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18 jun 2012

La fase de ataque en el fútbol: evidencias empíricas desde el punto de vista táctico

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En las dos últimas décadas se ha producido una proliferación de estudios sobre el fútbol que han buscado la comprensión del funcionamiento de los equipos durante el juego.
Autor(es): Joaquín Lago Ballesteros
Entidades(es): Universidad de Vigo
Congreso: II Congreso Internacional de Ciencias del Deporte
Pontevedra 2008
ISBN:9788461235186
Palabras claves: Fútbol, táctica, ataque, revisión bibliográfica

La fase de ataque en el fútbol: evidencias empíricas desde el punto de vista táctico

RESUMEN COMUNICACIÓN/PÓSTER

En las dos últimas décadas se ha producido una proliferación de estudios sobre el fútbol que han buscado la comprensión del funcionamiento de los equipos durante el juego. La mayoría de estos trabajos se han centrado predominantemente en el análisis de la fase de ataque. El conocimiento táctico contenido en los mismos todavía hoy permanece disperso. Con el objetivo de contribuir a la mejora de la práctica de rendimiento en el fútbol, sobre todo en los aspectos relacionados con el diseño de tareas para el entrenamiento y la toma de decisiones estratégico-tácticas durante la competición, se realiza en este trabajo una síntesis de la evidencia empírica contenida en la literatura mencionada. En la misma, comenzamos por repasar las variables que se han utilizado como sinónimo de éxito ofensivo y, posteriormente, revisamos la relación que guardan con ellas diversos aspectos espaciales, temporales y modales del juego.

Introducción.

La preocupación por el conocimiento científico sobre la dimensión táctica del rendimiento en el fútbol comienza a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado. Por entonces, los investigadores comprobaron que los estudios realizados hasta el momento se centraban en las dimensiones condicional y técnica y se caracterizaban por una naturaleza predominantemente cuantitativa, lo que provocaba que las conclusiones extraídas presentaran una relevancia contextual insuficiente y, por lo tanto, escasa pertinencia y utilidad (Garganta, 1997). Como respuesta a esta circunstancia, en las dos últimas décadas se ha producido una proliferación de estudios que han buscado la objetivación de los trazos dominantes del juego, la comprensión del funcionamiento de los equipos a la hora de resolver el problema dual de cooperación-oposición. De este modo, el interés se traslada progresivamente desde la ejecución, la forma del movimiento, hacia la decisión, las intenciones y los significados que denota la conducta. Las preguntas dejan de ser: ¿Cuánto corre un futbolista, y a qué intensidades, durante un partido?¿Cuantos pases, regates, remates, y con qué nivel de eficacia, ejecuta un jugador durante la competición?¿Qué medidas colectivas del esfuerzo y dominio técnico se correlacionan con la victoria?, etc.; y pasan a: ¿Para qué realiza el esfuerzo el futbolista?¿Qué pretende el deportista cuando realiza un pase, un regate o un remate?¿Cómo puede contribuir el jugador al logro del objetivo colectivo?¿Qué criterios gobiernan la organización de los equipos?¿Qué comportamientos colectivos se relacionan más frecuentemente con la obtención de éxito?, etc.

La mayoría de las investigaciones que han adoptado un punto de vista estratégico-táctico se ha fijado como objetivo la indagación sobre el comportamiento de los equipos durante la fase de ataque pero el conocimiento obtenido, todavía hoy, permanece disperso. Las revisiones bibliográficas, ya sea en forma de libros o artículos, que han recopilado a estos trabajos se plantean, principalmente, el propósito de organizar el saber producido sobre los métodos y técnicas de análisis (Carling, Williams y Reilly, 2005; Garganta, 2000; Hughes, 2003; Hughes y Franks, 2004a, 2004b; Lago, 2007; y McGarry y Franks, 2003) y sobre la elaboración de modelos teóricos para la exploración del juego (Garganta, 1997, 1998; y Hughes, 2004). Es decir, buscan servir de base para la mejora de la práctica investigadora. Este mérito, sin embargo, se convierte en omisión si lo contemplamos desde la perspectiva de los técnicos (entrenadores y preparadores físicos fundamentalmente), ya que las evidencias empíricas que proporcionan los distintos análisis, y que podrían traducirse en implicaciones para la intervención en el entrenamiento, ven reducido su impacto en este ámbito de forma considerable al permanecer desconectadas. Esta desatención hacia el desempeño profesional de quienes dirigen directamente el proceso de rendimiento, hace mella especialmente en la parcela que se refiere al diseño de tareas y a la toma de decisiones estratégico-tácticas que, a falta de datos objetivos, se basan actualmente en intuiciones y opiniones derivadas de la experiencia. Una mejora en este sentido podría conducir a un perfeccionamiento en la capacidad de los equipos para afrontar las diferentes exigencias que plantea, en cada momento, la actividad agonística y es por ello que hemos creído conveniente la elaboración de la síntesis que exponemos a continuación. El éxito en la fase de ataque.

