveles administrativos existen estudios y análisis que pueden utilizarse, datos demográficos para valorar los contornos de nuestro proyecto o informes de los servicios sociales. Aparte de estos instrumentos, será seguramente necesario emprender una pequeña investigación que produzca los datos empíricos de los que carezcamos –qué prácticas deportivas se realizan, dónde, a qué horarios, qué edades, etc.-  y que sirvan como plataforma a la planificación posterior.   

El diagnóstico ayudará a determinar y fijar los objetivos del programa, tantas veces poco definidos. Los objetivos no pueden ser una mera descripción de la acción que se trata de llevar a cabo. Tienen que ser una enumeración de logros finales y encaminar al proyecto en este sentido, por ello se habla de proyecto. Además de concretar sus objetivos, se hace necesario dotarle de sentido. Es importante recordar que en el diseño de un programa de educación-inserción por el deporte, éste puede ser un medio para alcanzar un fin, no un fin en sí mismo. Podemos usar el deporte para intervenir en los procesos de marginación, para gestionar tensiones y conflictos sociales, exclusión, violencia, etc. (Coalter, 2000).  Por ello, hay que explicar los resultados esperados a este respecto y, después, poner los medios para su culminación. Así, el sentido puede ser impulsar más la dimensión lúdica del deporte, el disfrute en su realización, para establecer relación y anclar a los participantes a la participación; o para procurar contactos sociales entre ellos, o para introducir las ideas de responsabilidad y esfuerzo, o para mejorar las relaciones interétnicas o para otras muchas finalidades, algunas de las cuales se han tratado ya en este mismo artículo en el apartado anterior. Se trataría, en definitiva, de realzar el valor añadido educativo-social del proyecto.

En relación con el tipo de práctica deportiva, conviene señalar que su selección no ha de ser arbitraria y, aunque al final vendrá probablemente determinada por los medios, es necesario conocer las potencialidades de cada una de ellas de cara a la consecución de nuestros objetivos. Así, el montañismo puede aportar, por ejemplo, la idea de cordada, que resulta ser, realmente, una parábola de la vida y de la interdependencia que nos une a los demás. En una cordada se da una situación de mutua dependencia y esto puede resultar muy apropiado para trabajar la confianza, la responsabilidad, la humildad con los jóvenes o con el colectivo objeto del programa. El rugby y la noción de melé, el karate o la lucha, con su eufemización de la violencia a través de las normas de combate, son otros ejemplos que muestran bien cómo cada práctica deportiva puede desarrollar mejor determinadas aptitudes. El predominio del fútbol no es una buena noticia ya que muchas veces su omnipresencia aparta a otros deportes que aportan estrategias educativas muy ricas.     

El tipo de público al que se destina la intervención

Continuamos con algunas observaciones respecto a los tipos de colectivo a los que nos dirigimos y su correspondiente reflejo en el proyecto. Acabamos de ver que las prácticas deportivas son variadas y cada una presenta una especificidad. Algo similar ocurre con los tipos de colectivos sobre los que puede centrarse nuestro programa. Cada una de las siguientes variables ha de ser tomada en cuenta para evitar la indefinición, defecto muy frecuente en las intervenciones educativas con el deporte, en las que se programa una oferta muy general e imprecisa. Para evitar dicha imprecisión, conviene pensar en las subdivisiones por grupo de edad. Los grupos más jóvenes pueden ser propicios para trabajar más preventivamente y con objetivos más generalistas, los jóvenes con de edades más avanzadas –postescolares- pueden presentar problemas más concretos o estrategias más rehabilitadoras debido a una biografía más prolongada y a la consiguiente acumulación de contactos con instituciones policiales, judiciales, sociales.

En algunos países, se ha abierto una interesante discusión acerca de cuáles han de ser las prioridades al respecto de la edad: trabajar sobre todo con los grupos más jóvenes, donde se puede actuar precozmente sobre los problemas, o trabajar con los grupos más mayores, que presentan trayectorias más problemáticas que ya han podido culminar en delitos u otras secuelas. Es evidente que, si hay medios suficientes, las dos intervenciones son necesarias. Sin embargo, algunos especialistas han observado que se produce una tendencia a actuar sobre los más jóvenes debido a la complejidad de las intervenciones con los más mayores. Este tipo de renuncias han de ser superadas para no producir el abandono de los grupos con más dificultades, a los que se debería dedicar un enfoque de discriminación positiva para impedir su aislamiento.

