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15 feb 2012

La programación de la enseñanza de los deportes en base a competencias

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El enfoque de las competencias tiene su origen en las prácticas y formación profesionales. No obstante, no deberíamos asociar la pedagogía de las competencias con un enfoque profesional y utilitarista.

Autor(es): Enric M. Sebastiani Obrador
Entidades(es): Universitat Ramon Llull
Congreso: II Congreso del Deporte en Edad Escolar
Valencia26 – 28 de Octubre de 2011
ISBN: 978-84-939424-0-3

La programación de la enseñanza de los deportes en base a competencias

Introducción

El enfoque de las competencias tiene su origen en las prácticas y formación profesionales. No obstante, no deberíamos asociar la pedagogía de las competencias con un enfoque profesional y utilitarista.

Este enfoque parte del planteamiento de que las situaciones propias de la práctica de un deporte son complejas y que no siempre se encuentran bien delimitadas ni son algorítmicas. Según este planteamiento, es precisamente para este tipo de situaciones que debe centrarse la enseñanza deportiva.

Sin duda, en estas situaciones, la idea más interesante es que el individuo competente sabe tomar decisiones y sabe también evitar los falsos problemas, no comprometerse en callejones sin salida. La competencia es también una competencia de evitación.

La competencia se distingue del saber hacer, aptitud para actuar, y del conocimiento puro, aptitud para comprender, en que ésta es una aptitud para juzgar (Reboul, O., 1980. Qu’est-ce qu’apprendre? Paris, PUF).

Si la justicia no fuera más que un problema de aplicación de la ley, no se necesitaría la figura de un juez (¿árbitro?). Un ordenador, una vez informado sobre la falta cometida, podría sin problema calcular la pena o sanción correspondiente. Precisamente por eso, la justicia ofrece una situación compleja en la que hay que tener en cuenta simultáneamente los derechos de las víctimas, las necesidades de la comunidad, la jurisprudencia, la reinserción futura del acusado, así como la evolución de la sociedad (Delignières, 2009).

La pedagogía de las competencias como respuesta a las limitaciones de la iniciación deportiva tradicional.

Tradicionalmente el proceso de iniciación deportiva se ha centrado y reducido a una serie de aprendizajes de carácter técnico y de habilidades y, con frecuencia, de forma descontextualizada de la situación que debe afrontar el deportista.

El enfoque basado en las competencias debe provocar irrenunciablemente cambios en la metodología de enseñanza ya que el foco de atención puede haber variado, del aprendizaje analítico y aislado de determinados gestos técnicos a situaciones mucho más holísticas y complejas. Solamente un sistema complejo puede dar respuesta a la enseñanza y control de situaciones complejas.

Con frecuencia, las situaciones complejas alrededor de las cuales se organiza la enseñanza de un deporte siguen estando alejadas de la realidad y de la lógica interna de la competición deportiva. Incluso éstas poseen las propiedades de la complejidad, de incertidumbre y de escasa determinación pero, sin embargo, no están necesariamente próximas a las situaciones de la ejecución real.

La escuela o el entrenamiento deportivo, porque ésta es su tradición tiene, sobretodo, tendencia a destilar el saber de forma segmentada, atomizada, analítica, a través de tareas simples y básicas (adaptado de Rovegno, 2000) .

De los objetivos a las competencias

En las propuestas de enseñanza de la década de los 70, predominaron los objetivos basados en conductas y éstos debían formularse, demostrarse y evaluarse de forma operativa, después de situaciones de enseñanza magistral dirigidas al “alumno-medio”, desde lo previsto en el “programa”, y mediante procesos de aprendizaje resueltamente directivos (Blázquez y Sebastiani, 2009).

En las últimas décadas del S. XX, cobraron protagonismo las teorías y los modelos de aprendizaje que acentuaban la significación, la relevancia o la funcionalidad del conocimiento adquirido a partir de una construcción personal del aprendizaje, mediada por la intervención del docente o del entrenador deportivo y las interacciones educativas (constructivismo y aprendizaje significativo). Así, se concebían y formulaban los objetivos como capacidades y los contenidos eran considerados en varias tipologías (conceptos, procedimientos, actitudes).