La preocupación primordial que ha venido guiando el ímpetu investigador sobre la fase de ataque en el fútbol es el grado de eficacia o productividad que ofrecen los distintos comportamientos ofensivos colectivos. Para posibilitar este tipo de análisis, se hace necesario conceptualizar qué constituye el éxito en la actividad atacante. El primer indicador de éxito que se ha utilizado ha sido, obviamente, el gol, apreciándose que el hecho de constituir un fenómeno poco habitual justifica la importancia que se le concede e identifica claramente al fútbol dentro del deporte contemporáneo (Abt, Dikson y Mummery, 2002), diferenciándolo de otros juegos deportivos colectivos, como el baloncesto y el balonmano, por determinar un predominio de la defensa sobre el ataque (Dufour, 1989). Actualmente la frecuencia media de anotación se halla estabilizada en torno a valores próximos a los 2.6 goles por partido, aspecto que se ha corroborado en las ligas nacionales de distintos países y también en las fases finales de las Copas del Mundo (Casáis y Lago, 2006; Garganta, 1997; Grehaigne, 1998; Lanham, 1993; y Mombaerts, 2000). Asimismo, Mombaerts (2000) señala que la consecución de un gol determina tanto el resultado de un partido que si un equipo lo logra, posee un 30% de posibilidades de ganar, un 40% de empatar, y el 30% restante de perder. Y, si logra dos tantos, la probabilidad de hacerse con la victoria asciende a un 70%, la de empatar se reduce hasta el 21% y la de perder presenta un valor de sólo el 8%.Todos estos datos ilustran la importancia de realizar un análisis objetivo de los patrones de consecución de goles, de forma que puedan ser esclarecidos los factores que, en última instancia, conducen al éxito en el juego (Abt et al -2002-). No obstante, Lanham (2005) nos advierte que el hecho de marcar un gol se sustenta sobre toda una conducta colectiva previa y los resultados de ésta, de forma que aquél sólo constituye la punta del iceberg.

El propio Lanham (1993, 2005) sustenta esta metáfora al encontrar necesario un promedio de 182 posesiones, de las cuales 90 con una desviación del 10% arriba o abajo han de alcanzar el tercio atacante del terreno de juego, para que un equipo consiga un gol. También Bate (1988) considera que penetrar el tercio atacante del terreno de juego constituye un sinónimo de éxito. Por su parte, Dufour (1993) aporta unas cifras ligeramente menos exigentes de forma que el 1% de los ataques terminaría en gol, en el 10% se lograría un remate y el 90% de los ataques terminan sin disparo a puerta. En vista de esto, basarnos únicamente en las acciones ofensivas que finalizan en gol para el estudio de la consecución de éxito en la fase de ataque podría llevarnos a una comprensión incompleta del rendimiento. Disminuyendo nuestro nivel de exigencia respecto a la acometida colectiva, podríamos aceptar que conseguir un lanzamiento denota acierto en la misma. Siguiendo esta línea de pensamiento nos encontramos que el 45% de los disparos sería desviado o bloqueado por algún defensor, otros tantos se irían dirigidos fuera de la portería y entre el 8-12% darían lugar a un gol (Dufour, 1993). Dicho de otro modo, por término medio son necesarios 10 lanzamientos para conseguir introducir el balón en la portería (Hughes y Churchill, 2005; y Reep y Benjamín, 1968). No obstante, en el número de remates necesario para lograr un gol en un partido concreto existe un componente estocástico, lo que indica que un mayor número de lanzamientos por parte de alguno de los equipos no implica la imposibilidad de que, por azar, el otro equipo marque más goles y, entonces, gane el partido (Dufour, 1993; y Luhtanen, 1993). Este hecho ha llevado a algunos autores a afirmar que el juego está dominado por el azar y que puede construirse una estrategia que conduzca al triunfo maximizando los elementos que se relacionan con la suerte.

Lago (2005) profundiza en el estudio de la influencia que tiene la suerte sobre la obtención de victorias y derrotas en el fútbol. Sus resultados empíricos sugieren que el azar puede tener relevancia para explicar el resultado de los equipos en un único partido, o un número muy limitado de ellos, pero que a partir de cierta cantidad de encuentros conseguir efectuar más lanzamientos que el rival con regularidad es el factor determinante para dar cuenta de los puntos que alcanzan los conjuntos en una competición con formato de liga. Esto nos conduce a pensar que el azar, siempre indispensable, no está nunca sólo y no lo explica todo (Morin, 1995). En efecto, lo que ciertos autores denominan suerte podría no ser más que una mejor capacidad de finalización por parte del equipo ganador. Es más, también sería posible que el factor clave a la hora de materializar los lanzamientos en goles fuera no tanto la cantidad de disparos, ni la capacidad de finalización sino la calidad de las ocasiones de gol generadas (Ensum, Pollard y Taylor, 2005). O quizás todos estos factores sean importantes. Después de los goles y los lanzamientos, las llegadas a tercio atacante también constituirían un indicador de éxito en la actividad ofensiva porque, como señala Bate (1988), cuanto mayor es su número mayores serán las posibilidades de: i) lograr situaciones a balón parado en dicha zona; ii) recuperar la posesión del balón en el área mencionada; iii) crear una oportunidad de disparo a portería; y iv) disminuir el número de veces que el equipo contrario llega a nuestro tercio defensivo. Luhtanen (1993), aplica este criterio analizando sólo aquellas secuencias ofensivas que llegan a tercio atacante del terreno de juego en 47 partidos de la fase final de la Copa del Mundo de 1990, y encuentra que: el 69% de ellas logró una acción a balón parado a favor, el 28% terminó con un remate y el 9% ocasionó un gol.