Además de la edad, el sexo es otra de las variables a tener en cuenta al emprender proyectos. Si hablamos de intervenciones en los barrios desfavorecidos dirigidas a los jóvenes, hay que señalar que se produce una fuerte masculinización en la que los jóvenes captan toda la atención y recursos. La aspiración es poder programar también actividades para las jóvenes ya que la integración sirve de poco si no va acompañada de la igualdad de oportunidades y de la lucha contra la discriminación. Por tanto, es preciso ampliar los públicos a los que dirigir estas medidas e ir más allá de los jóvenes problemáticos. Para ello, es necesario pensar en atraer con otro tipo de actividades a las jóvenes y tratar de romper con su abandono deportivo al llegar a la adolescencia y difundir modelos en los cuales la práctica deportiva no sea una cuestión masculina. Esta ruptura no es sencilla ya que implica intervenir en las relaciones de género de los territorios concretos en los que actuemos, ello reclamará un gran acopio de ideas para avanzar en este terreno.

Otro elemento que hay que considerar es que el mejor funcionamiento de las experiencias es directamente proporcional a la participación de los grupos a quienes se dirige la intervención. Esto significa: escuchar sus intereses, respetar sus preferencias e incluirlos en todas las fases de la actividad desde la planificación a la ejecución y la evaluación. Encargarles tareas como el mantenimiento del equipamiento y las instalaciones o recibir a los nuevos participantes es también un componente educativo.

Los tipos de intervención

Otra de las cuestiones centrales en la planificación es definir el tipo de intervención y el grado de dificultad en las condiciones de la población sobre la que se actúa. Aunque la cuestión es compleja y se corre el riesgo de esquematizar, cabría distinguir tres niveles de intervención en campo de la marginación y la exclusión social (Charrier y Jourdan, 2005). Estos niveles están vinculados con el grado de deterioro de las condiciones vitales de los grupos a los que nos dirigimos.

El primer nivel se refiere a un deterioro leve, se produce mayoritariamente en edades adolescentes, con pequeñas disfunciones escolares, familiares o en el vecindario, que pueden ser afrontadas en el marco de la animación escolar o social del barrio. El tipo de intervenciones predominantes y más apropiadas puede consistir en medidas de animación general, abiertas a poblaciones jóvenes amplias, que pueden contribuir a detectar, prevenir y resolver problemas o riesgos. El enfoque preventivo caracteriza a este nivel de actuación.

El segundo nivel se encamina a actuar sobre deterioros graves de las oportunidades de vida de los jóvenes. En este caso, se afrontan problemas graves de toxicomanías, violencia, delincuencia que afectan a jóvenes de edades más avanzadas y que ya han estado en contacto con instituciones específicas para el tratamiento de estas situaciones conflictivas (medidas judiciales, servicios sociales especializados, prisión). Las actuaciones se tornarán más específicas y dirigidas a grupos particulares de problemas. Estos proyectos requerirán un equipo de profesionales más completo y con formación específica, que, además de los educadores y monitores, integre personal médico, trabajadores sociales y otros asesores. El enfoque rehabilitador caracteriza a este nivel de actuación.

El tercer nivel se dirige a afrontar situaciones de gravedad extrema en las que la marginalización ha avanzado acumulando deterioros en diferentes terrenos y llevando a la persona a graves riesgos vitales, como en los casos de transeúntes, alcoholismo u otras adicciones en nivel avanzado. En este caso, la edad y la condición física y la progresión del problema reclaman la intervención de equipos compuestos por personal de las áreas de salud y social, además de asesores procedentes de asociaciones especializadas en toxicomanías, prostitución, violencia, etc. El enfoque paliativo de riesgos caracteriza a este nivel de actuación.

La dificultad en el uso del deporte en cada uno de estos tres niveles crece exponencialmente. En el primero, cabe mantener expectativas más optimistas en cuanto a la consecución de objetivos, pero conforme se agudizan los problemas, el deporte puede ver más limitadas sus capacidades de intervención si no se adoptan otras medidas socioeconómicas de mayor calado. Es necesario moderar las aspiraciones con estos grupos. Algunas experiencias de uso del deporte en hogares para transeúntes en Francia han mostrado claramente las dificultades: capacidades físicas muy limitadas, asistencia bajo el efecto del alcohol, incluso la asistencia con los perros que acompañan a estos transeúntes dan una idea de lo necesariamente modestas que ha de ser las aspiraciones. Conseguir aminorar, siquiera levemente, los riesgos ocasionados por las malas condiciones de vida que sufren estas personas es ya un avance.

Los tipos de profesionales.

Como se ha visto en el apartado anterior, el trabajo en equipo es una constante en los programas de deporte integración. En la actualidad en España, no existe un perfil formativo, ni una figura profesional que pudiera gestionar por sí solo un programa de este tipo. Los cursos de especialización en este terreno son escasos. Por otra parte, los orígenes formativos e institucionales del personal que suele encargarse de estas intervenciones es variado: trabajadores sociales, educadores de calle, animadores, monitores deportivos y otros profesionales del deporte. Para estos últimos, el deporte tiende a ser un fin en sí mismo, para los primeros, en cambio, es una herramienta más de intervención. Es preciso que toda esta pluralidad sirva para dar consistencia y no fragmentación en el seno de los programas –por otra parte muy necesitados de pluralidad y polivalencia-.

