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6 may 2010

Inteligencia emocional, pericia y deportes colectivos

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El presente estudio ha analizado la Inteligencia Emocional de 1869 deportistas de cinco deportes colectivos (Voleibol, Fútbol, Fútbol-sala, Balonmano y Baloncesto)…

 
Autor(es): Virginia García-Coll, Luis-Miguel Ruiz-Pérez, Ana Martín-Esteban y Miriam Palomo-Nieto.
Entidades(es): Facultad de Ciencias del Deporte. Universidad de Castilla La Mancha. Toledo
Congreso: III Congreso Internacional de Ciencias del Deporte y Educación Física
Pontevedra: 6-8 de Mayo de 2010
ISBN: 978-84-613-8448-8
Palabras claves: Deportes Colectivos, Inteligencia Emocional, Pericia, Autopercepciones, Team Sports, Emotional Intelligence, Expertise, Self-perceptions

RESUMEN COMUNICACIÓN/PÓSTER

El presente estudio ha analizado la Inteligencia Emocional de 1869 deportistas de cinco deportes colectivos (Voleibol, Fútbol, Fútbol-sala, Balonmano y Baloncesto), de edades comprendidas entre los 11 y 55 años, clasificados en tres niveles de pericia (Autonómico, Nacional e Internacional). Para ello se empleó la versión española del Inventario de Inteligencia Emocional de Schutte et al. (1998) , denominada Cuestionario de Inteligencia Emocional (CIE). Este instrumento consta de 30 ítems y 4 factores (Gestion Autoemocional, Gestión Hetero-emocional, Percepción Emocional y Utilización emocional). Para establecer las diferencias en función del deporte practicado y el nivel de pericia se llevó a cabo un análisis multivariado de la varianza (MANOVA). Los factores del CIE se tomaron como variables dependientes y el deporte y nivel de pericia como variables independientes. Se empleó el análisis de las comparaciones múltiples post-hoc (criterio Bonferroni) como el medio más adecuado para establecer las diferencias entre los diferentes deportes. Los resultados mostraron que existía diferencias en el nivel de pericia que favorecía a los deportistas de nivel internacional preferentemente. En cuanto a las diferencias en relación al deporte practicado, las diferencias fueron marcadas entre los deportistas de Voleibol en relación a los deportistas del resto de los deportes en la mayoría de los factores del cuestionario. Estos resultados indican que la Inteligencia Emocional juega un papel que va aumentando a medida que se tiene mayor nivel de pericia, y que los diferentes deportes ofrecen diferentes exigencias emocionales y reclaman un uso diferente de los recursos emocionales por parte de los deportistas.

INTRODUCCIÓN.

Fue en 1990, cuando John Mayer y Peter Salovey definieron el concepto de Inteligencia Emocional y lo dotaron de un modelo teórico (Mayer y Salovey, 1993) para explicar por qué algunas personas llegan a ser más competentes emocionalmente que otras, definiéndola como un tipo de inteligencia social que incluye la habilidad de supervisar y entender las emociones propias y las de los demás, discriminar entre ellas y usar la información para guiar el pensamiento y las acciones de uno mismo (189). En un primer momento, este modelo constaba de tres categorías de habilidades adaptativas (Mayer y Salovey, 1993): valoración y expresión de la emoción (en sí mismo y en los demás), regulación de la emoción (tiene en cuenta los componentes de regulación de las emociones en los otros) y la utilización de las emociones para solucionar los problemas (incluye los componentes de planificación flexible, pensamiento creativo, atención directa y la motivación).Más tarde el modelo se refina y se centra en que las emociones contienen información acerca de la conexión de las personas con otras personas y objetos, dando mayor énfasis a los componentes cognitivos y a la conceptualización de la inteligencia emocional (Mayer y Salovey, 1997). Existen en la actualidad dos grandes teorías que se diferencian por la definición de inteligencia emocional que tienen y los instrumentos de medida empleados (Matthews, Zeidner, y Roberts, 2002). La primera utiliza las medidas de autoinforme y enfatiza la efectividad psicológica (éxito social, laboral o educativo), basándose en modelos de personalidad y ajustes no cognitivos (Bar-On, 1996; Goleman, 1998). Se utilizan cuestionarios, escalas e inventarios para que el participante dé una valoración subjetiva de sus niveles en ciertas habilidades y competencias afectivas. De esa forma se obtiene el índice de las creencias y expectativas de las personas sobre si pueden percibir, discriminar y regular sus emociones y las de los demás. Reciben el nombre de medidas de autoinforme y proporcionan una medida de inteligencia emocional percibida (Extremera, Fernández-Berrocal, Mestre, y Guil, 2004). En segundo lugar, aparece una nueva forma de evaluación más objetiva y que confía menos en la percepción de los propios participantes sobre sus habilidades emocionales. Están desarrolladas desde la perspectiva defendida por Mayer y Salovey. Su principal objetivo es medir la inteligencia emocional como una inteligencia clásica, tal como la inteligencia lógico- matemática o verbal de Howard Gardner (Gardner, 1983), es decir, mediante tareas de ejecución que el participante debe realizar supliendo así los problemas de sesgos que presentan los cuestionarios.