Así pues, parece que los criterios de éxito en el ataque no se reducen sólo a la consecución de goles, aunque éstos suponen el máximo exponente de logro ofensivo, sino que los remates (a puerta, fuera o bloqueados/desviados), las llegadas a zona de finalización o tercio ofensivo del terreno de juego, y la opción de disfrutar de una nueva posesión a favor, que podría ser conseguida en continuidad de la acción de juego o mediante una situación a balón parado, constituyen un amplio abanico de posibilidades que descomponen en grados al éxito. El nivel nulo de logro se correspondería con la pérdida de la posesión. Esta variabilidad todavía aumenta si consideramos que todos estos productos de la acción ofensiva deberían ser considerados en sus dimensiones cuantitativa y cualitativa si no queremos llegar a interpretaciones sesgadas. Adoptar esta perspectiva podría facilitar la comprensión y explicación del juego. Una vez establecida nuestra concepción del éxito en el ataque, pasaremos a continuación a revisar las evidencias empíricas sobre las relaciones entre la conducta de juego y los distintos grados de logro establecidos, hecho que, como habíamos señalado al comienzo del Apartado 2.3, constituye el objetivo fundamental de este capítulo. Relación entre aspectos espaciales del juego y la obtención de éxito en la fase de ataque. El primer fenómeno a destacar sobre la gestión del espacio en la fase de ataque es la existencia de un área crítica de anotación (Bate, 1988). El propio autor advierte que no se consiguen goles a menos que el equipo en fase ofensiva alcance el tercio atacante del terreno de juego. Sólo en extrañas circunstancias se logra marcar desde más allá de 36 m respecto a la portería. Esta zona podría limitarse todavía más si consideramos que entre 80-90% de los goles se anotan desde el interior del área de penalti (Grant, Williams y Reilly, 1999; Olsen, 1988; y Yiannakos y Armatas, 2006).

Por su parte, Ensum et al (2005) constatan que tanto la distancia desde la posición de disparo hasta el poste más cercano de la portería como el ángulo entre la posición de lanzamiento y el poste más cercano de la meta, afectan al éxito de un disparo efectuado con el pie, de tal modo que, en dichos remates, la probabilidad de marcar se reduce en un 11% por cada incremento en 0.9 m de la distancia desde la que se efectúa el disparo. Al contemplar los remates efectuados con la cabeza, sólo la variable “distancia” mostró una influencia no atribuible al azar (Chow, 1996), factor que todavía resulta más importante que en los chuts, hecho que parece lógico si tenemos en cuenta que los cabezazos son, generalmente, menos potentes. Estos hallazgos indican que en el entrenamiento deben implementarse los procedimientos más adecuados, en base a las características de los jugadores, para hacer llegar el balón al área de penalti rival o a sus inmediaciones tratando de lograr una posición lo más cercana y centrada posible para efectuar el remate. El segundo aspecto a tener en cuenta es la zona de penetración en la fase de ataque. Las evidencias existentes (Jinshan et al, 1993), no permiten afirmar de manera concluyente que las penetraciones por carril lateral son más efectivas que aquellas que se realizan por la franja central ni viceversa. Debemos suponer, por lo tanto, que ambos tipos de progresión ofensiva pueden ser efectivos, sobre todo, en la medida en la que contribuyan a lograr lo apuntado en el párrafo anterior. El último aspecto a reseñar en relación con el espacio es el que se refiere a la cantidad del mismo disponible para el poseedor del balón en distintos momentos de la acción ofensiva. Contemplando la fase de ataque durante su desarrollo, Harris y Reilly (1988) afirman que los ataques que culminan con un lanzamiento a puerta se caracterizan por el mantenimiento de una mayor distancia media entre el atacante con balón y su oponente más cercano a lo largo del ataque. Este suceso resulta lógico porque cuanto mayor es la distancia entre el atacante con balón y el defensor que presiona más cerca, mayor es el tiempo del que dispone el jugador para decidir qué hacer con la pelota, y mayor es la tolerancia al error en el control del balón sin que desemboque en la pérdida del mismo.