Los profesionales se integran en instituciones, por ello cabe precisar que las coaliciones, colaboraciones y patrocinios son fundamentales para el éxito de la medida y para la difusión de la idea. Esta colaboración tiene que producirse entre las diferentes instituciones públicas y niveles territoriales potencialmente implicados en la intervención –escuela, equipos sociales, centros culturales, asociaciones, etc.-. Es indiscutible que esta complicación es esencial y así lo atestiguan las experiencias más exitosas en Europa. Por tanto, hay que evitar que los resultados mediocres de un programa de deporte integración provengan de una falta de dedicación a construir la red de colaboraciones.

En este sentido, el papel de las empresas es muy importante. Su intervención hasta ahora en nuestro país ha sido muy limitada. Algunas pequeñas empresas locales muy vinculadas al territorio han colaborado apadrinando pequeñas iniciativas puntuales. Por parte de las grandes empresas, su patrocinio está condicionado a la consecución de algún objetivo concreto: reducir la fiscalidad por apoyar iniciativas sociales, mejorar la imagen de “empresa ciudadana” o abrir mercados en segmentos juveniles de consumo. Por otra parte, las grandes firmas solo se implican en eventos concretos, de alto impacto mediático. No es muy frecuente su colaboraciones con las administraciones públicas en programas deportivos de contenido integrador y caracterizados por la continuidad en el tiempo. Por ahora, el patrocinio de las empresas tiene unos efectos muy limitados debido a su discrecionalidad y su irregularidad.

Pero al margen del apoyo económico, las empresas en España aún no han incorporado en su funcionamiento cláusulas que avancen en su dimensión socio-deportiva, de forma que el deporte pase a jugar un papel importante para la propia plantilla y para colectivos exteriores sobre los que dirigir su función social. En estos últimos años se ha hablado a menudo de la empresa ciudadana y muchos directivos se han hecho eco de este debate en el que se preconiza una empresa que anteponga el negocio bueno al buen negocio. Se ha avanzado, también en la responsabilidad social corporativa, en los códigos éticos y en la empresa y la sostenibilidad ecológica.  No es este el lugar para discutir si todas estas nuevas preocupaciones de la empresa están guiadas por un marketing para adaptar su imagen a los nuevos tiempos o son realmente un avance hacia una gestión más involucrada socialmente. Si la empresa se preocupa por la formación de su plantilla y se precia de avanzar hacia la conciliación de la vida familiar y laboral o de velar por los derechos a un trabajo digno de los trabajadores del tercer mundo, por qué no introducir, con decisión, el derecho a la actividad física y a la práctica deportiva entre sus trabajadores y, en su labor social, participar e implicarse en las iniciativas de la administración pública dirigidas a combatir la exclusión a través del deporte.

En esta misma línea, la escasez de la práctica deportiva femenina está ligada, sobre todo, a la desigualdad en el uso del tiempo entre varones y mujeres y a un desequilibrio en la dedicación de las actividades realizadas en el tiempo de ocio. Las mujeres realizan menos deporte que los varones porque éstos pueden destinar su tiempo de ocio a una gama de actividades entre las que se encuentra el deporte. Sin embargo, el tiempo libre de las mujeres acaba dedicándose, generalmente, a las actividades domésticas. Los programas públicos que buscan incrementar la práctica deportiva femenina tienen un efecto limitado porque no inciden en esta ley de hierro de la desigualdad en la distribución de los tiempos sociales. Si se está intentando avanzar en una distribución más igualitaria del tiempo para las mujeres a través de la conciliación de la vida familiar y la vida laboral, por qué no una conciliación, siquiera más modesta, entre la vida deportiva y la vida laboral. Una mínima implicación de la empresa en este terreno conseguiría resultados muy apreciables en la actividad física de las mujeres, obteniendo la recompensa de una mejora en la salud biológica, psicológica y social que el deporte conlleva. Aunque escasas por ahora, las empresas mas avanzadas ya han incorporado buenas prácticas en esta línea. Si la empresa ciudadana es algo más que un eslogan, su implicación en otras áreas de la ciudadanía, como el deporte y la integración, habrá de concretarse en breve.  