El estudio de la Inteligencia Emocional en el Deporte

Está claro que el interés de la Psicología del Deporte por la inteligencia emocional cada vez va siendo mayor (Meyer y Fletcher, 2007; Meyer y Zizzi, 2007; Thelwell, Lane, Weston, y Greenlees, 2008; Zizzi, Deaner, y Hirschhorn, 2003). Hasta la fecha son pocos los estudios que han examinado la inteligencia emocional en el deporte y nos han ofrecido resultados alentadores. Debido a ello es fundamental comprobar que las medidas de inteligencia emocional son válidas y fiables para su uso en el deporte. En este sentido, Lane, Meyer, Devonport, Davies, Thelwell, Gill, Diehl, Wilson, y Weston (2009), así como el grupo de investigación de Arruza y colaboradores (Arruza, Arribas, González, Balagué, Romero, y Ruiz, 2005; González, 2008) son los que han llevado a cabo este tipo de investigaciones utilizando el cuestionario Schutte Self Report Inventory (SSRI) (Schutte, Malouff, Hall, Haggerty, Cooper, Golden, y Dornhein, 1998) que tomó como partida el modelo original de inteligencia emocional de Salovey y Mayer (1990) así como el modelo revisado de dichos autores (Mayer y Salovey, 1997). El SSRI es un instrumento que está compuesto por 33 ítems que evalúan como los sujetos son capaces de identificar, comprender y regular las emociones en sí mismo y en los otros, intentando abarcar de esta forma, las tres habilidades adaptativas del modelo inicial de Salovey y Mayer: valoración de las emociones en uno mismo y en los otros, regulación de las emociones en sí mismo y en los otros y utilización de las emociones de cara a resolver problemas. Existe una controversia respecto a la estructura factorial del instrumento ya que se pasó de pensar que era una escala multidimensional a, posteriormente, decir que era unidimensional. Así, Schutte et al. (1998) encontraron un único factor general, mientras que Chico (1999), Austin, Saklofshe, Huang, y McKenney (2004) y Ferrándiz, Martín, Gallud, Ferrando, López-Pina, y Prieto (2006) encontraron que estaba formado por tres factores diferentes. Mientras que Petrides y Furnham (2000), Ciarrochi, Deane, y Anderson (2002), Arruza et al. (2005) y García (2009) proponen una solución tetrafactorial, y Lane et al. (2009) una solución de seis factores. En general estos hallazgos confirman que dicha escala es una medida de inteligencia emocional de autoinforme con claras evidencias de fiabilidad, adecuada validez con un carácter distintivo respecto de otras variables de personalidad sólidamente constatadas y con una demostrada capacidad predictiva. A pesar de todo, estudios dirigidos a comprobar exclusivamente la estructura factorial de la escala constatan debilidades que no fueron concebidas por sus creadores. En primer lugar, algunos estudios (Ferrándiz et al., 2006; Ciarrochi, Deane, y Anderson, 2002; Lane et al., 2009) han encontrado que la estructura factorial de la escala no se ajusta a un único factor general de inteligencia emocional tal como propusieron sus autores originalmente. En segundo lugar, la escala presenta problemas de aquiescencia debido a la escasez de ítems en sentido negativo y en tercer lugar, su estructura no se ajusta exactamente a la teoría del modelo