La implicación que este hecho conlleva para el entrenamiento es que los jugadores deberían ser instruidos en la forma más adecuada de correr para apoyar la acción ofensiva alejando a los defensores del atacante con balón. Más aun, los jugadores deberían recibir entrenamiento sobre cómo crear espacio para sí mismos a la hora de recibir la pelota y cuando se hallan en posesión de la misma. Centrándonos ahora en el instante de la finalización, sólo un gol de cada cinco fue logrado en condiciones de severa presión defensiva (Olsen, 1988), entendida esta como el disfrute por parte del atacante de menos de un metro respecto a su oponente directo. Ensum et al (2005), señalan que el “espacio” del que dispone el atacante y el “número de jugadores” de campo situados entre el rematador y la portería afectan de forma estadísticamente significativa al éxito de un disparo efectuado con el pie, mientras que en los realizados con la cabeza sólo para la primera de estas dos variables se encontró una influencia no atribuible al azar. Al igual que ocurría con la variable “distancia”, el espacio disponible se antoja más importante en los cabezazos que en los chuts, hecho que los autores atribuyen a que la técnica del remate con la cabeza podría ser más fácilmente obstaculizada utilizando el contacto corporal sin incurrir en infracción reglamentaria. Esto resalta la necesidad de crear espacio por parte de los atacantes para aumentar la probabilidad de conseguir disparar a portería. Los atacantes con poco espacio de maniobra tienden a ser disuadidos del lanzamiento (Harris y Reilly, 1988). Estos descubrimientos sugieren que las tareas de entrenamiento para el trabajo de la capacidad de finalización deben diseñarse con oposición si pretendemos que las mejoras logradas sean transferibles a la situación de juego.

Relación entre aspectos temporales del juego y la obtención de éxito en la fase de ataque. Relacionando la eficacia ofensiva con el tiempo, el primer elemento que debemos considerar es la duración de la fase de ataque. Garganta (1997) advierte que la duración del proceso ofensivo es muy variable en función del modelo de juego empleado, no obstante, Garganta, Maia y Basto (1997) encuentran que los equipos de fútbol europeos de máximo nivel, en los procesos ofensivos mostrados para la consecución de goles, a menudo manifiestan un tiempo de reacción en ataque de 10 segundos o menos, entendido éste como el lapso temporal transcurrido desde que se obtiene la posesión hasta que se realiza el remate. Mombaerts (2000) concluye valores similares, apreciando que la fase ofensiva decisiva se caracteriza por su brevedad ya que la mayoría de los tantos se marcan en menos de 15 s. Obviamente, el tiempo de reacción en ataque depende no sólo de la rapidez de los jugadores o de la velocidad de circulación del balón, sino también de la zona del terreno de juego en la que el equipo gana la pelota. La implicación práctica que denota este aspecto es que cabe suponer que la concesión del menor tiempo posible al contrario para su reorganización defensiva una vez que se le ha arrebatado la posesión y una recuperación del balón lo más próxima a la portería rival se antojan factores clave para la consecución de elevados niveles de éxito en la fase de ataque. El segundo elemento temporal a tener en cuenta en relación con el éxito en la conducta ofensiva se corresponde con la existencia o no de patrones de anotación variables ligados al transcurso del tiempo reglamentario de juego. Esto es ¿se distribuyen los goles de forma homogénea a lo largo de los 90 minutos reglamentarios? Abt et al (2002) argumentan que este tipo de análisis se justifica porque podría proporcionar información útil a los entrenadores y a los investigadores acerca de la influencia que ejercen sobre, por ejemplo, la consecución de goles, aquellos factores del juego que inherentemente cambian a medida que los acontecimientos se suceden, como la condición física y la intención táctica.

Quizás sea en este fenómeno, de entre todos los objetos de estudio tratados respecto a la táctica, en donde los investigadores se han mostrado más concordantes al aportar sus evidencias empíricas. De este modo, se reconoce ampliamente en la literatura que la consecución de goles guarda un patrón heterogéneo a lo largo del partido de forma que se consigue un porcentaje mayor de goles (el incremento se sitúa entre el 15-35%), en las segundas partes de los partidos que en las primeras (Abt et al, 2002; Dufour, 1993; Grant et al, 1999a; Grehaigne, 1998; Hughes y Churchill, 2005; Mombaerts, 2000; Reilly, 1996, 1997; y Yiannakos y Armatas, 2006). Prestando una atención más pormenorizada a este fenómeno, dividiendo el partido en fragmentos de 15 o incluso de 5 minutos, comienzan a aparecer discordancias en las evidencias aportadas. Así pues, si bien algunos autores aprecian un incremento regular a lo largo de todo el partido (Abt et al, 2002; y Grehaigne, 1998), otros encuentran varios picos de anotación (Hughes y Churchill, 2005). Estas diferencias podrían ser provocadas por el formato, liga o eliminatoria, de las diferentes competiciones analizadas que podría conllevar variaciones en el comportamiento de los equipos (James, Mellalieu y Holely, 2002; y Lago, Lago y Rey, 2007). Pese a las divergencias todos los estudios coinciden en observar la mayor frecuencia de anotación en el fragmento final del partido. Además, estos goles postreros suelen constituirse en decisivos pues Grehaigne (1998) señala que los goles anotados en los últimos cinco minutos del partido dieron o confirmaron la victoria en el 77% de las ocasiones, produjeron un empate en el 13% de las veces y fracasaron en el intento de evitar la derrota en el 10% de los casos.