Durante esta primera década del siglo XXI, paradigmas como el de la complejidad, el aprendizaje dialógico, la preocupación por la calidad educativa, así como la economía basada en el conocimiento, promueven la pujanza de las competencias para afrontar requerimientos sociales en clave de situaciones complejas.

La categoría de conductas, capacidades o competencias, atribuida a los objetivos, no resulta ajena a los modelos que explican las situaciones y los procesos de enseñanza y de aprendizaje. Parece, pues, necesario la clarificación y análisis de dichos conceptos con la intención de precisar ideas básicas que orienten su manejo.

Con respecto al concepto de capacidad, puede advertirse su cercanía al potencial de hacer algo o a la aptitud que todas las personas presentan –de ahí su carácter universal–, de manera permanente, para acceder a nuevos aprendizajes. La capacidad puede entenderse como el poder o la aptitud para hacer una cosa, pero es un concepto estático.

La capacidad posee varias características, entre las cuales podemos citar la transversalidad, la evolutividad, la transformación y la no evaluabilidad (Blázquez y Sebastiani, 2009).

Las competencias presuponen capacidades, pero esas capacidades potenciales se manifiestan por medio de las acciones o tareas que realiza una persona en una situación o contexto determinado. Esta forma de entender las capacidades y las competencias permite relacionarlas y diferenciarlas: una persona sin capacidades no puede ser competente, pero se demuestra que se tienen capacidades en la medida en que se traducen en competencias. Y, a su vez, el logro de competencias va desarrollando capacidades (Roegiers, 2003 y 2004).

No resulta fácil, por ende, establecer diferencias consistentes entre capacidades y competencias. Los dos conceptos están íntimamente unidos: “se necesita ser capaz para ser competente; la capacidad se demuestra siendo competente” (Mentxaka, 2008, p. 82).

El concepto de competencia, de manera general, incluye dos aproximaciones: una funcional o “externa”, que tiene que ver con la resolución satisfactoria de tareas y de demandas individuales y sociales; y otra estructural o “interna”, propia de la actividad mental para integrar y poner en juego distintos elementos y recursos (habilidades, conocimientos, motivación, emociones, valores, actitudes…) que permiten afrontar las demandas. La competencia sería la plasmación de esa potencialidad en acto, la capacidad llevada a contextos determinados, concretos, ligados a la acción.

Por lo tanto, se trata, de un concepto dinámico. Profundicemos sobre el concepto de competencia.

Noción y características de las competencias

Si bien, como hemos dicho, el enfoque basado en competencias (EBC) surge de un mundo profesional eficientista, éste ha evolucionado para aportar nuevas vías en otros campos y desde enfoques más holísticos e integrales, como a la formación de los deportistas.

La lógica de las competencias ha transformado la formación en todos los niveles educativos y en el mundo de la enseñanza ya tiene una amplia acogida (Blázquez, Sebastiani, 2009). De la misma manera, creemos que la calidad de la iniciación deportiva, la formación de deportistas y la educación física pueden beneficiarse de esta nueva perspectiva. Sigamos profundizando en el concepto y su aplicación.

El individuo competente recurre a sus capacidades de razonamiento, a su conocimiento del deporte, a su experiencia y a automatismos que van a permitirle resolver sin mucho esfuerzo algunas tareas rutinarias, algunas también de juicio, basadas en normas y valores. La competencia deberá permitir resolver situaciones complejas propias del deporte.

Además, no es un concepto puntual sino que un buen deportista es aquel que consigue serlo durante tiempo. Además del rendimiento, la competencia del deportista le debe permitir preservar la integridad corporal, preservar el material y, también, preservar el medio ambiente.

Así, la competencia describe la capacidad de controlar situaciones complejas, y puede declinarse en función del grado mismo de complejidad. Así, podremos hablar de las competencias en la iniciación deportiva, que se expresará a través de situaciones ya complejas, pero de poca dificultad y las de los expertos con el dominio de las situaciones más complejas.