original de Salovey y Mayer formado por tres componentes ya que, como hemos dicho anteriormente, Schutte et al. (1998) encontraron un solo factor mientras que otros estudios posteriores encontraron 4 (Petrides y Furnham, 2000; Saklofske, Austin, y Minski, 2003). Actualmente, existe una versión mejorada de la escala en inglés compuesta por 41 ítems que comprende tres dimensiones (Austin, Saklofke, Huangh, y McKenney, 2004): evaluación emocional, utilización de las emociones y regulación emocional. En el ámbito deportivo, Arruza et al. (2005) desarrollaron La Escala de Competencia Emocional con el objetivo de evaluar en los deportistas las emociones que, como ya sabemos, juegan un papel importante dentro de los contextos deportivos. Estos autores analizaron los antecedentes y las características psicométricas de la Escala de Desarrollo Emocional de Schutte et al. (1998), ya validado en el campo de la psicología general y para adaptarlo, se eligió la versión traducida al español realizada por Eliseo Chico (1999). Recientemente han sido González (2008), Lane et al. (2009) y García (2009) los que han adaptado y validado este instrumento dentro del ámbito deportivo. Hasta ahora al correlacionar medidas de inteligencia emocional con parámetros de rendimiento atlético se recurría a cuestionarios ya validados (herramientas empleadas habitualmente en el ámbito laboral y de los recursos humanos) pero que nada tenía que ver con el contexto deportivo. Estos investigadores han tratado de desarrollar un instrumento que mida el nivel de inteligencia emocional de los deportistas, específico para este contexto. González (2008) llegó a un instrumento de autoinforme que, a pesar de no mostrar todavía unos índices de validez y fiabilidad satisfactorios, constituye un buen punto de partida de cara a construir una escala que mida la inteligencia emocional desde el modelo de Salovey y Mayer en el contexto competitivo. Lane et al. (2009) evaluaron la validez factorial del instrumento con un amplio número de deportistas, obteniendo resultados alentadores con una versión reducida de 19 ítems que se agrupaban en una estructura factorial de 6 factores diferentes. A pesar de ello, ambos estudios recomendaban seguir en esta línea de investigación para poder comprobar la verdadera validez del instrumento. Posteriormente, García (2009) tradujo, adaptó al contexto deportivo y validó en población deportiva española dicho cuestionario en una muestra de 2091 deportistas obteniendo una versión de 30 ítems agrupada en una estructura tetradimensional. Las propiedades psicométricas y la fiabilidad del instrumento eran suficientemente aceptables para poder ser empleado en estudios en los que esta dimensión sea de interés. Además, fue un buen punto de partida de cara a construir una escala que mida la Inteligencia Emocional desde el modelo de Salovey y Mayer en el contexto competitivo. Los problemas que aparecen en todas las investigaciones tienen que ver con la definición del constructo y su evaluación, ya que no queda clara la estructura factorial inherente. Serían necesarios estudios con mayor tamaño muestral para confirmar tal estructura (Ferrandiz et al., 2006; Arruza et al., 2005, ).