Las interpretaciones del fenómeno confirmado de que la frecuencia de anotación de goles durante el partido es dependiente del tiempo, así como de las diferencias halladas en los diferentes estudios que realizan un análisis al detalle, han sido centradas predominantemente en los componentes de condición física (Abt et al, 2002; Dufour, 1993; Mombaerts, 2000), y técnico (Abt et al, 2002; Grehaigne, 1998; Hughes y Churchill, 2005; y Reilly, 1996 y 1997), si bien se nos antoja más plausible una explicación centrada en la táctica (Bloomfield, Polman y O´Donoghue, 2005; Grehaigne, 1998; Hughes y Churchill, 2005; Lago et al, 2006; y Reilly, 1996, 1997). Según ésta, el juego podría volverse más urgente hacia el final de los partidos en la medida en que los equipos buscan un resultado satisfactorio. Aunque la urgencia en el juego es difícil de cuantificar, podría parecer que los jugadores están más dispuestos a asumir riesgos mayores hacia el final del partido de cara a producir el resultado deseado. También es posible que el equipo que momentáneamente se encuentra por detrás en el marcador empuje a sus jugadores hacia delante para crear ocasiones de gol, y de ese modo marcar ellos o conceder más goles. Las implicaciones prácticas que se desprenden de los resultados de estos estudios se centrarían sobre la necesidad de implementar en el entrenamiento sistemas y estilos de juego más ricos, de forma que el comportamiento táctico-estratégico del equipo puedan adaptarse a las diferentes situaciones que puede plantear la competición. Para ello pueden plantearse tareas como el manejo de condiciones de ventaja, igualdad y desventaja en el marcador con diferentes connotaciones de urgencia temporal y con diferentes niveles de fatiga acumulada. Para concretar estas pautas en mayor medida, en el futuro la investigación deberá encaminarse hacia la averiguación de cómo responden con éxito los equipos a situaciones de ventaja y desventaja, más o menos tempranas, en el marcador, es decir, qué patrones de juego se muestran más efectivos para estos propósitos.

En un segundo nivel podríamos seguir también las recomendaciones de Abt et al (2002) quienes sugieren que debería incidirse sobre la capacidad de los jugadores para resistir los 90 minutos del partido a través de estrategias que incluyen manipulación dietética y asegurar una adecuada hidratación antes, durante y después del partido, así como la rotación de los jugadores o una utilización adecuada de las sustituciones. Relación entre aspectos modales del juego y la obtención de éxito en la fase de ataque. Bajo este epígrafe recogeremos las evidencias existentes sobre las asociaciones que más frecuentemente se producen entre los procedimientos utilizados por los equipos cuando se hallan en posesión del balón y los distintos grados de éxito que habíamos identificado para la fase ofensiva. Organizar el gran volumen de datos sobre la materia resulta una tarea complicada por aquello de que los estudios no comparten una terminología común o, en ocasiones, los mismos términos son utilizados por los autores con connotaciones diferentes. Ambas sucesos dificultan enormemente la comparación entre los resultados arrojados por las investigaciones.

A) El número de pases.

El análisis de la conducta de pase ha sido uno de los primeros tópicos de investigación en el fútbol y ha suscitado uno de los debates más enconados tanto en el campo de entrenamiento como en el ámbito científico. Hace ya cuarenta años que Reep y Benjamin (1968), en un estudio que abarca un período de 15 años, descubrieron que la distribución de probabilidad que sigue el número de pases de que se compone una secuencia de ataque presenta un buen ajuste con una distribución binomial negativa, de forma que, a medida que la secuencia de pases se hace más larga, aumenta la probabilidad de que la posesión sea perdida. En su estudio también señalan que si bien los cambios de estilo de juego que pueden apreciarse a nivel general a lo largo del tiempo podrían afectar a los parámetros básicos de la distribución, nunca influirían en su carácter matemático. Asimismo, en un estudio posterior, Reep, Pollard y Benjamin (1971) extendieron este análisis y, utilizando el gol como referencia para el resultado de las posesiones, hallaron que a medida que aumenta el número de pases de una posesión la probabilidad de marcar disminuye. De hecho, en torno al 80% de los goles observados por estos autores procede de secuencias de tres o menos pases y, ampliando el límite a los cuatro pases, la proporción ronda el 90%. Valores éstos, que serían corroborados en investigaciones ulteriores (Bate, 1988; Dufour, 1993; Mombaerts, 2000; Olsen, 1988).