En todos los casos, la competencia consiste en la movilización eficaz de los recursos de que dispone el deportista y tiene una serie de características que nos ayudan a entenderlas:

a) Integran y combinan conocimientos, estrategias, procedimientos y actitudes

Las competencias podemos considerarlas repertorios de comportamientos resultado de la combinación de unos recursos (conocimientos, procedimientos, estrategias, actitudes, habilidades) coordinados e integrados (Le Boterf, 2000; Lévy-Leboyer, 2003), en el sentido que el deportista debe saber hacer y estar para la tarea que se le solicita y ser capaz de actuar con eficacia en las situaciones propias de su deporte (Tejada, 1999).

Pero una cosa es ser capaz y otra muy distinta es ser competente…

b) Exigen la puesta en acción

Tener unas capacidades no significa necesariamente ser competente y no podemos reducir las competencias sólo a los conocimientos o a las habilidades. La competencia no recae en las capacidades o recursos si no en la movilización de los mismos y, por lo tanto, los comportamientos son sólo observables en la realidad de la propia actividad deportiva.

Para ser competente es necesario saber utilizar los recursos, entendiendo que no puede reducirse a la aplicación directa de los gestos técnicos o de las jugadas de estrategia de un contexto o situación a otra sin más. Pasar del saber a la acción es una reconstrucción con valor añadido, un saber actuar desde y para la práctica, proyectando los sentidos y encadenando todo aquello que se requiere y donde la ejecución de un grupo de actuaciones está en relación con otras (Le Boterf, 1994; Siedentop, 2001; Lévy-Leboyer, 2003).

No basta con enseñar un determinado gesto técnico sino en enseñar como analizar una situación y cómo determinar cómo utilizarlo en un contexto donde probablemente la presión emocional será distinta a la de un entrenamiento. No basta con mecanizar una estrategia o acción atacante sino también a saber leer e interpretar la situación del campo para tomar la mejor decisión.

Ser competente no es repetir lo aprendido sino reinterpretarlo y aplicarlo según las necesidades de la situación para una resolución óptima.

c) Se aprenden y mejoran con la práctica y experiencia

Para la formación, es muy importante considerar que las competencias se aprenden. De todas maneras, no es suficiente con analizar cuáles son sus características constitutivas sino que resulta importante analizar como éstas se construyen. Para ello, se entiende que no es suficiente con un proceso de formación instructiva o de entrenamiento sino que la experiencia y la práctica son imprescindibles pues las competencias  tienen un carácter dinámico (Piéron, 1982; Siedentop, 1998).

Así pues, las competencias pueden ser adquiridas a lo largo de la vida activa, constituyendo, por lo tanto, un factor fundamental para la evolución y adaptación a nuevos contextos y situaciones deportivas y para el desarrollo personal (Lévy-Leboyer, 2003).

La consecuencia pedagógica de este punto será en que las competencias se pueden aprender y, para ello, se deben poder experimentar ya que, a través de la práctica y de la regulación de los aprendizajes, el deportista irá consolidando y ajustando sus respuestas. La práctica es un elemento imprescindible para el aprendizaje de las competencias.

Este comentario no pretende decir que las explicaciones del técnico, las observaciones de videos, las charlas después de los partidos, no tienen su eficacia, pero sí insistir en la importancia de la propia vivencia y práctica. Todos los recursos didácticos que podamos complementar a la experiencia del deportista lo que deben hacer es reforzar, matizar, reorientar o consolidar aspectos de mejora de la comprensión de lo realizado y de la adquisición de las competencias.

d) Deben contextualizarse

Como se desprende del punto anterior, la adaptación al contexto es clave. Si no hay más competencia que aquella que se pone en acción, la competencia no puede entenderse tampoco al margen del contexto particular dónde se debe aplicar ya que no puede separarse de las condiciones específicas con las que se va a encontrar (Le Boterf, 1994; Siedentop, 1998; Lévy-Leboyer, 2003).

La resolución de problemas en un contexto particular se realiza a partir del análisis y la movilización pertinentemente de todos los recursos de que dispone el deportista para resolver eficazmente aquel problema o situación concreta. Esto no quiere decir necesariamente que cada contexto exija una competencia diferente, sino que la propia situación demanda una respuesta contextualizada y precisa.

La consecuencia inmediata que se deriva de esta consideración es la importancia de ofrecer a los deportistas en formación, actividades lo más parecidas a la realidad posible, lo que se ha bautizado como actividades o situaciones auténticas.