Inteligencia emocional y excelencia en el deporte

Las emociones juegan una parte integral del desarrollo y rendimiento deportivo (Botterill y Brown, 2002; Hanin, 2000; Jones, Mace y Williams, 2000; Jones, 2002; Jones, 2003; Lazarus, 2000; Vallerand y Blanchard, 2000). En lo que respecta a la Inteligencia Emocional, los investigadores de la Psicología del Deporte, en los últimos años, han llegado a la conclusión de que puede considerarse como un constructo importante en el ámbito deportivo (Meyer y Fletcher, 2007). Componentes de la Inteligencia Emocional como el percibir emociones y controlarlas han sido identificadas como importantes para aumentar el rendimiento (Jones, 2003; Lazarus, 2000). Este constructo tiene una relación joven con el rendimiento deportivo y muchos investigadores han dirigido su atención a como condiciona el mismo (Meyer y Fletcher, 2007). Esa relación hipotética entre la Inteligencia Emocional y el rendimiento en el deporte surge desde el momento en el que el concepto de Inteligencia Emocional ha sido centro de investigaciones de quienes intentan predecir y explicar el rol del constructo en otros dominios. Consideradas las relaciones halladas en otros contextos, la Inteligencia Emocional puede llegar a ser un importante paradigma en el mundo del deporte (Botterill y Brown, 2002; McCann, 1999; Zizzi, Deaner y Hirschhorn, 2003). De hecho ha sido, junto con el mundo laboral, uno de los ámbitos donde más se ha estudiado esta relación (Jones, 2002; Weinberg y McDermott, 2002). Pero la mayoría de estos artículos no dejan de ser meras opiniones presentadas en revistas dirigidas a entrenadores deportivos sin excesivo rigor metodológico (Clements, 2005; Dunedin, 2002; McCann, 1999; Morgan, 2001). Las líneas de investigación son diversas y muy variadas en este sentido. Así por ejemplo, se ha intentado relacionar algunas o todas las habilidades emocionales incluidas en la Inteligencia Emocional con algunos parámetros de rendimiento objetivo (porcentaje de bateos o lanzamientos, minutos jugados…) la mayor parte en EEUU y en deportes algo menos habituales como el béisbol, el cricket o el hockey hielo (González, 2008). El propósito de este estudio fue analizar la Inteligencia Emocional de una muestra de deportistas en función del deporte colectivo practicado (Voleibol, Baloncesto, Balonmano, Fútbol y Fútbol-sala) y del nivel de pericia de los mismos, para ver las similitudes y diferencias que podrían existir en las autopercepciones de competencia emocional en cada deporte y si éstas cambiaban en función del nivel de pericia de los participantes.

MÉTODO

Participantes

En este estudio participaron 1869 deportistas de 5 deportes colectivos (Voleibol= 304 sujetos; Fútbol= 982 sujetos; Balonmano= 172; Baloncesto= 249; Futbol sala= 162). Todos los participantes fueron informados de la experiencia y firmaron su consentimiento. La edad media fue de 20.70 años (DT: 5.97 años). Se establecieron tres niveles de pericia (deportivos) Autonómico (N= 765), Nacional (N= 832) e Internacional (N= 272).

Instrumento

Se empleó el Cuestionario de Inteligencia Emocional (CIE) de Schutte et al. (1998) en su versión española aplicada al deporte (García, 2009). Este instrumento posee una solución tetrafactorial, con un conjunto de 30 ítems, una consistencia interna de .87 para el cuestionario global y unas consistencia internas para los cuatro factores de .77 en la escala de Percepción Emocional y Gestión Auto-emocional, .78 en Gestión Hetero-emocional .78 y .63 en Utilización Emocional y una fiabilidad-estabilidad de .78. La valoración se llevó a cabo en una escala tipo Likert de 5 puntos, siendo el 1 Totalmente en desacuerdo y el 5 Totalmente de acuerdo.

Procedimiento

El procedimiento seguido para la administración del instrumento a los deportistas consistió, en primer lugar, en contactar directamente con los responsables de los equipos deportivos para darles a conocer el estudio y solicitar su permiso. Posteriormente se contactó con los deportistas quienes firmaron un documento en el que consentía su participación en el estudio. A los menores de edad se les solicitó una autorización paterna. El cuestionario fue aplicado en los lugares de entrenamiento de los diferentes equipos. El tiempo para cumplimentarlo osciló entre diez y quince minutos, no presentando en su mayoría dificultades de ningún tipo para su comprensión por parte de los jugadores.

Análisis de los datos

Se calcularon las medias y desviaciones típicas de las puntuaciones obtenidas en las diferentes variables del CIE en función del deporte. Las diferencias existentes se analizaron mediante un análisis multivariado de la varianza (MANOVA). Los factores del CIE se tomaron como variables dependientes y el deporte y nivel de pericia como variables independientes. Se empleó el análisis de las comparaciones múltiples post-hoc (criterio Bonferroni) como el medio más adecuado para establecer las diferencias entre los diferentes deportes.