El caso es que estas revelaciones originaron una corriente investigadora interesada en encontrar los factores probabilísticos que podrían explicar la obtención de éxito en el juego. Así, Bate (1988) razona que cuanto mayor es el número de posesiones de que disfruta un equipo, mayor será la posibilidad de incrementar su número de llegadas a tercio atacante; y añade que cuanto mayor sea el número medio de pases por posesión menores serán el número total de posesiones, el potencial de llegadas a tercio atacante y las posibilidades de lograr una oportunidad de disparo y de marcar un gol. Partiendo de la argumentación anterior, el autor afirma que si bien el mantenimiento de la posesión de balón puede denotar habilidad e incluso resultar artístico, no necesariamente resulta eficaz para la producción de ocasiones de gol ni para la consecución de los mismos. Jugando un fútbol combinativo, muchas fases de ataque no alcanzan el tercio atacante del terreno de juego y lograr esto representa la verdadera clave de la obtención de las victorias. De cara a aumentar el número de llegadas a tercio atacante un equipo debe, según Bate (1988): jugar el balón hacia delante tan a menudo como sea posible, reducir al mínimo el juego en horizontal y hacia atrás, incrementar el número de pases largos y conducciones rápidas hacia delante, y pasar el balón al espacio a la espalda de los defensas tan pronto y a menudo como sea posible. Dufour (1993) aprecia que el 62% de los equipos ganadores juegan el balón más en largo que los equipos perdedores pero que, no obstante, el riesgo de fallar en un pase depende de su longitud. El 75% de los pases son cortos y sólo el 10% de ellos son fallidos; el 15% de las combinaciones son de media distancia representando errores el 20% de ellas; el 10% de los pases son largos y el pasador falla en el 50% de los mismos. A esto añade que, dado que el número de goles es inversamente proporcional al número de pases, debemos concluir lo siguiente:

- Un pase corto posee poco riesgo pero también reporta poco beneficio.

- Uno de cada dos pases en largo es errado… o genera un gol.

- Cuantos más pases realizas menos sorprendes.

Sin embargo, otros autores se muestran partidarios de una interpretación más cualitativa ya que unos mejores valores estadísticos brutos (posesiones, remates, llegadas a zona de finalización, etc.), ya sean individuales o colectivos, no representan una base sobre la que pronosticar de forma fiable el éxito del equipo. Claramente, es requerida una investigación más profunda que nos permita identificar los factores más importantes (Patrick y McKenna, 1988). Igualmente, Olsen y Larsen (1997) advierten que, teniendo en cuenta que el resultado de una investigación depende en gran medida de los parámetros usados, resulta importante la realización de una selección crítica de los indicadores de cara a evitar el riesgo de mostrar parcialidad hacia una determinada ideología sobre el juego.

Al respecto, Hughes y Franks (2005) señalan que diversos entrenadores utilizaron los resultados de las investigaciones para desarrollar una aproximación táctica simplista al fútbol, que consistió en maximizar los elementos relacionados con el azar en el juego a favor de sus equipos. En resumen, la implicación táctica extraída fue que el equipo que obtiene la posesión debe mover el balón a una posición de disparo tan directamente como sea posible y con el menor número de pases. Para estos autores es un hecho constatado que distintos equipos han logrado cierta medida de éxito utilizando estas estrategias, en especial progresando desde las divisiones inferiores en el fútbol inglés, sin embargo, muy pocos equipos han triunfado al máximo nivel obteniendo una victoria en la Copa del Mundo o en el Campeonato de Europa utilizando la estrategia del juego directo. Y lamentan que, el efecto de esta opción táctica impregnó la forma en la que jugaron, y todavía juegan, la mayoría de los clubes británicos. Asimismo, Hughes y Franks (2005) proponen que el hecho aceptado de que el 80% de los goles proviene de una secuencia de tres o menos pases puede suponer una mala interpretación de cara a la estrategia empleada, ya que los datos no han sido normalizados. Esto es, al tratar con frecuencias de ocurrencia desiguales, los resultados deben ser divididos por su frecuencia de ocurrencia. Utilizando las bases de datos acumuladas hasta el momento, los autores normalizan los resultados para permitir la consideración de interpretaciones diferentes, de forma específica comparando equipos con éxito frente a aquellos que fracasan. Sus resultados les permiten afirmar que los datos recogidos replican los de Reep y Benjamin (1968), pero que al ser normalizados respecto a la frecuencia de las respectivas longitudes de posesión, encuentran que:

- Se producen, de forma estadísticamente significativa (p<0.01), más lanzamientos por posesión en secuencias de pase más largas que en las más cortas para los equipos con éxito, hecho que no se aprecia para los equipos que fracasan.

- La ratio de conversión de lanzamientos en goles es mejor para el juego directo que para el juego de posesión.

También se concluye que la forma en la que los datos fueron presentados por Reep y Benjamin (1968 y 1971) ha conducido sólo a una comprensión parcial del fenómeno en cuestión. Este tipo de presentación simple es común en muchas publicaciones sobre el análisis del rendimiento. Garganta (1997) señala que a pesar de que el “juego directo” ha sido recomendado como el método ofensivo más efectivo, su eficacia parece depender especialmente de la capacidad del equipo para cambiar el ritmo de juego (rápido y lento), para variar los procedimientos de ataque (ataque rápido y ataque posicional) y para aplicar diferentes estilos de juego (directo e indirecto), de cara a sorprender al oponente. Otros autores estudian la conducta de pase desde una perspectiva distinta, el tiempo de posesión durante el partido. Así, Dufour (1993) manifiesta que el equipo que tiene el balón gana en el 65% de los partidos, y Luhtanen (1993) sostiene que, en general, el equipo que domine ganará el partido, pero no siempre. Por su parte, Gómez y Álvaro (2003), encuentran que un mayor tiempo de posesión del balón no se correlaciona con la victoria ni tampoco con un mayor rendimiento expresado en puntos. Pero en sus conclusiones matizan que el estudio debería ser reconsiderado dividiendo los partidos en distintas unidades de observación, en función de los resultados parciales y los cambios estratégicos en las conductas, así como agrupar a los equipos según su estilo de juego , pues juzgan que hacer esto se correspondería mejor con la realidad estudiada (la posesión podría variar su importancia en virtud del marcador y distintos equipos podrían conceder una relevancia desigual al empleo de la posesión del balón como arma ofensiva).