5. Aportaciones del enfoque basado en competencias en la formación de deportistas

El enfoque basado en las competencias (EBC) contempla introducir la complejidad en los aprendizajes deportivos porque es la única manera para preparar al deportista en la complejidad de la práctica deportiva y del mundo que le rodea (Delignières, 2009).

Las competencias son las que permiten a los sujetos dominar la complejidad de sus actividades (deportivas, profesionales o de ocio) y son igualmente las competencias que el entrenador debe desarrollar para que sus deportistas puedan aprender a gestionar la complejidad (aunque no debe ser el único en trabajar estos aspectos).

El momento de entrenamiento o de formación es un lugar de propedéutica, de preparación, de aprendizaje, donde cada deportista tiene derecho a encontrarse seguro. Por el contrario, es necesario aprender a gestionar la complejidad a través de la práctica de situaciones que tengan las mismas características de complejidad que las situaciones de la vida real.

Un enfoque basado en competencias o mejor, una pedagogía para las competencias (Delignières, 2009) es un aprendizaje de la complejidad que busca insertar los saberes o conocimientos, el saber hacer y el saber ser o estar en situaciones que reproduzcan la complejidad de las situaciones de la vida real (Reboul, 1980; Perrenoud, 1997; Le Boterf, 2000).

Así, la enseñanza de un deporte debe referirse el control de situaciones complejas, movilizando de manera pertinente y conjunta los recursos que disponen los deportistas, más que conformarse en acumular aprendizajes básicos o elementales. Por otro lado, debe quedar claro que pretender el control de una situación compleja sólo constituye un ejemplo entre una familia de situaciones supuestas donde movilizar la competencia contemplada. Tampoco por terminar una sesión con un partido estamos haciendo una pedagogía por competencias.

A partir del momento donde no hay una respuesta simple, o que la situación es portadora de incertidumbre, estamos dentro de la complejidad. Tampoco hemos de enfrentarnos a una dicotomía simple/complejo sino que la complejidad es un concepto relativo al nivel deportista que se enfrenta a una determinada situación, más allá de si ésta es más o menos compleja o si tiene una respuesta estandarizada.

Ver el deporte y la enseñanza del mismo desde la perspectiva constructivista de las competencias debe orientar al entrenador a centrarse en que su jugador pueda resolver las complejas situaciones propias y auténticas de su deporte movilizando de forma coherente sus recursos, más que conformarse en acumular aprendizajes básicos o elementales.

A diferencia de la orientación tradicionalmente academicista que pueden tener muchos programas formativos, los planteamientos de formación basados en las competencias deben caracterizarse, al menos, por:

  • Enfocar el desarrollo del deportista desde una perspectiva contextual y no solamente el aprendizaje de contenidos y técnicas deportivas.
  • Asegurarse que lo que se aprende es relevante para la actuación deportiva.
  • Evitar la fragmentación tradicional de los programas formativos de iniciación.
  • Facilitar la integración de los aprendizajes al pleno desempeño deportivo.
  • Generar aprendizajes aplicables a situaciones complejas y a partir de éstas.
  • Favorecer la autonomía y autogestión de los deportistas.
  • Adecuar y ajustar las formaciones a los ritmos individuales, en la medida de lo posible.
  • Hacer participar a los jóvenes deportistas de la construcción compartida de la estrategia de aprendizaje.
  • Informar, analizar y retroalimentar de forma continuada de las experiencias y las actividades de aprendizaje.
  • Transformar el papel de los entrenadores (técnicos deportivos) en facilitadores y provocadores de aprendizaje.

En suma, generar competencias a partir de programas formativos exige cambios en las programaciones, en las estrategias pedagógicas y en el papel asignado al técnico y al deportista; implica la utilización de una amplia variedad de actividades de aprendizaje combinadas con una orientación del aprendizaje a la resolución de problemas, más que a la repetición de contenidos o de gestos asépticos y estereotipados.

Los comportamientos que debe realizar un deportista en la práctica de su deporte dan una idea del tipo de competencia que debe trabajarse para mejorar transversalmente su actuación. De esta manera, los programas de formación de deportistas pueden enfocar el desarrollo de las competencias transferibles consiguiendo mayores efectos en la eficacia y eficiencia de los deportistas

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