RESULTADOS

En las Tablas 1 y 2 se presentan los datos descriptivos en los factores del CIE en función del deporte y del nivel de pericia. Tabla 1. Datos descriptivos de la muestra para cada uno de los factores del CIE en función del deporte

Contenido disponible en el CD Colección Congresos nº 13

Tabla 2. Datos descriptivo de la muestra para cada uno de los factores del CIE en función del nivel de pericia

Contenido disponible en el CD Colección Congresos nº 13

Para establecer las diferencias existentes en los diferentes factores del CIE en función del deporte y del nivel de pericia se llevó a cabo un análisis multivariado de la varianza (MANOVA), tomando los cuatro factores del CIE como variables dependientes, y el deporte y nivel de pericia como variables independientes (Tabla 3). Se encontraron diferencias en función del nivel de pericia y del derpote, no constatándose interacciones entre deporte y nivel de pericia (Tabla 3)

Tabla 3. Contrastes Multivariados

Contenido disponible en el CD Colección Congresos nº 13

En la Tabla 4 se comprueba que en las diferencias en función del nivel de pericia se estableció claramente en relación al factor Percepción Emocional, mientras que en relación al deporte, estas diferencias se destacaron en todos los factores del cuestionario CIE.

Tabla 4. Resultados de las pruebas inter-sujetos

Contenido disponible en el CD Colección Congresos nº 13

Para establecer entre qué niveles de pericia se establecían las diferencias y entre qué deportes, se llevó a cabo la prueba de comparaciones múltiples post-hoc (criterio Bonferroni) mostrando que estas diferencias se encontraban preferentemente entre el deporte de Voleibol y el resto de los deportes.

Tabla 5. Comparaciones múltiples (criterio Bonferroni)en función del deporte

Contenido disponible en el CD Colección Congresos nº 13

En la tabla 5 se presentan estas diferencias en función del deporte practicado, destacando que en el factor Gestión Hetero-Emocional los deportistas de Voleibol obtuvieron puntuaciones más elevadas que el resto de los grupos excepto los deportistas de Fútbol-sala. En cuanto al factor Percepción Emocional los deportistas de Voleibol obtuvieron puntuaciones más elevadas que los deportistas de Baloncesto y Balonmano, y los de Fútbol-sala mayores que los de Balonmano. En cuanto al Factor Gestión Auto-Emocional son los deportistas de Voleibol los que obtuvieron puntuaciones más elevadas que el resto de grupos, y con relación al factor Utilización Emocional son los jugadores de Voleibol los que obtuvieron mayores puntuaciones que los de Balonmano.

Tabla 6. Comparaciones múltiples (criterio Bonferroni)en función del nivel deportivo

Contenido disponible en el CD Colección Congresos nº 13

En cuanto al nivel de pericia, en la Tabla 6 se presentan las comparaciones múltiples, destacando que los deportistas de mayor nivel de pericia destaran preferentemente en el factor Percepción Emocional y en la Gestión Hetero-Emocional en comparación con los deportistas autonómicos.