Lago et al (2006), y Lago y Martín (2007) recogen el testigo de Gómez y Álvaro (2003), y comprueban que sus suposiciones iban bien encaminadas pues encuentran que la situación del marcador determina el tiempo de posesión de balón de los equipos, de forma que los conjuntos tienen un mayor tiempo de posesión cuando se hallan por detrás en el marcador que cuando éste indica empate o victoria momentáneas. Asimismo, Lago, Martin y Seirul-lo (2007) encuentran, que la posesión del balón podría ser un aspecto clave para explicar el rendimiento de algunos equipos en determinados contextos de competición. Las implicaciones prácticas de todo este debate podrían resumirse en que, como indican Olsen y Larsen (1997), al implementar un estilo de juego para el equipo, uno debe tener en cuenta las posibles limitaciones al respecto. Deben tenerse en cuenta las características del equipo propio y del contrario, tanto de forma colectiva como individual. Al mismo tiempo, a la luz de la evidencia empírica aportada por la literatura, no puede afirmarse categóricamente que optar por un estilo de juego más directo (con secuencias de pase cortas y predominancia de envíos largos hacia delante), garantice un mayor nivel de éxito que practicar un juego de tipo combinativo (con secuencias largas de pase, predominancia de pases cortos y avance paulatino). Pero tampoco puede asegurarse lo contrario. Más bien será la situación de juego la que estipule la conducta más apropiada a desarrollar.

B. La relación de fuerzas.

Mesonero y Sainz de Baranda (2006), encuentran los siguientes porcentajes entre los 162 goles anotados en la Copa de Mundo de 2002 en Corea/Japón: el 60.9% de los goles se produce superioridad numérica defensiva, en el 6.8% igualdad numérica y sólo en el 1.2% la ventaja numérica favorece al equipo atacante. En aquellas acciones ofensivas en las que se observó superioridad numérica defensiva, el número de defensores más frecuente es de 6 a 9 con un 31.5% de todos los goles, seguido de 5 defensores con el 27%, 4 defensores con el 22.5% y de 1 a 3 defensores con el 21%. Con relación al número de atacantes, en un 39.5% de las ocasiones se observaron 3 atacantes, seguido de 1 a 2 con el 26.1%, 4 atacantes con un 20.7% y de 5 a 6 atacantes un 13.5%. A la luz de estos datos, parece evidente que la relación numérica con el oponente, desde el punto de vista de la fase de ataque, es siempre desfavorable. Si bien serían necesarios más estudios que confirmasen lo apreciado por estos autores, esta podría ser una de las causas que explicasen la baja anotación que caracteriza al fútbol y de la que ya nos hemos referido cuando tratamos el éxito en el juego. Sería interesante comprobar si esta relación de fuerzas, al igual que hemos visto con otros comportamientos ofensivos, varían en función de la situación que denota el marcador, esto es, si cuando los equipos van perdiendo se muestran predispuestos a asumir más riesgo defensivo incorporando un mayor número de jugadores al ataque, así como si esto podría tener algún tipo de relación con la dependencia temporal de la frecuencia de anotación. Dando por válidos los resultados de Mesonero y Sainz de Baranda (2006), lo que sí parece claro es que en el entrenamiento deben implementarse modalidades de ataque que puedan ser efectivas para afrontar este tipo de desventaja y, también, que los procedimientos ofensivos deben ser trabajados en condiciones de fuerte oposición.

C. Inicio de la fase de ataque.

Parece existir un amplio consenso en admitir que la efectividad de la acción ofensiva depende marcadamente de la zona del terreno de juego en la que se origina. Reep y Benjamin (1968), indican que la mayoría de los goles provienen de secuencias ofensivas originadas en zona de finalización. La proporción de procesos ofensivos que se inician en dicha zona de entre todos los que finalizan en gol muestra valores en torno al 50%. Todavía profundizan más para ilustrar la importancia del origen de las acciones ofensivas al señalar que un tercio de los ataques que alcanzan zona de finalización se originan también en ella y, asimismo, que el 50% de los ataques con origen en zona de finalización son segundos balones, esto es, la defensa falla al enviar la pelota lejos del área en cuestión. Bate (1988) abunda en este aspecto sugiriendo que los equipos deben consignar a los jugadores hacia posiciones más avanzadas para proporcionar soporte al pase y recuperar la posesión de la pelota si ésta es perdida, ya que no hacer esto reduce la eficacia global del equipo. Otro dato destacable que apuntan Reep y Benjamin (1968) es el de que sólo el 15% de los ataques que llegan a zona de finalización consigue un lanzamiento, mientras que en el subgrupo de ellos que se origina ya en zona de remate, el porcentaje de consecución de disparo alcanza el 22%. Mombaerts (2000) y Hughes y Churchill (2005) concluyen en términos similares. Hughes et al (1998), encuentran que por medio de un defensa que pierde el control del balón y, por lo tanto, la posesión, se obtiene un ratio elevado de goles por oportunidad. Consecuentemente, podría ser beneficioso presionar a los jugadores de la línea más retrasada del equipo contrario para forzar la aparición de estos errores. Atendiendo a la relación de fuerzas en el instante de iniciar la secuencia ofensiva, la configuración inicial que presenta un ataque, entendida como la relativa ventaja o desventaja que concede al equipo atacante el ratio de atacantes por defensor en las proximidades del balón, representa un buen indicador a la hora de discriminar entre aquellos ataques que resultan en un lanzamiento a puerta y aquéllos otros en los que no se logra disparar o se hace fuera. Esto viene a demostrar que los ataques que comienzan con, o logran alcanzar rápido, una buena configuración y consiguen mantenerla, tienden a ser más exitosos. Los equipos deben, por lo tanto, intentar iniciar ataques en posiciones con buen potencial (Harris y Reilly, 1988).