Para cerrar este apartado, concluiremos con una anotación sobre la evaluación de los proyectos de deporte inserción. A este respecto puede decirse que los especialistas echan de menos mayoritariamente el momento de la evaluación de estos proyectos. Gracias a la evaluación podría concretarse la realidad de los efectos del deporte en las intervenciones existentes en este campo. Sin la evaluación corremos el riesgo de emprender estas experiencias sin conocer a fondo dichos efectos y basarnos en juicios intuitivos o creencias poco probadas de los beneficios del deporte sobre los públicos con los que se actúa. Sin tener argumentos sólidos a este respecto no puede articularse una reflexión colectiva, objetiva y comunicable sobre el alcance del deporte en el terreno que estamos analizando.   

Las evaluaciones realizadas hasta el momento en las experiencias francesas concluyen que el deporte genera resultados positivos al menos en cuatro grandes ámbitos (Charrier y Jourdan, 2005). En un primer ámbito de efectos más individuales, el deporte favorece la vivencia de refuerzo de la identidad personal, la capacidad de proyección y el esfuerzo. Ayuda a los jóvenes a salir del círculo vicioso del presente que les lleva a reiterar rutinas de riesgo. Debilita la pasividad y la violencia reactiva en la que los jóvenes pasan al acto sin pensar. Revaloriza la imagen de uno mismo al revalorizar la imagen entre pares, familia y otros adultos próximos, por ejemplo, del ámbito educativo. Mejora la salud entendida como bienestar físico y mental (higiene corporal, alimentación, sueño). Permite adquirir nuevas capacidades de relación social como son el control de sí mismo, la gestión del rechazo, del fracaso, la capacidad de cooperación, autonomía, iniciativa, la asimilación de reglas y cualidades organizacionales.

En un segundo ámbito, permite, a su vez, fortalecer los vínculos sociales. Servir como lugar de encuentro y creación de redes. En tercer lugar, mejora el clima social en diferentes dimensiones conflictivas. Sin embargo conviene ser cautelosos ya que dicho clima no se mejora únicamente por introducir elementos de práctica deportiva, es algo más complejo, aunque no puede negarse que existe una estrecha correlación. Por último, el deporte sirve a algunos jóvenes que lo practican en los contextos urbanos desfavorecidos para mejorar su inserción profesional y emprender una carrera como monitor deportivo o animador.

Sería interesante concluir, después del recorrido realizado en este texto, situando al deporte en el lugar desde el cual puede intervenir sobre la realidad social. La gente vive mal y esto se produce a causa de las profundas desigualdades que se producen en nuestras sociedades. Esto no puede resolverlo, de forma aislada, ninguna política deportiva si no va acompañada por medidas sociales de más calado. Sin embargo, ello no debe llevarnos a prescindir del deporte como herramienta de política social, sino a aprovechar las ventajas de su uso planificado y bien gestionado.

Conviene seguir investigando en estas líneas del deporte para mejorar las condiciones de vida de los jóvenes de barrios precarios y, en el ámbito más de la práctica, seguir promoviendo experiencias que utilicen el deporte como goce, disfrute y forma de expresión de los jóvenes potenciando los aspectos más recreativos y el gusto por realizarlos para que pueda formar parte de sus vidas. Como hemos visto, los resultados nos aportan matices de mucho interés y de optimismo respecto al papel del deporte realizado en determinadas condiciones. Los elementos vistos en esta tesis pretenden dar claves para el diseño y aplicación de un programa que pretenda potenciar la inserción social a través de la actividad física. Se tratará de que la mejora en la planificación de programas en el ámbito de la actividad física se proyecte sobre la población de estos barrios, en particular sobre los jóvenes, para quienes el deporte puede constituir una forma de mejorar sus condiciones de vida, ampliar sus oportunidades sociales y ser un espacio para la igualdad.

Son muchas las preguntas que quedan abiertas y las líneas de investigación que pueden desarrollarse en un futuro en este campo del deporte-inserción. En primer lugar, se hace necesario seguir indagando en la capacidad integradora del deporte y en las formas de conseguirla. En todo caso, es preciso investigar sobre las intervenciones existentes. Solo a través de esta investigación será posible saber el grado en que se da el binomio deporte-integración. En segundo lugar, es preciso desarrollar nuevas figuras educativas y profesionales que actúen en el campo del deporte-inserción, para ello hay que conocer bien el terreno y las necesidades. Buena parte del avance de este campo está condicionado a este hecho.  En tercer lugar, es necesario atender a los diferentes colectivos y formas de desigualdad sobre los que actuar. Aquí se ha atendido a los jóvenes, pero otras discriminaciones en femenino, o en el campo de la inmigración son desde ya nuevos objetos de investigación en el terreno del deporte y la exclusión social. Finalmente, el deporte-inserción plantea un nuevo campo de investigación en el que la fusión entre las políticas deportivas y las políticas sociales está toda por definir y poder avanzar en el análisis del deporte como medio de mejorar las condiciones de vida y las oportunidades de los grupos desfavorecidos.

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