DISCUSIÓN

El presente estudio se planteó el objetivo de analizar las similitudes y diferencias en la Inteligencia Emocional de deportistas de Fútbol, Fútbol-sala, Baloncesto, Balonmano y Voleibol de diferente nivel deportivo, medida con el Cuestionario de Inteligencia Emocional de Schutte et al. (1998) en su versión española. Los resultados obtenidos nos indican que la Inteligencia Emocional juega un papel relevante en el rendimiento deportivo ya que los deportistas de mayor nivel mostraron un mayor conocimiento de sus propias emociones así como de la regulación de las emociones en los demás. Sin duda, este es un asunto de interés dado que la naturaleza de los deportes colectivos, plagada de interacciones con compañeros y oponentes, hace que el control de las propias emociones, el ser capaz de valorarlas en uno mismo y el gestionar las emociones de los demás sea un indicador de pericia, ya que los deportistas internacionales mostraron puntuaciones más elevadas (García, 2006, 2009; Zizzi, Deaner y Hirschhorn, 2003). Son escasos los estudios con los que pueda comparar los hallados en esta investigación, salvo los de García (2006) con jugadores de voleibol donde, de forma general, son los deportistas de nivel internacional los que obtienen puntuaciones más elevadas en las diferentes variables, a excepción del control emocional que se da en los nacionales. Posteriormente, García (2009) en su trabajo doctoral con una muestra más amplia de deportistas de diferentes modalidades encontró que los según aumentaba el nivel deportivo, se incrementaba ligeramente el valor de las cuatro escalas, llegando a ser significativas las diferencias encontradas en la Percepción emocional y en la Utilización Emocional. Ocurría lo mismo con el valor general de Inteligencia Emocional. Si consideramos estos resultados, parecen destacar como el deportista debe ser capaz de conocer las propias emociones y manejarlas en función de las circunstancias de la competición y del entrenamiento. Esto coincide, en parte, con lo que Thelwell, Lane, Wetsony y Greenlees (2008) encontraron en su estudio con entrenadores. En este estudio emplearon una versión de seis factores del mismo test empleado en esta investigación, y comprobaron que existían relaciones positivas entre el ser un entrenador eficaz y las percepciones de las propias emociones y la regulación de las mismas. En cuanto a las diferencias por deporte, es complicado encontrar las razones de las mismas. Si no es a partir de una análisis de cada deporte desde un punto de vista emocional, podría ser de las exigencias que esta materia tenga en cada uno de los deportes estudiados. Pero, por desgracia, es un asunto que hasta la fecha no ha sido estudiado por lo que lo que pueda argumentarse tiene mucho de especulativo. No obstante se podrían avanzar algunas ideas. Es llamativo que las diferencias sean preferente entre los deportistas de Voleibol y el resto de los deportes, en menor grado con los deportistas de fútbol sala. Si tomamos como referencia el significado que cada uno de los factores en los que han destacado los jugadores de voleibol, nos indicarían que en comparación con el resto, los jugadores de voleibol manifiestan un mayor conocimiento de sus propias emociones y de las emociones de los demás, sean sus compañeros o compañeras de equipo como de los oponentes, los que les predispone a gestionarlas mejor. Conocer las emociones y respuesta emocionales de los demás, en concreto de sus compañeros, entrenadores y oponentes, les permite actuar en consecuencia en situaciones de alta exigencia, en un deporte donde los acontecimiento suceden a una elevada velocidad, para obtener el mayor rendimiento posible. Esto coincide con estudios llevados a cabo en otros ámbitos como el de los negocios (George, 2000), quien encontró relaciones entre la Inteligencia Emocional y la capacidad de rendir y liderar en ese ambiente. El hecho de que un deportista sea capaz de ser sensible a sus emociones le permite aprender cuándo debe regularlas en función del momento de la competición o del entrenamiento (Gould et al., 2002). Las personas con una elevada Inteligencia Emocional son capaces de lidiar de forma más eficaz con las situaciones difíciles (Jordan y Troth, 2002). Es común considerar el voleibol como un deporte colectivo caracterizado por su gran variabilidad en las acciones de juego y por su carácter súbito e instantáneo de resolución (Del Pino y Sabas, 2005). El rápido ritmo del juego, la tensión que se despliega en la lucha competitiva, la responsabilidad en las ejecuciones técnicas y la constante preparación para ejecutar las acciones, generalmente en presencia de una gran cantidad de espectadores, determina la aparición en las jugadoras y jugadores de variadas e intensas reacciones emocionales que pueden influir en sus decisiones. Estas características determinan la necesidad de que el deportista desarrolle cualidades emocionales acordes y que sea capaz no solo de valorarlas en sí mismo y en los demás, sino también el gestionarlas y utilizarlas para alcanzar el mayor resultado posible, y afrontar las demandas o exigencias psicológicas de este deporte. Estos resultados ratifican la propuesta de Noce y Samulski (2002) cuando destacan que entre las características psicológicas que se hacen necesarias para el juego del voleibol, están la competencia para tomar decisiones y el control emocional, ya que el rápido ritmo de juego, la tensión en la lucha competitiva, la responsabilidad en las ejecuciones técnicas y la constante preparación para ejecutar las acciones, determina en los jugadores, la aparición de variadas e intensas reacciones emocionales. Somos conscientes que estos datos son preliminares y que se hacen necesarios estudios más detenidos que permitan confirmar e interpretar las diferencias que entre los diferentes deportes se han encontrado, pero si se puede afirmar que la Inteligencia Emocional, entendida como la competencia para valorar y regular las propias emociones en unos mismo y en los demás, así como la competencia para utilizar las emociones para la solución de problemas, está presente en los deportes colectivos.

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