Los mismos autores continúan diciendo que el cambio experimentado en el potencial ofensivo inicial a lo largo de la fase de ataque representa un referente válido para discriminar los ataques que consiguen un disparo a puerta de los que no tienen éxito. Este factor supone un indicador de la contribución del trabajo colectivo al éxito. La mejora en el ratio atacantes/defensores probablemente se deberá al avance de los atacantes sin balón para ayudar al poseedor de la pelota y, en segunda instancia, al hecho de pasar el balón a un compañero entre o a la espalda de los defensores. El efecto de la primera acción es la dispersión y debilitamiento de los recursos defensivos y, el de la segunda, la inhabilitación temporal de algunos defensores. El trabajo colectivo, por lo tanto, discrimina con éxito entre ataques con éxito y aquellos que presentan un nivel moderado de logro o que fracasan si bien resulta improbable que equipos del máximo nivel sean capaces de superarse en el trabajo colectivo significativamente. De esto resulta que probablemente sean el mantenimiento del potencial inicial durante la fase ofensiva y la utilización de los jugadores y el espacio disponibles (aprovechamiento del potencial), los aspectos fundamentales para el éxito (Harris y Reilly, 1988) Basándonos en todas estas afirmaciones parece claro que, desde el punto de aumentar el éxito de la fase ofensiva, resulta recomendable adoptar procedimientos defensivos que permitan recuperar la posesión del balón lo más cerca posible de la portería rival. La alta contribución de este tipo de acciones a la consecución de goles podría ser una de las razones que explicarían el hecho de que sea posible obtener éxito ofensivo en condiciones de desventaja numérica tan importante como veíamos en el apartado anterior. También parece destacable que la conducta inicial de la fase de ataque podría ser la que determinase el éxito o fracaso postrero de la misma. Teniendo esto en cuenta y siempre que las condiciones lo permitan, se debería buscar un avance inmediato a la recuperación del balón, intentando sobrepasar con este arranque alguna línea del contrario para conseguir una configuración favorable y, a partir de ahí, mantenerla.

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Conclusiones.

En resumen, la literatura existente sobre la táctica en el fútbol ha examinado un amplio abanico de variables y estrategias. Sin embargo, James et al (2002) señalan que mientras se ha prestado una considerable atención al análisis del rendimiento en las grandes competiciones internacionales, pocos estudios han examinado a un equipo concreto a lo largo de una temporada. En los casos en los que esto se ha hecho, se han utilizado muestras relativamente pequeñas, limitando la capacidad de los investigadores para generar inferencias, respecto a la estrategia del equipo, con un gran nivel de confianza. Siguiendo a Olsen y Larsen (1997), las pocas respuestas que aquí hayan podido aportarse no se suponen definitivas o perpetuas sino que se antojan susceptibles de ser continuamente revisadas de forma crítica. Son tantos los factores de los que depende el resultado de un partido que siempre existe el peligro de tomar decisiones partiendo de premisas falsas o débiles. Por otro lado, tales dificultades no deben disuadirnos de tomarlas. Si bien ha habido posturas extremas en cuanto a la defensa a ultranza de determinados procedimientos ofensivos como el vehículo más fiable para llegar al éxito, parece que son los equipos que muestran una importante flexibilidad para cambiar de táctica en función del oponente y de la situación real del torneo quienes tienen una mayor probabilidad de triunfar (Peitersen, 2004). Las diversas concepciones futbolísticas continentales y nacionales muestran que el éxito puede ser alcanzado con diferentes estilos de juego. Esto puede significar que no hay una única forma correcta de jugar al fútbol. Como afirman Olsen y Larsen (1997), la “fórmula de la victoria”, probablemente, no será descubierta nunca. Sin embargo, una aproximación sistemática al análisis de la sintaxis del juego en general y a la sintaxis de la victoria en particular, ambas a un nivel colectivo e individual, pueden ayudarnos a escoger y emplear los elementos correctos.

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